•  |
  •  |
  • END

Ha pasado un año desde que el huracán Félix azotó Puerto Cabezas y anegó de desgracia lo que ya era una extensa llanura de pobreza. Lo empeoró todo como sólo una guerra o un huracán puede hacerlo. Con el hambre cabalgando como jinete del Apocalipsis no hay tiempo para pensar en los muertos, ni flores que cortar para poner en sus tumbas.

En los muelles siempre hay gente que espera algo. También hay mucha gente que hace cosas, en este apacible muelle de tablones largos sostenidos por tornillos enormes, que atan los lomos de madera sobre fortísimos troncos renegridos por el salitre y el agua de mar que hoy luce de color verde-azulado.

Darío Zacarías sabe muy bien lo que significa esperar. Hace un año a él lo esperaban sus familiares en este mismo sitio que ahora luce lleno de vida, con hombres que cargan sacos en los barcos, marineros ociosos que ven hacer labores, obreros que clavan y serruchan madera, niños que corretean, mujeres que ofrecen alimentos alegremente, vagos que piden dinero, y muchos jóvenes en la orilla, sentados a la espera de que algún pez muerda los señuelos atados al anzuelo.

En aquel entonces, Darío era una incógnita dolorosa: ¿vendría? ¿regresaría vivo o muerto? Por fortuna regresó, y vivo. Lo rescataron después que su embarcación naufragó entre el oleaje del océano crispado por los endiablados vientos del huracán Félix, el fenómeno que para mal de males irrumpió por estas costas en la madrugada del 4 de septiembre de 2007.

Sobrevivieron a Félix
Su historia ya se contó: con los primeros vientos del huracán, la noche del lunes 3 de septiembre, salió de los Cayos Maras rumbo a tierras “seguras” de Puerto Cabezas, a bordo del pesquero San Diego.

Ya habían oído la señal de alerta de huracán por la radio del pesquero en que iban a huir, pero no quisieron abandonar las trampas de langostas y el producto de 20 días de pesca que estaba a resguardo en varios termos grandes en el cayo.

El viaje era de tres horas y con suerte podían llegar al puerto de madrugada. Iban cinco varones y dos mujeres: una adolescente de Sandy Bay y una señora de 40 años originaria de Bilwi, que hacía labores domésticas en los islotes.

A una hora de haber zarpado la embarcación fue volteada por el oleaje intenso, que Darío resume comparando el tamaño de las olas con el mástil del Charlie Junior I, una embarcación langostera atracada en el muelle en la cual él pronto saldrá: “Las olas eran más altas que ese tubo”, dice, y señala con la mano un largo tubo de metal que a simple vista supera los cuatro metros.

Mejor olvidar el pasado
La nave nunca llegó. De sus siete tripulantes, solo dos sobrevivieron: Darío y Yuri Lens, un buzo miskito de 21 años.

Ambos resistieron atados a una boya a la que se asieron con las últimas fuerzas de sus vidas los otros tripulantes, hasta que el mar embravecido los fue matando poco a poco y ellos, los que iban quedando vivos, se daban a la tarea de ir soltando los cuerpos de las amarras para impedir el peso muerto que los hundía a cada momento y los amenazaba con ahogarlos a todos.

Extraña memoria la de este Darío: ahora no recuerda, o no quiere recordar, los detalles de ver morir a cinco personas a su lado, de oírlas despedirse y de pedir últimos favores y llevar mensajes a sus seres queridos. “¿Qué hacer?, es mejor olvidar cosas malas”, dice, mientras carga aperos de pesca y se interna en las bodegas del Charlie Junior I para no volver a salir más.

Las mujeres desaparecidas
En este mismo muelle, donde se reconstruyen aún parte de los 687 metros lineales dañados, mucha gente esperó a los pescadores que salieron de los Cayos Miskitos en aquellos días aciagos, y que nunca volvieron, o volvieron muertos.

Entre quienes esperaron en aquella ocasión, y ahora se encuentra aquí cargando cosas en un Duri Tara (una canoa de vela que los miskitos usan para viajes cortos cuando el mar está calmo), está María Isabel Ortiz, originaria de Kaska, una de las comunidades de Sandy Bay.

Ella perdió a una hermana y a dos primas en una embarcación llena de mujeres que se dedicaban a comprar y a vender pequeñas cantidades de mariscos, y a quienes llaman popularmente piquineras en el barrio El Muelle
Sandra, Luisa y Elsa no regresaron jamás. Tampoco se supo nada de sus cuerpos. “Seguro las quemaron por ahí”, dice tímidamente esta señora que fue sorprendida por el huracán en Bilwi, adonde había venido dos días antes en busca de alimentos y mercadería que llevaría a vender a Sandy Bay.

Legado mortal
“Las esperamos por cinco días y no vinieron. Después mi mamá las dio por muertas y les hicimos oraciones y les encendimos velas”, cuenta sombría y apresurada por subirse a la canoa donde ya se acomodaron varios sacos de mercadería entre bidones de agua y combustible.

Las tres mujeres forman parte de las 133 personas desaparecidas que dejó el huracán. Ellas no aparecen en el listado oficial de los 103 muertos, y los siete hijos de las tres miskitas no figuran entre la cifra no oficial de 789 huérfanos que heredó el maldito viento.

Por aquellos días posteriores al huracán, este puerto aún maltrecho era el sitio de encuentro donde miles de personas se agolpaban silenciosas y adoloridas, a esperar noticias de los suyos que no volvían del mar.

Aquellas cargas macabras
El capitán de Corbeta Eduardo Sanders, actual jefe de la Naval del Ejército en Puerto Cabezas, recuerda aquellos momentos de angustias colectivas, y ya se ve llegando al muelle con su macabra carga de 17 cuerpos descompuestos, bañados en cal y mal tapados con plásticos negros, ve a la gente moverse inquieta y taparse las narices mientras se aglutina peligrosamente sobre los bordes del atracadero para observar de cerca los cuerpos apilados en posturas grotescas.

Él había sido llamado un día después del pasó del fenómeno y viajó del puerto El Bluff a Bilwi a trabajar en la búsqueda y rescate de los pescadores y comunitarios indígenas que no pudieron escapar a tiempo de Félix, que llegó a mala hora en categoría cinco el pasado 4 de septiembre, con vientos de más de 260 kilómetros por hora.

Lo que vio en las aguas fue estremecedor: los cuerpos flotaban boca abajo, con los brazos extendidos hacia arriba y las manos abiertas, como si en el último momento de vida quisieran asirse a algo antes de sumergirse.

“Nunca había vivido algo así y me preparé mentalmente como si iba a una guerra”, cuenta pausadamente este militar de rasgos indígenas y cejas pobladas, ojos profundamente negros, pómulos salientes y bigote podado a cuchilla con pequeños troncos ya renaciendo.

La búsqueda fue incesante y llevó a los marinos de la Naval a buscar sobrevivientes hasta Honduras, lejos del radio de acción del huracán y muy lejos aun de las comunidades.

Cuadros dantescos
“Encontramos gente a más de 100 millas de distancia de los Cayos de donde salieron”, relata Sanders, y cuenta --cosa extraña-- una anécdota que refleja en sí misma cómo se bloqueó mentalmente para evitar los recuerdos terribles de rescatar tantos cuerpos quemados por el sol y el agua.

Tras doce días de búsqueda, regresó a su base naval en Bluefields, y mientras se presentaba a la oficina del jefe, miró un perro famélico con un tórsalo penetrado en la cara del animal.

“Casi vomito”, dice Sanders, quien apenas una semana antes había rescatado a 88 personas vivas y 67 cuerpos humanos, destrozados, henchidos, carcomidos por peces y que bailaban suavemente al vaivén de la aguas sorprendentemente calmas y coloreadas de azul profundo.

La última carga macabra con la que se vio llegar al muelle al capitán Sanders fue la del 7 de septiembre: con 17 cuerpos apilados en una panga que fue varada en la arena del costado derecho del muelle, donde la gente, silenciosa y expectante, desfiló una a una tratando de reconocer entre la pila de cuerpos a sus muertos.

Luego de reconocerse varios cadáveres, entre gritos y alaridos capaces de desgarrar cuerdas bucales y estremecer las almas atormentadas por la espera, las autoridades sanitarias quemaron los cuerpos y los depositaron en una fosa común, cavada con maquinaria Caterpillar a media noche en el cementerio municipal.

Ciudad postrada
La ciudad estaba destruida: había postes y árboles atravesados sobre las calles; la mayoría de las casas estaban sin techo, había ropas y maderas desparramadas por todas partes, no había luz ni agua ni telefonía, y los albergues y hospitales estaban repletos, reinaba el desconcierto, y uno podía encontrarse en cada esquina a alguien llorando sobre las ruinas de sus hogares.

Un año después, y a pocos días del aniversario del hecho que obligó a cavar la fosa, muchas cosas han cambiado, y ya no se nota tanto en la ciudad la ruina del paso de Félix, como sí se nota el olvido en el cementerio local.

La tumba donde yacen más de 35 cuerpos no identificados luce tan abandonada y solitaria, que no pareciese que fuera la memoria física de una tragedia gigante de apenas un año atrás.

Daniel Becker, un solitario agricultor de Lamlaya, era la única persona que estaba cerca de la tumba anónima, arreglando el sepulcro de su padre y de su madre, muertos recientemente y por razones ajenas al torbellino.

Qué solos quedan los muertos
Él cuenta que siempre que llega, nunca ve a nadie cerca de la fosa. Recientemente, por pesar, dice que construyó dos cruces rústicas de madera y las colocó sobre el cúmulo de tierra. Es lo único que indica que ahí hay gente enterrada.

¿Por qué a un año de la tragedia la tumba luce tan abandonada? ¿Dónde están las coronas, los ramos de flores plásticas y las cruces con leyendas que se acostumbran para honrar la memoria de los que tuvieron la mala fortuna de irse de la cruel existencia? ¿Nadie los extrañará? Ya se ve una explicación lúgubre: muerto sin nombre no tiene quién le llore.

Y ante la ausencia de solidaridad con los que yacen enterrados ahí, ya lo veremos más adelante, hay otra respuesta más trágica aún: el hambre es más fuerte que la memoria. Cifras oficiales dan cuenta de que el huracán acabó con el 100 por ciento de los cultivos de alimentos y con el 90 por ciento de la actividad comercial y económica.

Cifras oficiales del gobernador de la Región Autónoma del Atlántico Norte, Reynaldo Francis, revelan que se ha cubierto entre el 30 y 35 por ciento de las necesidades de la población apaleada por el fenómeno. En esas condiciones de supervivencia, los muertos no son opción, de hecho, la opción es no morirse.

Daniel Becker limpió la tumba de sus parientes. Luego tomó unas pequeñas flores silvestres del sepulcro de sus padres y las llevó en forma de ramo, para depositarla en esta tumba masiva donde no hay nada que indique que estos muertos tuvieron un día alguien que los amara. (Colaboración de Fermín López).

MAÑANA:
La niñez traumatizada, la falta de opciones para olvidar la tragedia en las comunidades indígenas y un juego de fútbol en Sisín.