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Su padre, Juan Molina Rodríguez, diputado conservador por el departamento de Jinotega, compró un periódico, La Estrella de Nicaragua, mientras su hijo del mismo nombre estudiaba Periodismo en Colombia. Eran pasados los años 50, y Juan Molina Palacios pasó del Colegio Centroamérica a la Universidad Javeriana a estudiar Periodismo, pese a que en cierta ocasión pensó en ser químico.

Tiene dos pasiones que le hacen saltar los ojos cuando se habla de ellas. Uno, el terruño: es un clásico jinotegano que vive con nostalgia los encantos del pueblo de los hombres eternos, y un apasionado docente de la prensa escrita que al final de la entrevista esbozó una clase de géneros periodísticos.

Al lado de su taza de café con leche, hay dos galletas que poco a poco las va digiriendo, pero al final quedan trozos minúsculos. Junta los cinco dedos de su mano derecha, reúne los pedazos de galleta y se los lleva a su boca. Quien es de Jinotega y lo observa, ve reflejado al nato jinotegano que gusta comer de esa forma.

Si quería ser químico, ¿cómo es que se acerca al periodismo?

“Me crié en un ambiente periodístico, mi padre era muy amigo de los periodistas que reporteaban en la Asamblea o en el Congreso de ese tiempo, apoyaba a muchos periodistas enfermos, se los llevaba a la hacienda hasta que se recuperaban, por eso en mi casa siempre había periodistas. Mi padre era un gran conversador”.

Juan Molina Palacios, “Juancito” para sus alumnos, tiene una voz sonora, la misma que escuchaba cuando desde el umbral de las puertas de las aulas de la UNAN nos dictaba los conceptos sobre la Historia del Periodismo o sobre géneros periodísticos.

“Siempre me gustó la prensa escrita. Trabajé con Ignacio “Nacho” Briones en La Nueva Prensa, y escribía desde crítica de cine hasta reportajes de investigación”.

Estudió periodismo en Colombia, e hizo sus prácticas en el diario El Tiempo. Recuerda el éxito que tuvo al publicar en una página universitaria a comienzos de los años 60.

¿Su padre compró un periódico? ¿Pensó en su hijo?

Todo iba bien, había comprado el periódico no solo pensando en mí, él tenía sus aspiraciones políticas, hasta que se enredó con el cubano que dirigió la invasión de Bahía de Cochinos, Manuel Artime Buesa, quien se acercó a mi padre y le propuso el negocio de la madera, y el dinero que tenía lo invirtió en ese negocio y abandonó el periódico.

¿Y Somoza qué dijo?

“Mirá, Juancito, ese periódico, o me lo vendés o me apoyás”. Mi padre era conservador cuadrapasista y chamorrista. Recuerdo cuando iba a Granada y se sentaba a platicar con Emiliano en el Portal de los Leones, y después nos íbamos a ver a Carlos Cuadra Pasos. A mi padre le decían “zancudo”, y extrañamente se sentía orgulloso de que le dijeran así, no sé por qué, después del Pacto de los Generales”.

¿Cómo fue su niñez en Jinotega?

“Mi niñez fue feliz. Ahora me da nostalgia visitar Jinotega. Mi ciudad era preciosa, en medio de dos cerros llenos de bosques, los venados bajaban a tomar agua al río. La cruzaban dos ríos: el Ducualí y el Río Viejo. Todavía tengo amigos de infancia como el doctor Edgard López Zelaya: jugábamos desde que teníamos cuatro años”.

Sus primeras clases las recibió en el Colegio San Luis, donde hoy es la Farmacia San Juan, y tuvo entre sus maestras a la ya fallecida profesora Mercedes Pastora de Rivera.

¿Qué añora usted de Jinotega?

Todo lo vivido en mi juventud. Casi no había vehículos, mi padre llevó los primeros, entre ellos un jeepón. Añoro el Mirador de los Pinos, hoy convertido en un basurero.

Recuerdo el enorme pedernal de cinco metros que había en ese lugar. Yo subía y bajaba el Cerro de la Cruz corriendo, también el cerro de Aventino. Hoy construyen gradas para subir al Cerro de la Cruz.

El profesor Juan Molina Palacios, a sus 69 años, recuerda a los personajes más pintorescos de su Jinotega natal. A “Naveta”, la “Blasina”, a Justo y a “La Pionga”, a “Goyo” y a “Mencho”. Estos últimos eran los que componían altares.

La casona de los Molina siempre ha estado frente al parque central de la ciudad. En los tiempos de niñez y adolescencia del profesor Molina, había enormes árboles de mango, y cuando había cosecha, él madrugaba para alcanzar los que caían en la noche.

Yo madrugaba y corría al lugar donde escuchaba que caían, y cuando me disponía a recogerlos, me encontraba con un guardia que también corría desde el comando, y al final me peleaba con él.

¿Cómo era la Jinotega de esa época?

Lo que más me impactó fue cómo fueron tratados los primeros evangélicos en Jinotega; el sacerdote de turno le decía a la gente que los insultara, que les tiraran piedras, excremento. El valor de la palabra. Mi padre habilitaba a los productores porque no había bancos, y la gente le ofrecía su palabra, y todos pagaban, nadie quedaba debiendo.

¿Cómo es el jinotegano?

Fijado, desconfiado, y tenemos nuestros dichos, por ejemplo, si alguien está por caerse decimos: ‘Si en quita te cai de ai’, y si lanzan agua fría decís: ‘Achicalayo’.

Lector empedernido

Soy tremendo a leer no solo la ciencia ficción, sino que la buena novela. Ahora me cuesta más por mis ojos cansados. Ahora leo “Calculando a Dios”. Siempre estoy leyendo dos libros

Saber leer es saber escribir, leo desde niño. Comencé con Julio Verne, Salgari. Una de las mejores bibliotecas era la que tenían los curas en el Colegio Centroamérica, donde era prohibido entrar. Había libros clásicos forrados en cuero.

El profesor Molina se hizo amigo del padre Teófilo Aldaz S.J., quien traía libros de España para venderlos, y con el dinero ayudar a los pobres. “Ahí conocí las obras completas de Darío, en papel cebolla, forrados en cuero, y al primero que mandaba a llamar cuando le llegaban las cajas con nuevos libros era a mí, se jacta este académico ya retirado.

¿Y de sus amores?

No soy un santo, pero mi gran amor fue mi esposa que acaba de morir. De la creación de Dios, la mujer fue lo principal. Entre las mujeres del mundo que he conocido, las nicaragüenses son lindas; las etíopes son muy bonitas”.

La docencia le apasiona

Como todos los periodistas docentes, dice haberlo hecho para refrescar el conocimiento. “El profesor Manuel Pinell fue quien me llevó a trabajar en la UNAN, y mi primer salario fue de C$150.00, pero al mismo tiempo hacía radioperiódicos”.

Como docente impartió clases de prensa escrita, Historia del Periodismo, y Ética Periodística. “La generación media de periodistas de 50 años que existe en Nicaragua fue formada por mí”, expresa con orgullo.

Las frases

Cuando uno es profesor se da cuenta quién va a ser bueno y quién no. El periodista tiene que morir encima de la máquina de escribir. Mi lema como profesor era: “No me lo cuente, escríbalo”, a propósito de algunos alumnos que me decían: “Fíjese que quiero escribir sobre un tema”.

El profesor Molina ve a esa generación de periodistas como de gran camaradería, buenas relaciones humanas, lo mismo entre los profesores.

Por la universidad también pasaron muchos comandantes, recuerda Molina, y habla de Antenor Rosales, “El Capi”, como uno de los últimos en irse a la montaña, donde se le conoció como “El Ocho”. Llegaba un jovencito negrito bajito a dejarle mensajes a Bayardo Arce, y me decía que no los leyera. Era Carlos Núñez Téllez.

¿Cómo fue su vida gremial?

Fue intensa. Soy fundador de la UPN, en Granada, en 1978. Fueron muchas horas de trabajo y desvelo en la Casa del Periodista “Álvaro Montoya Lara”. Llegó a ser el segundo presidente de la UPN, y recuerda con orgullo haber sido uno de los organizadores de la “Operación Verdad”, cuando llegaron al país 300 periodistas de todo el mundo, por la fama que tenía la Revolución en ese tiempo.

¿Qué queda de todo eso hoy?

El recuerdo. Dejé muchos amigos por todo el mundo. Creo que si los comandantes de la Revolución hubieran conocido el mundo, si hubieran viajado antes del triunfo, la revolución habría sido distinta.