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Treinta años después que Argentina invadió las islas Malvinas, este territorio, bautizado por su población británica como Falkland Islands, todavía esconde en sus campos 165 mil minas explosivas sembradas por el Ejército argentino en abril de 1982, cuando empezó su enfrentamiento con las tropas de Gran Bretaña.

Entre el aeropuerto de Mount Pleasant y la ciudad de Stanley, un trecho de 64 kilómetros, se observa a los lados de la carretera algunos terrenos delimitados por cercas, con rótulos de advertencia del peligro por las minas que allí han quedado.

“Aún hay 65 campos minados y queremos que a corto plazo la isla esté libre de minas”, explica el legislador local Dick Sawle, quien asegura que, no obstante, desde la guerra de 1982 nadie ha resultado herido por los explosivos dispersos en East Falkland, la mayor de los más de 700 islotes que forman este archipiélago.

Aparte de las huellas de la guerra, para los tres mil habitantes de las Falkland o Malvinas, las últimas tres décadas han sido de cambios económicos trascendentes. Por ejemplo, el ingreso per cápita subió de 1,500 a 45,000 libras, equivalente este a 76,500 dólares; y el turismo ha crecido de forma constante, por lo que entre octubre de 2012 y marzo de 2013 esperan la llegada de 50 mil turistas, la mayoría en cruceros.

Solo hay dos enlaces aéreos regulares para llegar a estas islas rodeadas por los mares del Antártico, en el extremo de América del Sur: una travesía de 18 horas desde Londres, haciendo escala cerca de África; o partir de Santiago, Chile, en un vuelo con una o dos escalas, según la fecha, que tardará casi siete horas.

La ruta desde la capital chilena la recorre una vez por semana un avión de la empresa LAN, que sale los sábados a las 8:15 de la mañana y llega a Stanley a las tres de la tarde, tras una escala en Punta Arenas, región de Magallanes y Antártica Chilena, aunque una vez al mes también aterriza en Río Gallegos, en la Patagonia Argentina.

“Vive la imagen de llegar al fin del mundo”, se lee en el anuncio de una agencia de turismo en la capital de Chile, refiriéndose a la Antártica, donde aún en verano el frío molesta bastante a quienes salen a la intemperie mal abrigados.

Así es el clima que recibe a los viajeros que bajan en Punta Arenas, y quienes van hacia las Falkland igual lo perciben al hacer aquí los trámites de migración para salir de territorio chileno. Ahora el avión, con capacidad para más de 170 pasajeros, alza vuelo casi vacío, con menos del 50 por ciento de las plazas ocupadas.

Pilar Bahamondez, abogada residente en Punta Arenas, recuerda el temor que invadió a los habitantes de esta ciudad del sur de Chile, en 1982, cuando empezó la guerra entre Argentina y Gran Bretaña por la posesión de las islas Malvinas.

“Pensábamos que, después de invadir las islas, los militares argentinos vendrían sobre Punta Arenas, que nos invadirían, porque los argentinos ya habían querido quitarle este territorio a Chile en 1978”, relata Bahamondez.

“Creo que esas islas le corresponden a Inglaterra porque allí viven británicos desde hace mucho tiempo”, comenta al relatar que su esposo mantiene negocios con granjeros y comerciantes de las Falkland, donde cada día aumentan la exportación de cordero y la importación de carne vacuna.

El regreso de los veteranos

Veinte minutos después de dejar Punta Arenas, la nave de LAN aterriza en la ciudad de Río Gallegos, donde suben nueve hombres y uno de ellos, mientras avanza hacia el fondo del avión, dice en voz alta, sin dirigirse a alguien en especial aunque provocando que todos lo escuchen: “Somos argentinos y veteranos de guerra. ¡No se equivoquen!”

Se trata de Omar Acosta, quien más tarde se identifica como peronista y partidario de la Presidenta de Argentina, Cristina Fernández Kirchner. Él encabeza esta vez a un grupo de hombres que en 1982, siendo muy jóvenes, fueron enviados como reclutas del Ejército argentino a recuperar las Malvinas, de donde salieron derrotados por la Armada británica a los dos meses y medio. Esa guerra costó la vida a más de 900 militares de ambos bandos.

Es la primera vez que estos veteranos regresan a Falkland Islands, el nombre oficial de este territorio británico de ultramar, regido por un gobierno local autónomo. Acosta explica que su grupo solo quiere volver a pisar esta tierra, según ellos de Argentina, y rendir honor a soldados argentinos sepultados aquí en un cementerio exclusivo, en la zona de Darwin, a 100 kilómetros de Stanley.

Viajando hacia Darwin, al lado derecho de la vía, junto a Mount Kent, se aprecian restos de un helicóptero de las Fuerzas Armadas argentinas, derribado hace 30 años por la artillería británica.

Cuando el general argentino Leopoldo Galtieri ordenó el desembarco de sus tropas en las Malvinas, el dos de abril de 1982, Omar Acosta era un joven con 18 años de edad y solo 40 días de haber sido reclutado para el servicio militar obligatorio.

“Queríamos volver. No sé si es bueno o malo venir”, comenta Acosta en la entrada del hotel Waterfront, en Stanley, tres décadas después de aquella guerra que lo tomó por sorpresa. "Acá chocás tu deseo con una realidad; y la realidad es cuando bajás acá en el aeropuerto y te encontrás con una base militar, con un montón de cosas distintas a lo que vos creías que era".

El avión de LAN aterriza dentro de la base militar británica, la única pista internacional en Falkland, y antes de llegar, cuando apenas se divisan las islas, las azafatas informan a los pasajeros que es prohibido hacer fotos y filmar durante el descenso y en la terminal de Mount Pleasant.

La guerra comenzó el segundo día de abril y duró 74 días. Murieron 649 militares argentinos y 255 británicos. De la población local, que entonces eran poco más de dos mil personas, murieron tres civiles, recuerdan los reportes oficiales.

En Puerto San Carlos, al oeste de East Falkland, está el cementerio de los militares británicos. Una placa de bronce en la pared y debajo de ella tres boinas de marinos maltratadas por los años, le rinden honor a la Fuerza de Tarea Sur Atlántica. Se halla en la pendiente que bordea una ensenada y desde allí se observa la boya, en la entrada del mar, indicando el sitio donde está hundido el buque inglés Antelope, alcanzado por aviones bombarderos de Argentina.

El cementerio de los soldados argentinos está a unos 50 kilómetros al sur, en la misma isla, frente a la comunidad Goose Green, donde los militares argentinos encerraron a la población civil en una casa comunal en 1982. Antes de llegar a las sepulturas, el visitante ha de ver un letrero con una explicación y una advertencia: “En la Declaración Conjunta Británica Argentina del 14 de julio de 1999, la Comisión Argentina de Familiares de Caídos fue autorizada a reconstruir y mantener este cementerio... No se permite colocar placas o elementos ajenos en el predio de este cementerio”.

En la misma Declaración se estipuló que Argentina colaboraría con el desminado, precisando lugares y tipos de explosivos enterrados, pero el legislador de Stanley, Mike Summers, asegura que desde el año 2005 el Gobierno argentino se niega a cooperar.

Después de visitar ese cementerio y las lomas que rodean Stanley, donde hubo enfrentamientos cruentos, Acosta manifiesta estar ansioso de volver a su país, pero debe esperar tres días más hasta que llegue el avión de LAN. Dice no conocer a nadie en la isla y se queja de la indiferencia de los habitantes, quienes se comunican en inglés y tienen hábitos propios del Reino Unido.

Dick Sawle considera bueno que los veteranos de guerra argentinos visiten las islas, porque volver a los campos donde estuvieron en las batallas les ayuda a superar traumas.

El legislador Sawle solo lamenta que un porcentaje pequeño de esos veteranos “intentan causar problemas aquí y nosotros normalmente hablamos con ellos y les decimos: por favor, hay que respetar a la gente aquí”.

Acosta admite que su grupo de veteranos ha aprovechado la estadía en las Falkland para colocar, a escondidas, pequeñas banderas argentinas, en una suerte de acciones conspirativas que filman para después hacer campañas políticas en su país.

Los ciudadanos argentinos pueden entrar a las Falkland sin necesidad de visa. "Ellos solo tienen que comprar un billete de avión y tener alojamiento aquí, esto es muy importante porque es un pueblecito pequeño", afirma Sawle.

Antes de volver a Buenos Aires, Acosta trata de explicar su experiencia de haber estado una vez más en el sitio en que se jugó la vida hace 30 años:

"La expresión de mi deseo es que estas islas son argentinas, pero acá vos te encontrás con la realidad otra... Y uno viene pensando que estas son argentinas, pero la realidad es distinta. Acá parece como que esto es Inglaterra".

Barry Elsby, miembro de la Asamblea Legislativa de Falkland Islands, rechaza el argumento argentino de que este archipiélago es una colonia del Reino Unido. “Las ganancias económicas de las islas se quedan en las islas. Toda su propiedad se queda aquí porque somos un territorio independiente de ultramar; no somos colonia”, afirma.

La meta más difícil para el Gobierno local, a corto plazo, es declarar este territorio libre de minas en el año 2015, en lo que ya trabaja una empresa británica. “Han limpiado muchas áreas, aunque, además de minas, pueden haber hasta bombas y otras municiones sin detonar”, dice el diputado Sawle.

La historia

En estas islas nunca hubo habitantes nativos, indican diferentes estudios. Algunas familias locales, que ya llevan hasta seis generaciones, descienden de náufragos daneses, noruegos o suecos, o de colonizadores de Francia, Finlandia o Gibraltar, pero la mayoría son de origen inglés.

Las Falkland fueron reivindicadas formalmente por Gran Bretaña en 1765. Argentina, que solo las llama islas Malvinas, las reclama con el argumento de que las heredó de España porque eran parte del Virreinato español del Río de la Plata.

Los historiadores Graham Pascoe y Peter Pepper afirman, en una investigación extensa, que Argentina aceptó que las Falkland eran inglesas en la “Convención de perfecta amistad” de 1850.

La moneda

La libra de Falkland Islands es la moneda local de estas islas, conocidas en América Latina como islas Malvinas. Tiene un valor igual al de la británica libra esterlina y por ella los turistas pagan este mes 1.70 dólares. "Adquirir la libra en el único banco que hay en la ciudad de Stanley, el Standard Chartered Bank, resulta un poco más barato porque la vende a US$1.64, aunque cobra una libra por comisión en cada transacción. "En tiendas, restaurantes y tabernas los turistas pagan a veces tasas más altas, porque les cobran 1.75, 1.80 y hasta 2 dólares por cada libra de Falkland Islands.

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