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Sexto día. Ayer las madres nicaragüenses, guatemaltecas y hondureñas, acompañadas por fray Tomás González Castillo realizaron una marcha desde la parroquia El Cristo Negro de San Román hasta la Plaza de Tenosique, y una delegación visitó a las autoridades locales, con el objetivo de obtener apoyo en la búsqueda.

En la plaza expusieron las fotografías de sus familiares desaparecidos, y pidieron que si alguien los reconocía avisara para tener una pista de su paradero.

El llamado fue dramático. Entre lágrimas por la incertidumbre de no conocer el paradero de sus familiares pudieron llevar el mensaje a los habitantes de la localidad. Algunos miraban con extrañeza la actividad, otros con curiosidad, algunos conmovidos y otros con indiferencia, la cantidad de fotos que tapizaban el piso de la plaza.

La labor de Fray Tomas

Fray Tomás es uno de los héroes de los migrantes. Los defiende con su sotana café bien puesta y con su faja de cordón bien amarrada. Reta a las autoridades cuando es necesario. Nos comentan que la semana pasada localizó y prácticamente arrebató de las manos policiales a un grupo de migrantes, y cargó con ellos tres camionetas hasta su albergue, para brindarles seguridad y alimentación. A veces, incluso, lo acusan de ser “pollero”, o los que transportan a los indocumentados como negocio, sin embargo, todos saben que lo hace sin sacar ninguna ganancia. Por eso se ha ganado el respeto de la comunidad y de las autoridades policiales.

Él no mira si llevan papeles o no. No distingue si son católicos, mahometanos o no creyentes. Simplemente, realiza una labor humanitaria como parte de su misión cristiana de hacer el bien. Algo que a muchos se nos olvida practicar.

Hoy nos trasladaremos a Villa Hermosa, siempre en el estado de Tabasco, donde igual las madres expondrán su sufrimiento, con el sacrificio de dejar sus hogares y familias, para viajar más de 1,000 kilómetros y visitar zonas de cuidado, todo para intentar encontrar a sus hijos, hijas y esposos.

Visita a las patronas

Luego son al menos cinco horas hasta Córdoba, Veracruz. Ahí se visitará a Las Patronas, un grupo de mujeres que se dedican a recolectar comida y agua, la cual obtienen con fondos de donaciones. Su objetivo es específicamente humanitario: preparar y embolsar comida.

Cuando escuchan el sonido del pito del tren están listas. Corren a las vías del tren y esperan a que pase. El agua la empaquetan, la amarran y la lanzan para que los migrantes sobre “La Bestia” de metal puedan agarrarla, e igual tratan de hacerles llegar comida, para que estas personas, los que logren alcanzar los paquetes, puedan tomar y comer algo.

La ruta de los migrantes, sean quienes sean o de donde vengan, está plagada de tragedias; en su mayoría son personas del campo, con bajo nivel escolar, o quienes no ven oportunidades en sus países para poder salir de la pobreza, a pesar de su preparación.

Parte del paisaje

Aquí uno se da cuenta de que esta ruta es un mundo aparte. En esta zona de México la población ve el fenómeno como algo normal. El peregrinaje de los grupos de extranjeros de rasgos latinoamericanos e indígenas, cansados, sucios y mal olientes por las largas caminatas, que cruzan por la carretera son ya parte del paisaje.

Una cosa es abrir las páginas de un diario y ser lector, otra cosa es ver todo lo que sucede como simple espectador, y luego tratar de contar la historia. Algo muy diferente debe ser vivir el drama. Algo que no creo poder imaginar es lo que se siente con el simple hecho de ver algunas escenas de la migración.

Son situaciones de colectivos que buscan el mentado sueño americano, pero la muerte puede estar a la vuelta de cada esquina, que como dijo fray Tomás, “los migrantes viven una esperanza que se convierte en pesadilla”, de la cual muchos no logran despertar.