•   Managua, Nicaragua/ Primera entrega  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Ver infografía ampliada

Las dos mujeres entraron en el consultorio ginecológico, mientras su custodia se sentaba en el corredor del centro de salud de Santa Rosa, municipio ubicado a 37 kilómetros de San Salvador.

Era algo rutinario. Lo hacían cada semana y parecía que nadie se inmutaba de que llegaban siempre dos mujeres acompañadas de un hombre, pero esta vez algo fue diferente. Ninguna subió en la silla, sino que aprovecharon el momento a solas con la enfermera para pedirle ayuda.

La enfermera sabía que estas mujeres venían de El Cedazo -un bar cerrado como fortaleza- y que tanto a ellas como a las otras mujeres nunca se les veía por el pueblo, a excepción del día de la consulta. Conmovida, les abrió la puerta trasera del consultorio. Un camión las esperaba.

A pocos minutos de llegar a la frontera comenzaron los disparos en contra del camión, pero nada las detuvo. De pie, frente a la oficial de Migración solo dijeron: “No tenemos papeles, nos tenían encerradas y si nos deportas, nos hacés un favor porque vamos a estar más seguras”. La oficial les dio pase y cruzaron el puente corriendo. En esa carrera dejaban atrás dos años de esclavitud.

“No sé por qué, pero reía y lloraba mientras corría. Me sentí libre, había regresado a mi país, vería a mis hijos, a mi mamá, yo era dueña de mi vida nuevamente y esa sensación de libertad es indescriptible”, dice Anita Elizabeth Medina Alonso, una víctima de la trata de personas, quien se desempeña ahora como coordinadora de la Asociación de Trabajadoras Sexuales Los Girasoles, en Corinto.

Anita, junto a su mejor amiga, fue captada por una pareja que parecía respetable. “Ellos preguntaron que dónde podían comer, entonces mi amiga y yo les sugerimos y ellos nos dijeron que los acompañáramos, no nos pareció nada malo, fuimos con ellos, comimos, nos vimos varias veces y siempre nos invitaban a comer. Nos dijeron que abrirían un restaurante de paso cerca de la frontera de El Salvador y que si estábamos interesadas y la verdad es que sí, era lo que necesitaba con dos niños pequeños y sola, porque el papá de mis hijos se había ido, así que acepté. En total íbamos cinco mujeres del centro y otra más de la Báscula que viajaron aparte, nosotras dos viajamos con ellos”, cuenta Anita.

Aquí vienen estas p…

Al pasar la frontera les pidieron el documento de identidad para hacer un supuesto trámite y no se los devolvieron. Llegaron al bar El Cedazo y la frase que escucharon de la respetable señora fue: “Aquí vienen estas putas, así que pónganlas a trabajar”.

Los hijos de la señora se encargaban de “probar la mercadería”, recuerda Anita y fueron ellos quienes las violaron. Después las ubicaron en un cuarto, de los muchos que rodeaban el rancho, donde estaba el bar y les dijeron que se cobraba 25 dólares por servicio sexual, que sería mitad para el bar y la otra mitad para ellas. Cuando Anita dijo que no venía a eso, entonces le dijeron que lo haría para pagar los gastos. Solo fue un decir porque nunca vieron un centavo y en promedio las obligaban a tener hasta once servicios sexuales por día.

“Jamás tuve un dólar en la mano porque te cobran todo, la comida, la ropa. Era una deuda impagable, no salíamos de ella, si quebrábamos un vaso lo pagábamos al precio que ellos decían, tenían nuestros documentos, no podíamos comunicarnos con nadie. Para colmo cuando llegaba la Policía ni quejarte podías con ellos porque decían “ya oyó a esta puta se está quejando, yo de usted la mandara a matar”, porque ellos le pagan a la Policía y si un agente quería estar con alguna de nosotras, era cortesía de la casa”, relata Anita.

Había también en ese lugar mucha violencia física. Cada fin de semana los dueños se emborrachaban y comenzaban a dispararse, en esos momentos lo único que quedaba que hacer era esconderse, en otras ocasiones cuando la dueña del local estaba enojada, golpeaba a la que tuviera más cerca.

”Sabían bien lo que hacían, porque nunca te golpeaba la cara, para que los clientes no pensaran mal. Nos daban los condones contados y si alguna no los usaba, la multaba y esa multa podía ser el dinero que supuestamente se había ganado en el día”, señala Anita.

Otras multas y castigos venían si se negaban a estar con alguien. “Yo pasé varias noches en una cisterna que tenían enterrada para almacenar agua por no querer estar con alguien. Si te enfermabas también te multaban por los días que no habías trabajado y cuando alguna salía embarazada la llevaban a sacarse al niño y tenía que seguir trabajando para pagar los “gastos extras”. Nada era gratis y tu cuerpo era el que pagaba por todo”, afirma Anita.

Muerta en vida

El milagro de Anita llegó a bordo de un camión con rastra. “El muchacho que nos ayudó era corinteño como nosotras, llegó al bar ya tarde y cuando me vio me reconoció, yo me puse un dedo en la boca para que se callara y me le acerqué después a ofrecerle un trago. Le dije que pidiera estar con mi amiga y conmigo y una vez en el cuarto le contamos todo lo que nos estaba pasando”.

“A vos te creen muerta”, fue lo primero que dijo el hombre cuando entró al cuarto y cerró la puerta y la verdad es que sí, recuerda Anita, porque estaba como muerta en vida. “A veces me sentía tan desesperada que pensaba agarrar la pistola y matar a esa vieja, pero me detenía porque no la iba a lograr matar y me iban a matar a mi primero. Es horrible estar vigilada siempre y que abusen de vos y que no podás hacer nada. Fue allí que él se nos puso a la orden para ayudarnos y lo planeamos todo. Dios nos lo mandó, porque gracias a él fue que pudimos salirnos, porque la frontera estaba cerca, pero lejos para nosotras sin dinero ni ayuda”.

Esclavas

Durante su estancia Anita fue testigo de la llegada de más mujeres, a todas les decían lo mismo, que trabajarían en un comedor de paso. A seis meses de su encierro, llevaron a dos muchachas salvadoreñas, una de 16 y otra de 18, las violaron igual. La de 16 lloraba todas las noches, pero la de 18 después de un tiempo dejó de llorar porque le comenzaron a dar cocaína y solo drogada permanecía.

Una hondureña era la de mayor antigüedad en el local, cinco años. “Con esa muchacha siempre llegaba a estar un hijo de la señora y él la embarazó varias veces, pero le mandaba a sacar a los niños, tenía una gran cicatriz en la cara que ese hombre le hizo, pero así y todo si podían ponerla a trabajar más, lo hacían”, afirma.

Diez mujeres fue el total que contabilizaron en el bar al que asisten coyotes, cambistas, camioneros, ganaderos y comerciantes.

“Creo que lo que más te duele es no poder hacer nada y que nadie ayude, que te vean como una cosa, que destruyan tu autoestima diciéndote que no vales nada y que con cada acción lo afirmen, tanto que muchas terminan creyéndolo o se vuelven adictas para olvidarlo, entonces no salís nunca porque cuando estás vieja, es decir de más de 30 años, te dicen que vas a la cocina o que te quedés limpiando y que las mujeres no se rebelen, sino que se quedan allí, esclavas que hacen lo que les mandan”, analiza Anita.

Pandemia en crecimiento

El licenciado Francisco Espinoza Samayoa, delegado territorial para Chinandega de la Procuraduría de Derechos Humanos (PPDH), califica la trata de personas como una pandemia en crecimiento silencioso, justificada en los prejuicios sociales y abonada por la violencia intrafamiliar y la desintegración familiar.

“Nicaragua ha puesto énfasis especial en penalizarla por medio del artículo 182 del Código Penal y ahorita en la Ley 779, que entró en vigencia, se recoge como un delito especial es decir, que todo aquel que sea denunciado va a permanecer durante el proceso privado de libertad. El gobierno y las instituciones estamos haciendo énfasis en combatir la trata pero hay problemas estructurales y uno de ellos es que no se denuncia, se continúa viendo como algo privado y no lo es”, señaló el licenciado Espinoza Samayoa.

Un estudio elaborado por la PPDH, sobre el acceso a la justicia de las víctimas de trata de personas en León y Chinandega, encontró que en León no hay un solo dato registrado en el Ministerio Público, en las Comisarías de la Mujer o en los Juzgados sobre el tema de trata de personas. “No hay casos registrados, pero hay un gran subregistro porque nos enteramos, pero la gente no lo denuncia, ya sea porque la gente no cree en la justicia, por temor, por la revictimización, porque denunciar es exponerte de nuevo al hecho”, destacó el delegado territorial.

En Chinandega en el período 2010- 2011 se denunciaron 11 casos de trata de personas, muchas denuncias de víctimas y de estas once llegaron a juicio final y los tratantes quedaron privados de libertad.

“El tema de trata se está trabajando como un delito especial en la nueva ley y eso se traduce que habrá de antemano una atención especial a las víctimas. El mensaje de esta ley es “no violentes a las mujeres y no las trates porque si no te pasará esto”, afirmó el licenciado Martínez Samayoa.

¡Y mi hija!, ¿dónde está?

Doña Ángela Ramírez, de 60 años, recoge botellas plásticas para sobrevivir. Pero la tristeza permanente que tiene, no viene de su duro trabajo y las 12 horas que le dedica a diario, sino de una incertidumbre que comparten en silencio madres pobres de Occidente, quienes desconocen el paradero de sus hijas.

“Mi hija se llama Benita Ramírez, pero era conocida como Eva Luz. Ahorita debe tener 40 años, cuando se fue me dejó a sus seis hijos, el pequeño que ahora tiene 16 tenía pocos meses. Ella regresó como a los tres meses de que se fue, vino toda golpeada, no salía de la casa, ni quería que nadie supiera que estaba aquí. Estuvo pocos días, después la vinieron a buscar y me dijo mamá me voy a Guatemala. Yo le dije que no se fuera, que pensara en sus muchachitos y me dijo que eso estaba haciendo. Desde entonces nunca más supe de ella. No tengo fotos pero ella era blanca, bien parecida, yo le pido a Dios que esté viva y que vuelva, sus hijos necesitan saber quién es y ella tiene que conocer a sus nietos”.

El caso de doña Ángela se repite en diversas voces que debido a la pobreza no han logrado dar con el paradero de sus hijas. “Da pena andar preguntando porque uno no sabe nada, yo me di cuenta que ella andaba en eso (explotación sexual), pero incluso la misma Policía en ocasiones dice “que tanto busca a esa “p”, pero esa “p” tiene una madre y su madre quiere saber de ella”, expresó otra madre chinandegana.