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El lanzador Erasmo Ramírez se convirtió en jugador de los Marineros de Seattle, a pesar de que siempre le dijeron que era “muy pequeño”. Con persistencia y con coraje ha mantenido los pies sobre la tierra y lanza pelotas con potencia

2012 ha sido perfecto para Erasmo Ramírez Olivera, quien sonríe y mueve las manos mientras recuerda lo que le costó llegar hasta donde está. En los próximos días será parte de la Selección de Nicaragua que jugará en la eliminatoria del próximo clásico mundial de béisbol.

Un hecho que considera un honor. Es la primera vez que vestirá un traje de su país, y lo hace recordar lo mucho que ansiaba eso cuando escuchaba en su natal Rivas los partidos en un pequeño radio.

Pero este año también significó el mayor de sus logros: llegar a las Grandes Ligas para jugar para los Marineros de Seattle. Después de emigrar con muchos deseos, pero con pocas expectativas por su estatura, el éxito apenas está llegando a su vida.

Lo primero que menciona es cuando su abuelita, Esperanza Corea, lo ponía, junto a su hermana, a jugar béisbol con una bola de calcetín que ella misma hacía. “Cuando ella estaba pequeña era como un niño que le gustaba jugar béisbol aunque sus padres no la dejaban”, agrega.

Desde que Erasmo tenía cuatro años, su abuelita le enseñó a no tener miedo a los muchachos más grandes. “Armaba” ligas del barrio para entretener a sus dos nietos, pero también para regañarlos cuando se querían dejar vencer. “Ella me enseñó a batear y a agarrar la pelota”, explica.

El ahora big leaguer es llamado el “Pequeño” por los cronistas deportivos y por sus compañeros de equipo. Mide 1.80 m --bastante bajo para los parámetros de béisbol--. Pero no siempre fue así. Cuando empezó a jugar a los siete años en las ligas de colegios, los demás lo miraban como grande.

“Era más grande que el resto de mis compañeros. De hecho creían que estaba pasado de edad. No sé cuándo fue que me empecé a quedar pequeño”, comenta entre risas.

Sus padres también fomentaron su espíritu competitivo. Junto a su hermana, Erasmo competía por ganar dinero. “Peleábamos por ver quién era mejor, nos daban monedas de chelín y de cincuenta centavos si lográbamos carreras o hits”, comenta.

Siempre buscaba conectar jonrones porque eso era “lo que valía más”. Ganaban un córdoba. Era el premio mayor. De hecho, nunca se interesó por ser pitcher. “Me gustaba más batear”, dice. También practicó otros deportes: fútbol, basquetbol y hasta volibol.

Después empezó a practicar jabalina por un par de años. Participó en varios juegos colegiales, aunque nunca sintió mucha adrenalina por esa disciplina deportiva. Pero le sirvió para ejercitar su cuerpo para lo que vendría después.

Su paso por el atletismo, según Erasmo, fue de gran ayuda para su carrera en el béisbol, porque ahí empezó a mostrar la potencia de sus brazos.

Erasmo adoraba batear y jugar en la tercera base. Tenía 12 años cuando el puertorriqueño Moisés Santiago llegó a Rivas, porque escuchó de un buen equipo infantil.

“Cuando mi mamá escuchó eso ella pasó como dos años pidiendo un chance para mí, y le decía (Moisés) que ya me iban a ayudar, pero nunca lo hacía”, recuerda.

Después lo aceptó y empezó a entrenarlo con la promesa de que si mejoraba le daría una sorpresa. Y llegó cuando cumplió los 15 años. Se iría becado por la Fundación Educando a un Salvadoreño, FESA.

De nuevo le hicieron prometer que iba a dar todo su empeño por alcanzar su sueño. Todo fue emoción para Erasmo. Esa organización tenía un récord de tener 10 jugadores de Grandes Ligas en 11 años.

Su abuela también le hizo prometer que no volvería llorando y que alcanzaría llegar a las Grandes Ligas. Fue una decisión que no la dudó ni un momento. Además, se terminó de convencer cuando le ofrecieron la oportunidad de estudiar una carrera mientras estuviera en El Salvador.

“Me ofrecieron que si no salía firmado iba a salir al menos con una carrera profesional. Siempre salía ganando”, dice este joven rivense de 22 años.

Sin embargo, se encontró con un primer problema. En la FESA le comentaron que estaban claros de que tenía problemas por su estatura. “Hice la prueba como bateador, pero me dijeron que la única oportunidad que existía era para pitcher”, asegura.

Decidió hacerlo y empezar a entrenar su brazo. Erasmo comenta que nunca fue rápido corriendo, y que tuvo que entrenar con más persistencia.

En una ocasión se fue a hacer una prueba para los Dodgers, y querían llevárselo, pero al final no se pudo la negociación. Erasmo recuerda que empezó a sofocarse. Sentía que nunca llegaba su oportunidad.

“Ya llegando los 17 todos me decían que era pequeño y me molestaba un poco, pero nunca dejé de dar mi máximo esfuerzo”, comenta.

En 2007 fue buscado por los Marineros de Seattle en El Salvador. Su manager le preguntó si quería irse o esperar que lo buscara otro equipo. “Lo que den no importa, yo lo que quiero es mi oportunidad”, recuerda este joven que respondió de inmediato.

Le hicieron una prueba de lanzamiento antes de firmar el contrato. “Era algo extraño. Estaba nervioso. Reunieron a todos mis compañeros para hacer los tiros”, menciona.

Lo firmaron y empezó a llorar. “No podía creerlo. Lo había logrado”, asegura.

De inmediato fue enviado a hacer su debut en la Liga de Venezuela. Erasmo y su familia estaban felices. Él quería demostrar su capacidad para saltar cualquier obstáculo.

En su segundo año en Venezuela, logró ganar la triple corona de pitcheo con una cifra impresionante: 11 victorias y una derrota. Erasmo sonríe y dice que es algo que nunca va a olvidar, porque así se ganó su viaje a Estados Unidos.

Amable, simpático y con humildad, Erasmo fue invitado a los entrenamientos de primavera de los Marineros de Seattle en Japón. Estando en ese país le anunciaron que pasaba a jugar en las Grandes Ligas.

“Estaba temblando cuando iba a firmar ese papel que me daba el nuevo estatus de jugador de Grandes Ligas”, cuenta. Dice que aunque quería firmar la hoja de inmediato. el cuerpo no le respondía.

“Pasé como cinco minutos tomando agua para poder firmarlo. La hice medio chueca pero la puse”, agrega.

El beisbolista nicaragüense debutó en Grandes Ligas el pasado 9 de abril contra los Rangers de Texas. Entró como pitcher relevista en el cuarto inning e hizo una buena presentación.

Por su capacidad, lo pusieron de abridor en los partidos de los Marineros de Seattle. Al principio sentía temor en cada partido, porque además se ha enfrentado a gente con mucha experiencia en el béisbol.

“Después aprendí a controlarme porque ellos también son seres humanos. Dejé de pensar mucho y (aprendí a) confiar más en mi trabajo”, comenta.

El mayor susto en la carrera de Erasmo fue cuando el 1 de julio de este año salió lesionado después de un juego contra Boston. El joven nica salió al juego y en la tercera entrada sintió un dolor en el codo.

“Sentí un dolor pequeño, pero me molestó el codo. Tuve miedo de romperme algo, pero aún así esperaba seguir”, comenta. De inmediato fue mandado a reposo. No fue nada grave. “Solo el susto”, dice riendo.

El jugador nica siempre usa un collar blanco en todos sus juegos. Confiesa que es un amuleto que les llegan a regalar a todos los jugadores de los Marineros de Seattle.

“No creo en eso. Pero lo uso porque igual la mente ayuda, y si me mentalizo en que me va a dar estabilidad en el cuerpo para el juego, lo hace”, manifiesta.

Recuerda que siempre soñó con estar en un juego con un estadio lleno. Pero nunca pensó que se convertiría en el duodécimo nicaragüense en llegar hasta las Grandes Ligas.

Erasmo cuenta que la persona que más lo aterriza y lo regaña es su abuela. Lo riñe cada vez que hace un mal juego. Ella se enoja con sus errores y le da consejos de pitcheo. “Pero también es mi principal fanática”, comenta.