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SEGUNDA ENTREGA

¡Qué mal juega Vladimir Rosales! Le lanzan el balón a la altura del pecho, recibe el pase con los pectorales y lo baja al piso para, justo, impulsarse y disparar con el pie izquierdo buscando el gol, pero la bola se va de lado y la patada fallida se va al vacío. El esfuerzo lo desequilibra y cae de espaldas sobre un charco de lodo y aguas bermejas que le empapan hasta los dientes.

No es la primera mala jugada que hace. Ya antes falló a atinarle al balón varias veces y pateó sin piedad las chimpinillas de los otros jugadores que se burlan de él porque usa un único zapato deportivo en el pie izquierdo, y siendo jugador derecho de nacimiento, es lógico ver que no es hábil al patear balones con el pie calzado.

Pero no se amilana, y al contrario, parece gozar más con las risas y burlas de sus amigos adolescentes que le gritan ¡Hey, Ronaldinho! Se levanta y sigue tras el esférico que va de charco en charco, de pie en pie, sin destino.

La tarea es mojarse
Éste es un juego inusual: el campo está anegado de aguas lodosas, cae un diluvio del cielo de nubes oscuras, todos, excepto Vladimir, andan descalzos, juegan 15 contra 13, hay dos porteros por bando, el árbitro está cobijado bajo un galerón improvisado a la orilla del terreno y una vista de la zona allende, da cuenta de un caserío de chozas de madera rústica con techos azules, de plásticos negros y grises, palos doblados sobres sus troncos y grandes cocoteros con sus raíces fuera de la tierra donde deberían estar sembrados.

La comunidad se llama Sisín, palabra que traducida del miskito al español significa “Ceibón”. No hay, sin embargo, un solo árbol de ceibo u otro que se le asemeje en gigantez en los alrededores.

“El viento se llevó todo”, dice el profesor Hendrick Toledo, el árbitro frustrado cobijado bajo el plástico donado por una de las tantas ONG, que llevaron toldos que servirían de techos provisionales mientras llegaban las láminas de zinc permanentes para reconstruir los techos de las 1,200 viviendas que aquí quedaron sin techos.

Viendo al otro lado del campo, hacia la escuelita azul y blanco ya reparada y con pintura reciente, Toledo explica el motivo del atípico juego de fútbol.

En realidad, era el turno de la clase de Cívica, pero desde inicios de año determinaron que los días que lloviese, en vez de quedarse recluidos, alumnos y alumnas deberían salir a empaparse; a jugar bajo el agua, a enlodarse y zambullirse en los campos anegados de lodo.

Miedo a la lluvia
¿El motivo? Hendrick expresa que la identidad del miskito está intrínsecamente ligada a la Madre Tierra, a la cosmovisión de un mundo donde humanos y naturaleza conviven en armonía. Y esa armonía se perdió cuando el huracán les cambió el respeto que sentían por la naturaleza, a un angustiante temor por la muerte.

“Cada vez que llovía, los estudiantes salían huyendo a sus casas, otros no hallaban qué hacer. Era todo un trauma”, cuenta el profesor indígena, quien achaca ese temor colectivo al hecho de que esa escuela, ahora remozada, fue el refugio de la comunidad durante la emergencia provocada por el huracán, que arrancó el techo y ventanales con todo y estudiantado adentro.

“Todo volaba adentro, y nosotros hasta nos amarramos de la cintura con un mecate porque el viento se llevó el techo y golpeaba duro la puerta, no la botó, pero era feo, pensábamos que íbamos a salir volando del aula”, cuenta Vladimir, el jugador del zapato izquierdo.

--¿Y vos tenías miedo? --le preguntó quien antes de responder mira alrededor para ver quién de sus amigos lo está viendo. Cree que se van a burlar de él, pero nadie le hace cara de broma, y entonces responde serio: --Sí, es que el viento se llevó en el aire hasta los chanchos y los perros, levantó palos grandes…

--¿Y por qué sólo un zapato usás? --le pregunto--, y contesta: “Tenía el par, pero como todos son derechos, lo prestaba para cobrar goles, y ahí se fregó”, dice con su español masticado con el miskito. Más tarde se cambió el zapato y lo forzó en el pie derecho para seguir jugando.

El profesor Toledo explica que después del huracán, en la escuela lo que reinaba era la apatía, muchos estudiantes dejaron de llegar y los que se quedaron, bajaron el rendimiento académico a niveles críticos.

“Con el huracán se afectó la psiquis del estudiante, se le dañó el interés”, dice el maestro, explicando que la depresión colectiva detectada entre los estudiantes por una cuadrilla de sicólogos del Ministerio de Salud, sirvió para que de arriba del Ministerio de Educación les orientaran cambiar la metodología educativa: los días de lluvia, en vez de quedarse en el aula, salgan a recuperar la seguridad y disfrutar el gozo por las aguas.

Y ahí están ahora, siguiendo como cardumen por todo el campo encharcado el balón blanco, lanzando patadas y riendo a placer tendido mientras caen y se despellejan las rodillas y se inflaman los dedos de los pies descalzos.

“Félix” fue despiadado
El huracán fue despiadado con la RAAN. Mató y desapareció a 85 mujeres, a 12 niños y a tres niñas menores de 14 años, junto a 136 hombres. Cifras preliminares del Ministerio de la Familia en Puerto Cabezas, reveladas en marzo del corriente año, indicaban la existencia de 749 niños huérfanos sin atención sicológica.

Además, con sus vientos de 240 kilómetros por hora, categoría cinco en la escala Saffir-Simpson, Félix destruyó 20,452 hogares y 134 escuelas.

De pronto, 26 mil 614 niños, niñas y adolescentes estaban sin casas, sin escuelas, sin plazas de juego, sin canchas, sin nada.

La depresión posterior al torbellino no afectó sólo a los niños, sino también, en general, a los adultos de estas comunidades desperdigadas en las llanuras de fangales, cuenta Marlene Flores, enfermera del único centro de salud de Sisín.

“Aquí desde el año pasado se han incrementado los casos de enfermedades por nerviosismo. La gente se volvió más depresiva y agresiva, y eso es causa del trauma postraumático”, explica Flores, con base en el dictamen de un grupo de especialistas en salud mental que evaluó el caso de Sisín.

Una sociedad enferma
A pesar de que se percibió un nivel de estrés general mayor al de antes del fenómeno, no se han tomado medidas para tratar a fondo el caso. Salvo a los niños y niñas que se les atiende con juegos deportivos y consejos, para los adultos no hay una sola pastilla antidepresiva que les ayude a solucionar sus crisis familiares tras el paso destructivo.

“La gente viene aquí con enfermedades comunes, es verdad, es normal, pero muchas vienen con estados de ansiedad y depresión, gente que antes era alegre viene muy triste a quejarse de todo”, relata la enfermera.

Y no es para menos. Debbys Hodgson, Directora del Centro de Derechos Humanos, Ciudadanos y Autonómicos de la Costa Atlántica (Cedehca), con sede en Bilwi, cuenta que ellos realizaron un diagnóstico de salud mental entre 23 comunidades y barrios rurales de Puerto Cabezas, y descubrieron que el 90 por ciento de los niños terminó con traumas después de Félix.

Señala que ellos capacitaron a brigadas de jóvenes en consejería infantil y juvenil, para realizar jornadas de atención y levantarles la autoestima y la moral a niños y jóvenes en las comunidades de Tasba Pri, los Llanos Sur, Yulu, Betania, Sukatpin y Kligna.

“Pero estábamos fracasando, no se avanzaba, y entonces nos percatamos de que al enfocarnos sólo en los niños y olvidar a los padres, estábamos haciendo las cosas mal, porque en el hogar el estado emocional del padre influye en los niños. Una madre triste, transmite tristeza”, cuenta.

Asegura que a pesar del esfuerzo que ellos hacen como organismo de la sociedad civil, junto a otras ONG, el trabajo pendiente en salud mental es mayor de lo que se piensa. “Aquí se han necesitado sicólogos desde antes del huracán, ahora se necesitan más, junto a otros esfuerzos de activación económica”, advierte.

Un balón para curar
Y con ella coincide el profesor Jacinto Rivera, de la escuela primaria de Sisín, quien unos minutos antes había sido el árbitro de un juego igual de desordenado y enlodado, pero con niñas y adolescentes correteando con sus uniformes azules y blancos entre los barrizales.

“No basta con que nos traigan 10 láminas de zinc o que nos traigan comida por seis meses. Hace falta más atención, más calor humano”, dice, para luego, con ciertos aires de angustia y un poco de rubor, pedir ayuda para conseguir al menos cinco balones más de fútbol y voleibol para las muchachas.

“Necesitamos que esta gente levante ánimos, y el juego les ayuda mucho”, justifica, y advierte lo que a su juicio significaría un fracaso en la gestión de conseguir material deportivo: “Si una niña no juega, o un muchacho no juega, ella podría terminar criando niños y él se iría a buscar trabajo de pescador o buzo”.

Un mal destino se asoma
Y ya sabe cómo terminan los buzos en Puerto Cabezas: incapacitados, en sillas de ruedas cuando tienen suerte, o muertos a muy corta edad.

Según cifras del Sindicato de Buzos de la RAAN, un ejército de más de mil hombres, ex buzos jóvenes y viejos de los barcos langosteros desperdigados en los confines de estos llanos, sufren el llamado mal de la descompresión, que es la inadecuada eliminación de burbujas de nitrógeno que se les alojan en la sangre al respirar por los cilindros de aire comprimido que usan para buscar langostas.

El profesor Rivera no anda mal en sus cálculos: Adolfina Green y Fanor García, originarios de Santa Martha, comunidad vecina a Sisín, retiraron de las clases a sus dos hijos adolescentes para meterlos a trabajar. El mayor, de 15 años, está de ayudante en una acopiadora de mariscos en Bilwi, y el menor, de 13, realiza labores de agricultura con el padre, en una finca cerca de Tuapí.

“Necesitamos ayuda, con el huracán perdimos todo, y si no trabajamos todos, no comemos”, justifica Adolfina, entonces de paso en Bilwi, adonde bajó a comprar víveres en el mercado local.

Aprender entre perros y chanchos
Muy lejos de donde ella compra alimentos, a unos 45 kilómetros al norte de Bilwi, en Auhya Pigni, la profesora Aura Morales imparte clases en un aula de sexto grado donde 18 estudiantes tienen por techo un plástico que no cubre nada cuando llueve.

“Lluvia cae y se suspenden clases, porque se mojan libros y cuadernos”, dice ella, compadecida de la suerte de sus muchachos. Al menos tienen suerte de contar con paredes a los cuatros costados: enfrente de esta escuela de cinco aulas, cuatro de las cuales están destruidas totalmente, hay un galerón techado, pero sin pared, sostenido por maderas rústicas enclavadas en un piso fangoso.

Chanchos, perros famélicos, pollos y gallinas cacareadoras pasean bajo el techo de los galerones, despreocupados, ignorados por completo por los más de 40 estudiantes que ahí reciben clases y que ahora observan en silencio los apuros de un joven, de pie frente a una pizarra, que intenta encontrar solución a una multiplicación de varios dígitos que ahí, en ese ambiente sin paredes y de condiciones paupérrimas, parece imposible de resolver.


(Colaboración de Fermín López).

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