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Tras seis meses de reposo, Emilia Cuadra, una costurera de 63 años que vive en el corazón del capitalino barrio Hialeah, se sentó a coser en la máquina Singer que la acompaña desde que tenía 20 años. Necesitaba diseñar un brassier que no la avergonzara en público, que no se le subiera o se le bajara. Además, uno que disimulara la pérdida de su mama derecha.

Emilia probó con varios tipos de tela, con una puntada en zigzag y con una recta, cosió y descosió, se probó el sostén y se lo volvió a quitar, compró brassieres en la ropa usada para copiar modelos, los examinó, hasta que una madrugada logró obtener el diseño ideal.

“Una de mis nueras me había hecho uno como de aumento, pero como que no me calzaba, de repente se me subía y me daba pena”, cuenta mientras busca las telas que utiliza para confeccionar los sostenes, y enseña los encajes que los adornan.

Bajita, con el rostro surcado por arrugas pero siempre sonriente, Emilia insiste en que el ingenio vino de la mano de la necesidad.

Hace un año que luego de varios exámenes, ultrasonidos, mamografías y biopsias realizadas en la Fundación Ortiz-Gurdián, FOG, le diagnosticaron cáncer en su seno derecho. Dos meses después le practicaron una mastectomía radical en esa mama y posteriormente recibió varios ciclos de quimioterapia.

Inspiradora es un adjetivo que calza casi a la perfección en esta mujer. Su historia podría ser triste, llena de melancolías, lágrimas y desesperanza, pero Emilia Cuadra impide que sea así.

“Mi vida se volvió terrible. En el momento en que te dicen que tenés cáncer no sentís nada, el problema viene después, cuando se da el proceso, cuando te percatás de la magnitud. Gracias a Dios, con la atención especializada de la Fundación, el cariño, el tratamiento psicológico, uno puede sobrevivir, sentís ganas de continuar viviendo…”, cuenta Emilia.

Difícil es que se siente a conversar, pues camina de un lado a otro en su pequeña casa, construida con bloques y madera, y pintada de color mamón, donde cose hasta la madrugada. Justo ahora está esperando a una clienta talla 40, y tiene 12 brassieres cortados que están esperando ser cosidos.

Los sostenes tienen puntadas finas y son vendidos a C$50 con todo y la prótesis. Para hacer esto último también fue probando y reintentando.

Emilia se sienta un momento en una mecedora y con brassier en mano explica paso a paso el corte y confección de sus prendas especiales. Comenta que en el costado de la copa donde va la prótesis, debe meter una pequeña almohada porque la mastectomía provoca una remoción de carne debajo de la axila y el roce del brassier causa dolor.

Muestra distintas tallas. Los que hace especialmente para las mujeres que están sometidas a radiaciones, que no llevan gafetes sino velcro, y los que hace para jóvenes con busto pequeño.

De ahí, con su misma sonrisa y vitalidad, Emilia pregunta: “¿Y usted, ya se hizo el autoexamen? Tengo una cliente de 20 años”. Ante el silencio como respuesta, con su misma alegría contagiosa, prosigue: “Y no se aflija, que eso es como un catarro”. Todo es detectarlo a tiempo.

 

El autoexamen le salvó la vida a Maritza Luz Pasquier, 52 años, una señora de rostro triste, habitante de Ciudad Sandino, dedicada a vender productos de una línea de belleza.

Un día se examinó los bustos y sintió algo extraño. Era una pelotita. “Me asusté, me dolía bastante”, recuerda. A través de unos periodistas supo que existía la Fundación Ortiz-Gurdián, donde brindan atención integral y gratuita a pacientes con cáncer de mama.

Maritza aun está en los ciclos de quimioterapia y ha perdido su cabello. Se le nota abatida por los efectos del tratamiento, pero entre su tristeza, logra esbozar una sonrisa y agradece el haber detectado a tiempo la enfermedad.

Igual ocurrió con Fanny Juárez, 38 años, quien fue sintiendo cómo una pelota crecía en su mama derecha. El primero de marzo de este año la operaron y ya concluyó el ciclo de quimioterapia indicado.

“Ha sido difícil, esto me ha cambiado la vida, ahora la veo como una segunda oportunidad. El hecho de habérmelo descubierto hace la diferencia. Al comienzo fue duro, pero la psicóloga de la Fundación me explicó que no representa necesariamente la muerte, que es una batalla que tengo que dar”, comenta Fanny.

La maldad. Así llama Yelba Rosa Díaz, al cáncer. Su necedad la salvó. Esta señora morena, hermosa y gestual se realizó una mamografía, cuyos resultados salieron bien. Ella, sin embargo, no estaba conforme.

Un día llegó a donde el Director de la Fundación Ortiz-Gurdián, el ginecooncólogo Roberto Ortega, y le insistió en su caso, expresándole a su vez un signo de alarma: el hundimiento de su pezón izquierdo.

“Toda la maldad estaba detrás del pezón… Se me empezó a hundir el pezón, y cuando eso pasa, usted tiene que correr para ayer, no para mañana”, comenta.

“Uno espera el diagnóstico, pero no es lo mismo esperarlo a que te lo confirmen. Cuando vine aquí, a la casa, le dije a él –señala a su esposo–: ‘Si va a irse, váyase ahorita, no cuando esté desgraciada completamente’. ¿Por qué me voy a ir?, me preguntó. Muchas compañeras, pobrecitas, son abandonadas por sus maridos”.

“Es importante conocerse, palparse, mirarse, yo me palpaba, pero como tenía la fibrosis quística, no le ponía mucha mente. Cuando me fijé, tenía como un camanance en el pecho y me quedo: ¡Sangre de Cristo! - Tenemos que transmitirlo, para que nos salvemos, hay que revisarse”.

 

20,383 consultas desde 2009

653 pacientes han recibido quimioterapia desde que se creó el programa de la FOG

71 pacientes han recibido quimioterapia en 2012

8 casos nuevos se diagnostican cada mes