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El día que Lucía salió de la casa en la que había vivido por años, caminó durante largo rato por las calles de un país que no conocía. Era de noche, su cuerpo entero temblaba y su corazón latía violentamente de susto, de alegría y de vergüenza. Ella caminaba desnuda.

La incertidumbre reinaba en su cabeza, pero había una sola cosa de la que esta mujer estaba completamente segura: debía caminar rápido, correr si era necesario, desaparecer lo antes posible y buscar --por todos los medios-- una manera de regresar a su país de origen: Nicaragua.

Si este escape fuese la escena de una película, estaríamos justo en el punto cúspide de la trama. Sentiríamos alivio porque nuestra protagonista logró salir del prostíbulo en el que había estado atrapada por años, un lugar donde la obligaban a tener sexo con desconocidos, a cubrir su cuerpo solo con un brassier y una tanga --su respectivo traje para el “show nocturno”-- y a no recibir un céntimo por un “trabajo” que ella no había aceptado tener.

Pero mientras Lucía caminaba a pasos agigantados por aquella calle oscura de la Ciudad de Guatemala, sintiéndose medianamente libre, no sabía si en realidad lograría regresar a su ciudad natal o si ese sería el fin de un terrible episodio de su vida. Tampoco tenía tiempo de meditar si, a su regreso, podría deshacerse de sus fantasmas, y si recuperaría la libertad que había ansiado por tanto tiempo y por la que le rogó todos los días, desesperadamente, a su Dios.

Hoy día, estando fuera de aquel país, la protagonista de nuestra historia ha accedido a hablar por primera vez con un medio de comunicación. Su trauma es tal, que solo se acuerda haber sido trasladada un día cualquiera de 2007, pero su mente no tiene recuerdo de la fecha de su retorno. Lo que sí rememora, una y otra vez, es la razón por la que aceptó irse: necesitaba dinero para comprar las medicinas de su madre, quien --en aquel entonces-- padecía cáncer.

El típico engaño

Cuando todavía no había sido engañada por sus tratantes, Lucía solía viajar hasta el puesto fronterizo de El Guasaule, en el departamento de Chinandega, para vender ropa a nacionales y a extranjeros que entraban y salían de suelo nicaragüense. En una ocasión, una pareja que frecuentaba la zona se le acercó para preguntarle sobre su mercadería. De plática en plática, se ganaron su confianza.

Aquel hombre y aquella mujer llevaban lentes de sol y viajaban en una camioneta. En medio de sus conversaciones, uno de ellos le hizo un cuestionario simple. Averiguaron que, en algunas ocasiones, su futura víctima recogía sólo C$200 por día, y, en otras, absolutamente nada. También quisieron saber si le gustaría trabajar en otro país, y ella, esperanzada, dijo que sí. Sabiendo esto, le ofrecieron la oportunidad de vivir en Guatemala. Ella no supo qué contestar, y, ante su inseguridad, la pareja optó por aparentar tranquilidad.

--Vamos a estar viniendo por si quiere irse a trabajar con nosotros --le dijo el hombre.

--Pero, ¿en qué clase de trabajo? -–le cuestionó.

--Nosotros tenemos un negocio, también vendemos ropa. Aquí la andamos, incluso.

La pareja jamás enseñó dichas prendas, pero sí hubo un detalle --mencionado en posteriores ocasiones-- que tentó demasiado a la vendedora: le ofrecían US$500 mensuales por su trabajo. También le dijeron que allá, en Guatemala, se ganaba bien y que la vida era fácil.

Mentían.

Millones de víctimas, millones de dólares

La historia de Lucía no es parte de estadística alguna. Ella nunca pudo poner una denuncia formal porque --hasta la fecha-- no sabe el nombre de los que la engañaron, ni cómo lucen en realidad, ni siquiera recuerda el camino que la condujo hacia Guatemala. El día que emprendió su viaje, la pareja quiso calmar la sed de su víctima con una amarga bebida, cuyo efecto la adormeció durante todo el trayecto. Para ella, la travesía se dio en un abrir y cerrar de ojos.

Este mismo patrón podría repetirse para la mayoría de las víctimas que forman parte del subregistro que, hasta ahora, no han logrado descifrar los gobiernos y organizaciones no gubernamentales que trabajan en el tema. Al menos en Nicaragua este no puede ser precisado. Lo que sí se sabe es que la trata de personas es un negocio tan lucrativo que cuando en nuestro país apenas iniciaban las investigaciones al respecto, la Organización Mundial del Trabajo (OIT) informaba que el valor de ese “mercado” era de unos US$32,000 millones. Eso apenas en 2005.

Siete años después, el Departamento de Estado de EU reveló que este “negocio” afecta a unos 27 millones de individuos a nivel mundial. Para hablar de cifras regionales, es conveniente consultar el estudio “Violencia y trata de personas en Centroamérica: oportunidades de intervención regional”, publicado este año por Save the Children y por el Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (Ieepp). En él se afirma que, en un lapso de siete años, se han registrado 1,040 casos de trata de personas en el istmo.

Elvira Cuadra --una de las coordinadoras del estudio-- explicó que para analizar estos datos es necesario saber que puede haber varias víctimas por un solo caso reportado. El informe detalla que en Nicaragua se registraron 128 víctimas relacionadas con la trata de personas, solo entre 2004 y 2011.

El trauma después de la tragedia

Cada vez que hace un recuento de lo sucedido, Lucía rompe en llanto y se le entrecorta la voz. “Esto es muy difícil”, dice entre sollozos. Sobre sus manos, cuyos dedos han sido decorados con anillos de plata, caen lágrimas que ella retira con una toalla blanca. Es lo único que físicamente puede limpiar. Espiritualmente, se siente sucia.

Incluso cuando no llora, la voz se le vuelve casi imperceptible. Lucía habla bajito, con miedo. Vive paranoica, convive con el temor de toparse nuevamente con aquella gente que la engañó. Los años vividos en Guatemala fueron una tortura. Los que la explotaban le quemaban la piel con cigarrillos si no aceptaba tener sexo con sus clientes o con el dueño del burdel. En una ocasión, se enteró de que una niña de 13 años había intentado escapar. La mataron sin piedad.

Estas y otras situaciones sádicas vividas han hecho que esta mujer desconfíe de todos. Cuando camina por las calles o cuando se encuentra sola en casa, Lucía escucha la voz del jefe de aquel prostíbulo, a quien nunca pudo verle la cara. Siempre que tenía contacto con ella, él usaba lentes de sol o algún tipo de protección. Sin embargo, lo que este jamás pudo esconder fue su voz. Podría reconocerla entre miles, sin dudarlo, alega.

En el prostíbulo en el que Lucía estuvo presa también residían muchas más mujeres.Para que estas no escaparan, sus “dueños” las mantenían drogadas y, de ser posible, desnudas. Pensaban que la vergüenza de salir a la calle sin trapo alguno sería más fuerte que su determinación. No fue el caso de Lucía.

Robar, mentir, esconderse

El día que escapó, el hombre que se suponía debía cuidar a las mujeres del burdel se distrajo por atender a otra compañera que fingía estar enferma. Ambas habían maquinado la estrategia que llevó a Lucía a obtener su relativa libertad. Después de caminar un largo trecho en medio de la oscuridad, llegó a un rancho, en donde una señora guatemalteca le preguntó, sorprendida, qué le había ocurrido. “Le dije que me habían robado todo, no quería contarle mi historia porque pensé que podría delatarme”, asegura.

En un descuido, Lucía le robó 100 quetzales que tenía en una mesa y cogió una sábana con la que pudo cubrir su cuerpo. Luego de eso, emprendió nuevamente su camino. Después de mentir para que algún buen samaritano le regalase dinero, de acostarse con un camionero a cambio de que la ayudase a cruzar la frontera de Guatemala–El Salvador, y de pasar por un punto ciego entre la frontera de Honduras y Nicaragua, Lucía finalmente regresó a su país. Allí, se encontró con una madre convaleciente que nunca supo lo que realmente le había pasado a su hija.

Robar, mentir, esconderse. Llorar sin consuelo, ver morir a su madre, cambiarse el nombre, dejarlo todo, mudarse de ciudad, conseguir un nuevo trabajo, tratar de volver a confiar. En medio de todo este proceso, Lucía todavía se siente culpable por todo lo que hizo durante su traumático pasado reciente. No puede dejar de pensar en que engañó a una guatemalteca que le quiso ayudar la noche en la que se escapó. Tampoco se perdona a sí misma por haber caído en el engaño de aquella pareja.

La protagonista de esta primera historia fue víctima de la modalidad de trata que más se conoce y de la que se tienen más estadísticas. Sin embargo, existen otros tres tipos de trata de los que se habla muy poco, que son aquellos con fines de explotación laboral, esclavitud y mendicidad.

Las condiciones de pobreza en las que viven muchas familias nicaragüenses empujan a mujeres y a hombres a migrar a otros países o a ciudades dentro del territorio nacional. Mientras lo hacen, pueden caer fácilmente en las redes de tratantes.

“Eso no quiere decir que todos los coyotes son tratantes o narcotraficantes. Históricamente, ellos han ayudado a cruzar gente, pero si no los conocés y estás fuera del territorio, los riesgos son muchos”, indica Marta Cranshaw, representante de Nica Migrantes, una organización sin fines de lucro que pretende visibilizar a los migrantes como actores sociales.

La presencia de camiones que ofrecen trabajo en otras ciudades o países es un buen mecanismo para atraer a potenciales víctimas. Cranshaw explica que aunque esto ocurre en todas las fronteras, las condiciones en las que estas personas son trasladadas despierta la duda sobre cuáles de estos viajes son realmente supervisados por los puestos migratorios.

(Mañana: Tratantes: desconocidos, amigos y hasta parientes)

 

“El gobierno no permite este tipo de violaciones”

Para contrastar los señalamientos de ONG locales, solo debe escucharse la versión del gobierno. Andrés Somarriba --delegado de Migración y Extranjería para el departamento de Chinandega y presidente de la Mesa Departamental contra la Trata de Personas-- asegura que la Policía Nacional ha demostrado que la labor de sus trabajadores es eficiente, y que las personas que llevan este tipo de casos han sido instruidas para ello.

“Lógicamente, hay un efecto para el funcionario que permite todo esto. Este gobierno no permite que se den ese tipo de abusos (…) Si un comisionado va a retirarse por abuso pues se retira, pero no se va a permitir esto porque se debe garantizar la efectividad del sistema, la seguridad, la honestidad”, dice con orgullo Somarriba.

Esther García, jefa del Departamento de Trata de Personas de la Comisaría de la Mujer en Managua, tiene este mismo discurso. La comisionada asegura que, en la consultoría que hizo la Procuraduría de Derechos Humanos, la institución aparece con la mayor cantidad de personal capacitado (un 85%). “Las capacitaciones se dan de arriba hacia abajo, el que cae, sabe que se le va a dar de baja”, expresa.

Aunque los porcentajes de capacitación pueden ser altos, miembros de la sociedad civil piensan que no existe suficiente interés o disposición para resolver el problema de la trata de personas. Más allá de eso, un punto medular que menciona la sistematización publicada por Unicef explica que, siendo los hombres los que fungen como operadores de justicia, estos juzgan desde su propia perspectiva de hombres, con toda la interiorización del legado patriarcal y no como profesionales del derecho y administradores de justicia. “Se identifican con los explotadores como sus pares”, concluyen.

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