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El sonido del teléfono basta para poner a Abraham Rojas en estado de alerta. Abre los ojos como platos mientras espera que la voz que está al otro lado del aparato le diga dónde debe ir. Cuando le brindan la dirección, lo primero que hace es salir corriendo a buscar sus guantes blancos y su traje verde, que están metidos en un armario desordenado.

Es viernes 19 de octubre. Son casi las siete de la mañana. Abraham busca a dos de sus compañeros de trabajo para que lo acompañen a El Crucero, donde fue encontrado un cadáver con múltiples heridas en el cuerpo.

Este señor moreno, bajito y de abdomen pronunciado trabaja desde hace 11 años para el Instituto de Medicina Legal, como conductor de un viejo vehículo blanco conocido como “La Morguera”, donde todos los días se embarcan, desde la escena del crimen hasta los cuartos fríos de medicina forense, los cadáveres encontrados a la orilla del camino, en un barrio, en un predio vacío o en cualquier lugar.

Abraham tiene 55 años y dos de trabajar para Medicina Legal. Inició como conductor del director de la institución. “No trabajaba con los muertos directamente”, dice con sonrisa tímida.

Llegó por casualidad a meter papeles en búsqueda de trabajo. Se lo dieron. Y, para su suerte, en aquel momento fue ubicado en el área administrativa.

La primera vez que tuvo contacto con la muerte en su trabajo fue cuando explotó un polvorín en los cuarteles del Ejército en la zona de Xiloá. “Aquello era horrible, se miraban cadáveres quemados por todos lados. Los cuerpos estaban irreconocibles”, cuenta.

Tuvo que acompañar a su jefe porque fue una emergencia general. No volvió a ver cadáveres hasta hace dos años, cuando lo trasladaron a conductor de “La Morguera”.

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El calor en Managua es sofocante. El cielo está oscuro, pero la presión y el calor no dejan de sentirse, a pesar de que el Instituto de Medicina Legal queda al lado de un predio arbolado cercano a un pequeño parque, donde casi no llegan niños, pero sí indigentes. Los que no faltan a diario son cuerpos enteros o destrozados.

Son las 10 de la mañana. Aquí se trabaja las 24 horas. Nunca se cierran las puertas de entrada ni de salida. Después de la entrada principal se encuentran varias sillas, donde las personas aguardan su turno. Muchas en espera de su ser querido.

Luego de pasar por un laberinto de pasillos y a unas diez puertas de la recepción, se encuentra la morgue. Al lado de las salas de autopsias. Un lugar bien iluminado, con rótulos de “Solamente personal autorizado” en cada una de las puertas del área.

La morgue es un temible lugar de dolor, pestilencia y miedo para los que no la conocen. Para los que laboran ahí, es un centro de trabajo como cualquier otro. “Yo fui militar, y estoy tan acostumbrado a la muerte…”, dice Abraham.

Cuenta que no le da miedo llenarse de sangre o tocar los cadáveres en descomposición. “No le tengo miedo, hay que tener más miedo a los vivos”, comenta.

Mientras lava la camioneta que sirve de ambulancia improvisada, explica que al cuerpo del fallecido que trasladó hoy, primero se le limpiaron las manchas de sangre para luego confirmar la severidad de las heridas.

De uno de los cuartos de autopsia se escapa una música instrumental que contrasta con el silencio del pasillo.

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German Gutiérrez, técnico auxiliar forense, sale del cuarto de autopsia enfundado en un traje parecido al de un panadero o de un trabajador de una pasteurizadora. Lleva puesto un gorro blanco, delantal azul, tapabocas, guantes, polainas y botas de hule.

Se asusta al abrir la puerta y encontrar a Óscar Sánchez, queriendo fotografiar el momento de la autopsia. “No, no puede entrar”, le dice. Luego le prohíbe tomarle fotos. Vuelve a entrar y sale unos cinco minutos después, cuando concluye el proceso de autopsia del cuerpo que encontró Abraham en la mañana.

El olor que se escapa de la sala es denso, penetrante y un poco asfixiante, sumado al calor del pasillo y a un ambiente silencioso. Gutiérrez comenta que ha perdido la cuenta de cuántos cadáveres ha “trabajado” en los 13 años que lleva de laborar en morgues.

Dice que no se inmuta ante la muerte porque lo ve como algo “natural”. Diseccionar cuerpos y analizar las causas de la muerte es parte de su rutina de trabajo. Cuando salió llevaba dos horas de estar haciendo la autopsia. “Es el tiempo promedio que tardamos en hacerlo”, agrega.

Tiene cara seria y parece inmune al dolor. Sin embargo, comenta que cuando ve niños muertos su ánimo “se viene abajo”. Los casos que más lo impactan son los de víctimas infantiles de maltratos. “Es tanto el maltrato que hasta les producen la muerte”, comenta.

También menciona que recibir a los familiares que reclaman el cadáver es algo doloroso. Verlos llorar, desmayarse y sufrir, sigue conmoviéndolo, pese a su extensa trayectoria profesional.

Hoy realizaron la autopsia al cuerpo de Leonardo Antonio Villanueva. Un hombre de 55 años --la misma edad de Abraham-- abandonado en un monte en Carretera Sur, en las curvas cercanas al Crucero.

“Debo volver a cerrarlo”, agrega a manera de despedida, refiriéndose a que sellará y preparará el cuerpo del taxista asesinado.

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El coordinador de Patología del Instituto de Medicina Legal es el doctor Néstor Membreño. Asegura que trabajan para responder a tres grandes preguntas: cómo, cuándo y de qué murió la persona que llevan al IML.

“En la morgue tenemos capacidad para tener unos 30 cuerpos”, dice. A cada uno se le asigna un número que tendrá hasta que se concluya el proceso de investigación.

El especialista menciona que al año realizan un promedio de 700 autopsias. Solo unos 20 cuerpos no son reclamados por sus familiares. “Son muy pocos, porque en nuestros países latinoamericanos tenemos esa costumbre del duelo todavía”, indica.

A los que nadie reclama, después de varios meses, proceden a enterrarlos en un cementerio de Ciudad Sandino. A todos se les ubica y escriben sus datos por si en algún momento algún familiar los busca.

Mientras permanecen en la morgue, mantienen los cuerpos a una temperatura de 4 grados centígrados para detener el proceso de descomposición.

El doctor Membreño muestra un par de cadáveres. “Uno de ellos era un borrachito desconocido que no han venido a identificar, el otro fue enviado para el hotel”, dice, para referirse a que lo trasladaron a las bóvedas del Instituto de Medicina Legal.

Se trata de David Kerry Johnson, un extranjero que está en “el hotel” desde el 21 de agosto, esperando que sus familiares puedan llevárselo.

Membreño explica que como dependencia adscrita a la Corte Suprema de Justicia, CSJ, el Instituto de Medicina Legal apoya en la investigación de delitos a la Policía Nacional y a otras instituciones estatales.

En Nicaragua existen 24 delegaciones forenses, pero no todas tienen las condiciones para realizar la autopsia.

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La oficina de Sixto Gómez, técnico en histotecnología, se parece a cualquier otra. Tiene incluso varias fotografías de niños con caras sonrientes y de familiares. Él es el encargado de obtención, preparación y presentación de muestras biológicas y humanas.

Mientras, en la oficina de al lado, Yáder Hernández, del área de Toxicología, trabaja en informes de su área: hace análisis de muestras de bazo y de páncreas, tomadas del cuerpo de un señor que se suicidó hace dos días.

Así son el resto de oficinas. En muchas de ellos se bromea y se almuerza como en cualquier otra. Johanna Cano es la encargada de limpieza del Instituto de Medicina Legal. Comenta que los primeros días le costó asimilar la muerte de los demás y se sentía “golpeada”.

“Es difícil lidiar con la muerte de los demás. Al principio, incluso, golpea cuando son conocidos de uno, pero después asumís que es parte del trabajo”, comenta.

El capitán Bismarck Rodríguez, del Distrito III, estuvo presente durante la autopsia del cuerpo encontrado en Carretera Sur. Un hombre asesinado con saña y al parecer hasta torturado.

Se trataba de un taxista, que según sus familiares, había vendido la concesión en US$1,000. “Podría ser el robo, el móvil del crimen”, indica el investigador policial.

En el pasillo, Abraham escucha atento que el cuerpo que recogió por la mañana tenía 25 puñaladas y golpes de tortura. Cuando lo recogieron pensaban que solo eran 21 heridas.

“En estos días cualquiera puede morir”, comenta en tono serio. Dice que permanece alerta, porque en cualquier momento pueden llamar anunciando que hay un nuevo cuerpo por recoger.

“Los 15 y 30 de cada mes son los días preferidos de la gente para morir”, afirma con una sonrisa. La única del día.