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En una mesa de El Panal, donde comparte con sus amigos, todos bohemios, todos artistas, empieza la entrevista con este hombre bajito, ancho de arriba y flaco de abajo, de nombre Mario Montenegro y de oficio cantor.

El cantor para niños es enemigo de los formalismos y de los zapatos. Le fascinan sus pies –los enseña y mueve a la vez- porque dice que parecen de bailarín.

Hoy anda descalzo, camina sobre el piso de barro de El Panal sin importarle que esta mañana sus pies recibieron tratamientos, masajes y una pasada de pintura de uñas.

El desenfadado cantor también es enemigo del peine. “Fui donde una mujer, le dije: cortame las puntas y me cortó las puntas, pero de los troncos. Siempre me ha gustado andar el pelo largo porque me sirve para taparme los defectos”, cuenta, mientras permanece de pie con las piernas abiertas y se pasa apresurado las dos manos sobre su pelo crespo, negro y un tanto descuidado.

Poco después se sienta, enseña las dos florcitas que le pintaron en cada uno de los dedos gordos de sus pies y se echa en el pelo una crema de las que se vende en los supermercados, que deja el cabello entre aceitoso y brillante.

Mario Montenegro es siempre atolondrado. Se mete a una conversación y enseguida se sale; después olvida lo que estaba hablando y se queda quieto, sonriendo. Da para uno de los personajes de sus cuentos para niños.

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De fondo, en los parlantes ubicados en lo más alto de El Panal, se escucha la voz de Rubén cantando. “¿Y Rubén?, ¿y Rubén?, ¡¿Rubeeén?!”. El pequeño Rubén no ha venido a la cita, nadie le avisó. Probablemente a Mario Montenegro, tan despistado que es, se le olvidó indicarle que viniera a la entrevista.

De lejos sigue oyéndose la voz de Rubén cantando uno de las melodías grabadas en el “Orín de Luna”, el último disco de este cantor. La voz del niño lo distrae. “Ese, ese es Rubén”. Pero nada que Rubén viene.

Tras la canción de Rubén, sigue una de Montenegro. Despiste total. Entre la bulla, le pide a uno de sus amigos que cambie de música. “Es que soy yo cantando… ¡Oye, Calache! Quitame la música, me distrae”. Se voltea a mí: “¿En qué estábamos?”.

¿Quién es Mario Montenegro, el cantor para niños? Probablemente la respuesta sea corta. Mario Montenegro, el autor del “Gallo ennavajado” que aún suena en las radios, del “Negrito cuñú cuñú”, de varios cuentos y canciones para niños, es el incesante niño que no fue o el niño que no le permitieron ser.

“Hay gente que dice que yo escribo cosas para mí, para la niñez que no tuve, y creo que no se equivocan”, confiesa.

“Mi infancia fue todo un aprendizaje, fui un niño hijo de un hogar disfuncional, casi de la calle, mis padres eran obreros, nunca vivieron juntos aunque hicieron como ocho hijos. Yo le doy gracias a Dios por los padres que me dio”. Minutos después habla de otra cosa y nuevamente calla. Se le olvidó lo que estaba diciendo, perdió el hilo de la plática.

Hay que encauzarlo, volvamos a su niñez. “Mi papá, a pesar de ser un obrero de la construcción, campesino, casi analfabeto, me contaba cuentos de los clásicos, de los hermanos Grimm, de Han Christian Andersen. Un tiempo me hizo cuentos, recuerdo cuando llegaba cansado, con el olor a sudor y a mezcla. No sé ni de dónde se aprendía los cuentos clásicos, pero eso marcó mi vida, porque cuando dejó de hacerlo me quedé con un vacío terrible y doloroso”.

Deja ver el vacío. Mario Montenegro es un hombre franco que no gusta de apariencias, por eso anda descalzo, se vistió con una camiseta blanca estirada (pregunta sin tapujos: “¿Me la quito o me la dejo?”). Pero en el fondo se le nota una tristeza. Es la del niño que no fue.

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Está pintado para hacer muecas, para cantar, para declamar, para alegrar con sus locuras al que tiene enfrente.

¿Sabe doña iguana

que anoche, la luna se orinó

y en una esquina del cielo

puso a secar su camisolín?

El poema “Doña iguana en el árbol de los deseos” es dedicado a su hijo Jael Yalí y está en el último disco “Orín de luna”. A él le dice:

Si llegás al árbol de los deseos

seguro te preguntará

¿querés un otoño?

¡en la hoja marrón!

¿querés un verano?

¡en la blanca azucena!

donde doña iguana vuela

en franca meditación

¿primaveras?

de esas no tengo

esas buscalas en tu

corazón…

Mario Montenegro llegó hasta cuarto año del colegio y creció nadando en Tiscapa, donde su madre lavaba ropa.

De la escuela habla poco. Tiene traumas. Dice que allí y en la casa lo “cachimbeaban” para calmarlo. “Lo que hicieron fue empeorarme. Por eso me bloquearon, yo tengo capacidad de aprendizaje, y gran capacidad, pero me bloqueo, me empezás a dar clases de algo y empiezo a sudar frío. Los golpes que te dan de chiquito te acompañan toda la vida, hasta que te morís”.

La presencia de los animales en sus cuentos se debe también a los recuerdos –agradables esta vez - de su infancia. “Tuve una madrastra a la que no me gusta decirle así, ella criaba gallinas, chanchos, patos y morían de viejos porque no le gustaba matarlos, todo eso marcó mi vida, las canciones y los cuentos están hechos con elementos de la naturaleza y con animalitos”.

“Yo tengo que tener mucho cuidado, porque soy demasiado disparado, soy loco, no loco clínico… ¡Te voy a enseñar uno de los cuadros que acabo de pintar!”

Mario Montenegro también es pintor. Hubiese querido ser periodista o médico naturista pero, en cambio, se dejó llevar por sus dotes de cuentista. “Hay un momento en el arte –dice citando a Carlos Martínez Rivas- donde no interviene la inteligencia ni la técnica, es un estado del alma. Como que te llevan la mano. Yo pasé un tiempo donde le agarré miedo a eso, que es lo que se conoce como la inspiración”.

“Ahora vivo y sobrevivo con lo que me contratan para cantar, yo soy pintor en mi estilo, vendo mis discos, he grabado cinco, me han publicado seis libros, me publicaron en Japón medio millón, El regalo de la Nana Engracia y El duelo de los payasos”. El gobierno le ha ayudado con la publicación de sus discos y libros, insiste.

¿Es Mario Montenegro un buen padre? Él prefiere que esa pregunta la contesten sus hijos. Llama a uno que está en España, pero no responde: “¿Sigo intentando?”