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Segunda y última entrega

Cuando habla, parece que lo hiciese consigo misma. Tiene 16 años y no hay alegría en su rostro, que luce enjuto, seco. La chavala ante mí no se parece en nada a la risueña de la foto que adorna el biombo que divide el pequeño cuarto, donde se juntan la sala y el único dormitorio que madre e hija comparten.

“Es producto de las medicinas para la ansiedad que le mandan”, justifica de inmediato la madre, “por eso no la puedo dejar sola. Si la dejo sola con usted, cuando regrese por lo menos se ha enterrado las uñas en los brazos, esto que me le hicieron es terrible”, dice.

“Ileana” inicia su relato. “Yo creí que esto no pasaba, hasta que me pasó a mí. Eran las seis y cuarenta y cinco de la mañana, faltaba poco para la entrada a clases y mi mamá no se apuraba, así que le dije que me alcanzara”.

Caminaba tranquila, cuando un microbús azul se detuvo adelante, a la orilla de la carretera y se asomó un señor mayor, con una foto en la mano. Le dijo que andaba buscando a un muchacho. Cuando se acercó a ver la foto, alguien salió de la parte de atrás del microbús, le tapó la boca, y de allí no recuerda más. Hasta que se despertó por unos gritos.

“En un cuarto sucio estábamos como seis chavalas y la que gritaba era una que estaban violando en otro cuarto. Cada noche que me acuesto, la escucho gritar, ella decía: “Por Diosito, no me toquen. Por Diosito, no hagan esto, no me rompan la ropa. Por Diosito…” Y escuchó las risas de los hombres que le decían: “Uy, si no tenés nada y tanto que llorás”. No sé si de los nervios comencé a vomitar, soy única hija y mi mamá siempre me obliga a comer antes de salir a clases. Otra de las chavalas comenzó a gritar y nos abrieron la puerta porque yo estaba incontenible”.

Las sacaron de la habitación y las mandaron a una esquina, cerca de un muro. Una de las muchachas le dijo que había un portón y que se fueran. Le hizo caso. “Afuera miré que estábamos en Chinandega, ella me preguntó que de dónde era, y le dije de Corinto, ella me dijo soy de El Viejo, de aquí nos vamos a la Policía. Yo no quise, solo quería venir a mi casa”.

“Ileana” llegó sola a Corinto, gracias a que en la parada de buses estaba una señora que conocía a su mamá y le pagó el pasaje. Ni ella ni su mamá pusieron la denuncia. Ella recibe terapia una vez a la semana, por insistencia de una tía, pues durante meses la muchacha solo podía dormir unos minutos y se despertaba gritando. Dejó de estudiar, no sale de su casa más que a la terapia, y se aterroriza ante personas extrañas.

Poca sensibilidad y consciencia

A mayo de 2012, la Policía Nacional rescató a 196 víctimas de trata de personas, de acuerdo con el informe de la XXI Reunión de Mandos Policiales. Sin embargo, en las delegaciones, pese a la instauración del Sistema Policial para la Atención Integral a la Trata de Personas, las respuestas para las madres y familiares que reportan los casos de desapariciones, continúan siendo las mismas. “¿Tiene novio? ¿Era vaga?” “Ahí va a aparecer.” “¿Sabe que su hija es p…?”

Francisco Espinoza Samayoa, delegado territorial de la Procuraduría de Derechos Humanos para Chinandega, califica como un problema grave la actuación de algunos policías, cuando las madres o familiares interponen las denuncias.

“De qué sirve que me manden a capacitación, sobre todo a policías que recepcionan denuncias, si algunos no lo interiorizan. Debemos estar conscientes como funcionarios y como adultos de que la percepción de riesgo que tiene una adolescente no es la misma que tiene un adulto, y si le decís: ‘No hagás esto’, aunque vaya en riesgo su seguridad, lo hace. Todos fuimos chavalos y sabemos que es así”, afirma el licenciado Martínez Samayoa.

Para Anita Elizabeth Medina Alonso, de la Asociación de Trabajadoras Sexuales “Los Girasoles”, no cabe duda de que los tratantes ahora son más astutos y buscan chavalas y muchachas menos extrovertidas, para llevárselas.

“Ellos prefieren llevarse chavalas que no están en ese ambiente, que son más calladas y sumisas, que son más propensas, porque son inocentes, todo lo ven transparente todavía, no se cuidan de con quién van a hablar. Hemos visto casos en que las chavalas no pueden ni describir al agresor, porque no tienen la malicia ni la práctica de cuidarse”, señala Anita.

En Occidente todas las organizaciones civiles e instituciones del Estado han conformado una Mesa de Trabajo contra la Trata de Personas, que se encarga de unificar esfuerzos. Esta instancia está presidida por el delegado del Ministerio de Gobernación, Andrés Alberto Somarriba, quien señala que los esfuerzos conjuntos han dado frutos, tanto a nivel local como nacional.

“El tema de la trata ha tomado mucha fuerza, porque es parte del compromiso que tenemos con la seguridad ciudadana. Si bien no hay muchas denuncias, creo que el año pasado fueron ocho en la Comisaría de la Mujer, la gente en los territorios, ya sean líderes de los Consejos del Poder Ciudadano (CPC) o de las organizaciones, reportan cuando hay alguien que anda ofreciendo trabajos fuera de Nicaragua, entonces la inteligencia policial le da seguimiento y así es que se capturan”, destaca el delegado Somarriba.

Debido a las denuncias de personas captando a chavalas en los institutos, organizaciones de la Sociedad Civil como la Organización Internacional de Migrantes, las Casas de la Mujer y la Asociación Movimiento de Mujeres de Chinandega, junto al departamento de Consejería Escolar del Ministerio de Educación, se han dado a la tarea de capacitar a chavalos, chavalas y padres de familia, sobre el tema.

Josselin García, de 13 años y estudiante del tercer año en el Instituto “Alfonso Cortés”, de Somotillo, afirma que gracias a la consejería en el instituto, ahora es más cuidadosa.

“A uno siempre le dicen que no hable con extraños, pero cuando te das cuenta de todo lo que te puede pasar, es mejor siempre evitar estar sola y no hablar con nadie que no conozcás y dudar de aquellos que puedan ofrecerte un trabajo, ganando lo que ni en sueños podés ganarte aquí”, señala Josselin, quien es parte de los 633 estudiantes del turno matutino de ese centro.

Por su parte Bryan Alexander Gómez Quiñonez, de 13 años y estudiante del segundo año en el Instituto Nacional “Azarías Henry Pallais”, de Corinto, valoró que la promesa de dinero fácil solo termina en abusos laborales, físicos y sexuales.

“Yo he conocido casos en mi barrio, y les dicen que van a trabajar y es mentira, pero ante esos abusos no hay que quedarse callados, hay que denunciar los abusos”, señaló Bryan.

El gran reto en Occidente es hacer conciencia sobre el tema, pero no solo entre los chavalos y chavalas escolarizados, pues ellos de alguna forma u otra tienen información sobre la trata de personas, sino en las víctimas potenciales, focalizadas en los barrios más pobres, donde los chavalos no asisten a la escuela, aseguró Leda Díaz Murillo, coordinadora departamental del proyecto Población Migrante Vulnerable, de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

En Nicaragua se cuenta con un marco jurídico de protección para los niños, niñas y adolescentes. El Código de la Niñez y la Adolescencia, en su artículo 5 establece que: “Ninguna niña, niño o adolescente, será objeto de cualquier forma de discriminación, explotación, traslado ilícito dentro o fuera del país, violencia, abuso o maltrato físico, psíquico y sexual, tratamiento inhumano, aterrorizador, humillante, opresivo, trato cruel, atentado o negligencia, por acción u omisión, a sus derechos y libertades”.

También en el artículo 57 se incluyen políticas de protección especial para aquellos que se encuentren en situaciones de vulnerabilidad y riesgo.

Pero, los actores sociales entrevistados concluyen que a nivel local hay mucha voluntad de cumplir las leyes y apoyar, pero no presupuesto.

Para citar un ejemplo, la Alcaldía de Chinandega, por medio de una ordenanza municipal aprobada en noviembre del año 2011, destinó una partida de 200 mil córdobas para aminorar los efectos de la migración, ya que se calcula que el 11% de los migrantes de Nicaragua son originarios de este departamento. Pero este dinero no es para ayudar a víctimas de trata de personas, sino más bien para repatriación de cuerpos y problemas de salud de familiares de migrantes.

Otra ordenanza similar se está gestionando en El Viejo, aunque hasta junio de este año no se había realizado ningún desembolso en Chinandega.

Ojo con las redes sociales

“Marcela” y “Julia”, ambas de 16 años, miraban juntas un programa de música en El Viejo, cuando un insistente mensaje de texto en la pantalla invitaba a chavalas en edades comprendidas entre los 15 y 19 años, a hacer una amistad.

“Teníamos saldo, así que le mandamos un mensaje y nos respondió. Hablamos de música, de ropa, de fútbol, pero nos quedamos sin saldo, así que nos mandó una recarga de 50 pesos (2 dólares aproximadamente), y seguimos chateando. Después nos preguntó si teníamos Facebook y le dijimos que sí, así que nos dijo que lo buscáramos, que se llamaba Marcial Rodríguez, que se iba a conectar, nos fuimos al cíber y allí lo vimos, o eso creímos, era guapo en las fotos”, dice “Marcela”.

La amistad y la llegada de recargas de regalo duró una semana. Al cabo de ese tiempo el “estudiante” de la UNAN invitó a sus amigas viejanas a León, pero ellas no tenían dinero. Él hizo los arreglos con un amigo busero, para que no les cobrara, porque él pagaría en la Ciudad Metropolitana. Al llegar, Marcial no estaba, sino su “tío”, que les dijo que las llevaría en la camioneta, pero las chavalas se pusieron nerviosas cuando vieron que el hombre hablaba con una mujer y le decía que allí las llevaba.

“Cuando nos dijo que nos bajáramos, nosotras le dijimos que iríamos a la UNAN a darle la sorpresa a Marcial, pero él no quería, así que forcejeamos y cuando vimos ya estábamos pegando gritos, los vecinos salieron y se armó un alboroto que terminó en la Policía, donde nos dimos cuenta que no existía el tal amigo y que si hubiésemos creído todo, a saber dónde estaríamos”, dice “Julia”.

El difícil retorno

Recuperar a una víctima de trata de personas es apenas el primer paso, lo más difícil para ellas y ellos es la reinserción familiar y comunitaria.

“Cuando la gente me miraba, decía: ‘Mirá, ahí va la p…’, y hasta se lo decían a mi mamá. Los hombres me faltaban al respeto y eso me hizo una persona violenta y apartada. Hubo días en los que decía que mejor me hubiese muerto. Comencé a recibir ayuda de parte de OIM y tengo atención psicológica. Ahora me siento mejor, sé que no fue mi culpa, pero siempre la gente te mira raro. Cuando me dicen: ‘¿Por qué te hiciste esos tatuajes?’ Tengo tres, de los tres lugares donde me tuvieron, pero ya no lloro, ahora respondo: ‘Me marcaron porque pensaron que eran mis dueños, pero yo soy libre’”, dice “María” de 22 años.

Las instituciones y organizaciones están buscando cómo brindar una atención integral a las víctimas de trata, no solo para ellas sino para las comunidades.

“De nada sirve que vengan a terapias de grupo una vez a la semana, si en su comunidad, en su casa, las continúan devaluando, revictimizándolas, es por eso que hacemos actividades en las que involucramos a la comunidad, porque hoy fue una vecina, pero mañana puede ser alguien de tu familia”, expresa Leda Díaz Murillo, de OIM.