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Es un catrín, sin duda. De esos que usan zapatos estilo Florsheim bien lustrados, los calcetines finos combinados con absoluta precisión con el color del pantalón, la camisa sin arrugas, y el pelo hacia atrás tipo Carlos Gardel.

Es vanidoso, no hay duda. El cuido de sus uñas lo revela. Y es un caballero, de esos que abre la puerta a las mujeres y agradece a través de una carta.

Sonríe poco, es cierto. Parece que tiene un temor que le impide sonreír, porque cuando se aventura a hacerlo, lo hace con timidez. Probablemente se debe a que creció con la plena convicción de que es un aburrido. De esos aburridos que no sonríen, que tienen poco o nada que contar, que van a las fiestas por obligación, y que mientras están en ellas, construyen una excusa perfecta para retirarse 20 minutos después.

Es estudioso, se nota. Su oficina, una de las salas de la amplia casa colonial granadina donde vive con su esposa desde que regresó a Nicaragua, está ordenada nítidamente, tiene estanterías con libros bien organizados, una cama matrimonial, un baño limpio con una poza para guardar agua --como los que había en las casas de antes--, una computadora que apenas puede encender para conectarse a internet y leer The New York Times, y un escritorio --sobra decirlo-- muy bien ordenado.

No le gusta contar anécdotas, pero sí hablar sobre los estudios que hace para tener la mente atenta y entretenida. Estudios sobre pleitos fronterizos. Análisis sobre crisis en países que viven en constantes aprietos. La situación de Paraguay, el conflicto entre Colombia y Ecuador, cuando el gobierno del primero violó la soberanía del segundo, a la caza de guerrilleros ligados al narcotráfico.

Es modesto, se percibe. No hace gala de sus estudios, de su larga trayectoria en la Organización de Estados Americanos (OEA) ni de su experiencia como abogado. Habla casi en susurros. De vez en cuando calla, y segundos después continúa. No hace énfasis en esto o en aquello. No usa la primera persona. Pide las preguntas, apenas responde, apenas sonríe y siempre habla de “usted”. Su gran orgullo académico es su paso por la Universidad de Georgetown. Un anillo grande con el nombre de esta prestigiosa casa de estudios, en su anular izquierdo, lo demuestra.

Experimentado, así es. Pero esto tendrá que detallarse más adelante, pues tiene 82 años, y, de estos, seis décadas en este oficio, así que su experiencia no es poca.

De niño quería ser beisbolista. Jugó algún tiempo como receptor (catcher), pues “así no corría mucho”, pero como era flacucho y bajito, sus aspiraciones no llegaron a más.

En las calles polvorientas de su León natal aprendió a admirar ese juego. Era, insiste, gran admirador de “El Zurdo Dávila”, un jugador amigo de su papá. En ese León caluroso de los años 40 también aprendió el oficio que lo ha llevado a todos los países de América, excepto a las Guyanas.

“En esa ciudad de León, apacible, caliente como el Cerro Negro, el León de las Purísimas”, estudió la carrera de Derecho. “Era una Facultad de Derecho muy seria, bien organizada, con pocos estudiantes”.

Más tarde, de la mano de quien dice que fue su mentor profesional y político, Ramiro Sacasa Guerrero, llegó a laboral en el Ministerio del Trabajo, del que fue su titular entre 1962 y 1963.

“Posteriormente saqué una maestría en Georgetown, en Washington,  cuando estaba trabajando en la Organización de Estados Americanos, que fue de 1967 a 1977. ¿De qué trabajé? En el área administrativa, técnica y política. Fui Director Adjunto de la Secretaría del Consejo Permanente de la OEA”, cuenta.

Una experiencia que le llena de orgullo en su carrera es el haber logrado la condena de los asesinos de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

“Como punto saliente le puedo indicar que fui el abogado acusador de los asesinos del doctor Pedro Joaquín Chamorro, y conseguí la condena de ellos. Fue una experiencia extraordinaria porque, por ejemplo, yo conocía por referencias a los ejecutores directos del asesinato porque soy de León, o sea, sabía con qué tipo de personas se estaba tratando. En el curso del juicio, el ministro encargado fue el doctor Ernesto Castillo, y de él tuve una excelente colaboración”.

“Como el juicio tenía tanto interés público, no se celebró en los juzgados, sino en el auditorio de la empresa… --se me olvida el nombre--, era una empresa que fabricaba materiales de construcción, en el barrio Altagracia”, prosigue.

Pero en su vasta hoja de vida no solo está un juicio de importancia como este. A José Antonio Tijerino Medrano le tocó defender al Estado de Nicaragua, cuando la familia de Jean Paul Genie lo acusó por la muerte de este joven en Carretera a Masaya, la noche del 28 de octubre de 1990.

“Era sumamente delicado. Se trataba de la muerte de un joven estimable. Yo conocía a su padre, pero era mi deber como funcionario de gobierno llevar el caso”, comenta.

Como embajador ante la Comisión también le tocó defender a Nicaragua cuando se dio una de las primeras denuncias contra el Estado, esta vez de parte de una comunidad mayangna.

Nicaragua fue demandada por la comunidad Awas Tingni por no haber tomado medidas efectivas que aseguraran los derechos de propiedad de la comunidad en sus tierras ancestrales y recursos naturales, así también, por haber otorgado una concesión en las tierras de la comunidad sin su consentimiento, y no haber garantizado un recurso efectivo para responder a las reclamaciones de los indígenas sobre sus derechos de propiedad.

“Posteriormente estuve a cargo de acusar en nombre del gobierno de Nicaragua al de Costa Rica en la comisión por delitos de odio, por la muerte de Natividad Canda”, agrega.

Canda, nicaragüense de 26 años, murió en noviembre de 2005, luego de que dos perros rottweiler lo atacaron cuando supuestamente intentó entrar a un taller en Cartago, Costa Rica. En su momento, se criticó pública y diplomáticamente que no fue auxiliado por las autoridades ticas.

Cuando se apaga la grabadora y la cámara fotográfica deja de sacar flashes, José Antonio Tijerino Medrano parece más aliviado. Hasta entonces cuenta una anécdota con lujo de detalles. Sucedió el 5 de agosto de 1973 en Chile, 36 días antes de la muerte e inmolación del expresidente de ese país, Salvador Allende.

“Estuve sentado a la par de Salvador Allende antes de su muerte. Estábamos en el XIV Congreso Interamericano del Niño, y estaba sustituyendo al secretario general de la OEA, Galo Plaza. Yo lo había conocido en 1960, cuando estudié en Chile. Era muy simpático, muy chic, usaba zapatos de gamuza, era también agradable y enamorado”. Dice que tiene una foto, pero no la encuentra. La entrevista se termina con una promesa: buscar la foto y enviarla.

Un día después, un sobre con la foto y una carta escrita a mano en papel de lino llega. Él con Allende. Los dos con lentes de marco negro, grueso y cuadrado. Los dos, unos catrines.