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Es jueves y Leif Pollar está muy animada, porque en la madrugada del sábado llegará el primer crucero de la temporada. Tiene una tienda de regalos en Ross Road, Stanley, y sabe por experiencia que durante la mañana de ese día, cientos de turistas recorrerán las calles y comprarán souvenirs.

Hace cuatro años fue necesario ampliar el edificio del supermercado West Store, para ofrecer más mercancías porque los viajeros de los cruceros dejaban vacíos los estantes en un día y luego la población de Stanley tenía problemas para abastecerse.

En esta temporada de turismo, de octubre a marzo próximo, las islas Malvinas o Falkland podrían recibir hasta 2 millones 250 mil libras (US$3,825,000) solo por el arribo de cruceros que entran al amanecer y zarpan en la noche, estimando que cada turista gasta un promedio de 45 libras (US$76.50) por día, explica Samantha Marsh, de la empresa Sulivan, dedicada a ofrecer servicios a los barcos.

Katy Acevedo, originaria de Chile, ha vivido 10 años en estas islas. Trabaja como mesera y gana el equivalente a dos mil dólares por mes, devengando el salario más bajo del área de restaurantes y hotelería, seis libras por hora, un poco más de 10 dólares.

Entre los inmigrantes chilenos, que según el censo realizado este año son más de 190 (6.4%) en las Falkland, es común escuchar la opinión de que trabajar aquí es favorable, porque el empleo es estable, se vive con seguridad, y la salud y la educación son gratuitas.

“Aquí no hay discriminación, independiente de quién seas y del trabajo que hagas, todos nos tratamos por igual”, afirma Katy. “Mis dos hijos van a la misma escuela que los demás niños, sin ninguna diferencia. No es como en Chile, donde quien tiene más dinero mira mal a quien tiene menos”.

La directora de la única escuela de primaria en Stanley, Karen Steen, indica que la educación para todos los niños es obligatoria; y esa inversión la cubre el Gobierno de las Falkland, hasta los 16 años de edad. Luego, los mejores alumnos reciben becas totales para estudiar en el Reino Unido.

Lo que suelen lamentar los inmigrantes es el alto costo de la vida en estas islas. El alquiler de una casa sencilla equivale a 700 dólares por mes y en el mismo lapso una familia pequeña, de cuatro personas, puede gastar hasta 2,000 dólares en alimentos. Comer en un restaurante significa al menos 30 libras (US$51.00) por persona. Quizás lo más barato sea una carrera de taxi dentro del área de Stanley, con unas 1,600 casas, que vale tres libras, arriba de cinco dólares.

Katy y su marido, también chileno, reúnen más de 2,500 libras por mes (US$4,250). Él trabaja en una taberna y con frecuencia hace labores adicionales de estiba en el puerto, cuando arriban barcos pesqueros.

Algunas labores técnicas son bien pagadas. Los plomeros, por ejemplo, pueden ganar entre 30 y 40 libras por hora.

Entre octubre del 2011 y marzo del 2012 llegaron 40 mil personas en cruceros, y en la temporada que recién inicia esperan 10 mil más. Hasta el año pasado el aporte total del turismo a la economía de las islas ha sido de seis millones de libras por año (US$10.2 millones).

Las Falkland requerirán más fuerza laboral, no solo para producir petróleo a partir del 2017, sino en la actividad turística. “Ya es una dificultad conseguir personal para los servicios turísticos; hay gente que hace trabajo adicional en hoteles y restaurantes”, comenta Austin Tony Mason, director de Turismo.

El Gobierno local ha empezado a buscar inversiones extranjeras en turismo, porque quiere retener a los viajeros de cruceros por más de un día. También gestiona un nuevo vuelo comercial Londres-Mount Pleasant, con escala en Miami.

Por cada noche que se quede un turista, su gasto se puede hasta quintuplicar, ya que solo el hospedaje en un hotel sencillo cuesta más de 150 libras por persona.

Cultivando contra el viento

Fuera de Stanley se aprecian extensiones de tierra con relieves y sin árboles, cruzadas por ríos transparentes de distintas anchuras, donde los nativos y los turistas pescan trucha y mullet, este último un pescado muy común en la cocina local.

El agua potable que se consume en Stanley la obtienen de ríos y caños que nacen en los montes aledaños, donde la cima más alta mide 705 metros sobre el nivel del mar.

Predominan los páramos, porque los árboles tienen dificultad para crecer por el viento --con velocidades entre 70 y 100 kilómetros por hora-- y la poca fertilidad de la tierra. “El suelo es ácido, tiene pocos nutrientes y hay muchas rocas”, explica el científico Paul Brickle, director del Instituto de Investigaciones en Medio Ambiente, con sede en Stanley.

Sin embargo, Tim Miller, dueño de la empresa Stanley Growers, se ha empeñado en cultivar hortalizas en un área de 10 hectáreas, en las afueras de la ciudad. “El mayor problema es el viento que saca el agua de la tierra y de las plantas”, admite.

Miller es también importador de frutas y verduras, las que llegan por avión desde Chile y por barco desde Uruguay, lo que encarece estos productos “porque ahora los fletes son muy caros”. Su reto es producir cada vez más hortalizas en Falkland.

Los productos vegetales frescos y la carne de pollo están entre las principales importaciones, traídas del Reino Unido, Chile y Uruguay. Las compras de hortalizas en Chile significaron en el último año más de 2.5 millones de libras. Las importaciones del Reino Unido equivalieron a 24 millones de libras.

Brickle señala, como dato curioso, que las tierras donde permanecen los pingüinos en una época del año son las mejores para que crezca el pasto, porque los desechos de estas aves las abonan. Las playas con pingüinos y la isla Kidney, donde además se concentran lobos de mar y merodean los delfines, son sitios que atraen a los turistas.

La pesca

Los bancos de pesca en las aguas de Falkland son ricos en calamar y eso ha permitido al Gobierno local percibir por año más de 20 millones de libras (US$34 millones), por licencias extendidas a más de 140 naves pesqueras, la mayoría procedentes de Taiwán (60%) y Corea (28%). Las flotas más pequeñas son las de España y de las propias islas.

Un problema ha sido la presión de guardacostas argentinos contra embarcaciones acreditadas en Falkland Islands. “Hay un acoso verbal contra algunos que están legítimamente pescando en nuestra aguas”, afirma el director de Recursos Naturales, John Barton.

En la primera semana de septiembre pasado, la agencia de noticias EFE, de España, informó que “una corbeta de la Armada argentina ordenó a dos pesqueros con bandera española que faenaban en la zona cercana a las Islas Malvinas, que abandonaran el espacio marítimo, considerado por el Gobierno argentino como zona económica exclusiva marítima argentina”.

La pesca ha significado para Falkland Islands cerca del 60 por ciento de sus ingresos. Más abajo están sus exportaciones de carne de cordero a Europa y al Lejano Oriente.

Antonio Cordeiro, un marino de Galicia, España, que trabaja en Stanley desde hace dos décadas, administrando una flota de pesca, dice que la industria pesquera española exigió a su Gobierno que proteste ante Argentina por el acoso a los barcos que operan en las Falkland.

“Argentina lo que quiere es salir en la prensa”, opina Cordeiro sobre las amenazas a los barcos, y concluye: “Las empresas pesqueras españolas han apoyado a las Malvinas desde el año 1986, han invertido aquí”.

Pura lana

Las islas Falkland (Malvinas en español) tienen un área total de 12,713 kilómetros cuadrados y están a 450 kilómetros de la costa de Argentina.

Según el Departamento de Agricultura de las Falkland, en las islas existen 84 fincas privadas, con una extensión promedio de 13,400 hectáreas, donde se crían ovejas y en menor cantidad ganado vacuno. La lana es uno de sus productos de exportación.