•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Walter Román, de 29 años, y Erick González, de 32, tienen deficiencia intelectual. Hasta hace unos años Walter ni siquiera tenía dónde vivir, porque los familiares con los que contaba no lo apoyaban, mientras que Erick estaba muy deprimido porque no podía ayudar a su mamá con los gastos del hogar.

Tras la muerte de su abuela, Román tuvo que salir de su casa porque su abuelo ya no quiso hacerse cargo de él. González, por su parte, pasaba horas buscando posibles empleos en las páginas de clasificados de los diarios.

Pero hoy son dos de los 30 jóvenes discapacitados que, solo en Managua, han sido empleados por empresas privadas. Román trabaja en el área de servicios de la sucursal de Casa Pellas en Plaza España, y González en el área de cocina de Pizza Hut en Metrocentro; ambos gozan de todos los derechos de cualquier empleado.

En 2007, la Procuraduría para los Derechos de las Personas Discapacitadas calculó que solo el 0.03% estaban empleadas y en puestos de poca relevancia. Esa es una realidad que la asociación Los Pipitos ha querido cambiar en los últimos tres años a través de su Unidad de Terapia Ocupacional, UTO, y para ello, desde abril de 2011, cuenta con el respaldo de la Ley de los Derechos de las Personas con Discapacidad.

Los testimonios

Walter Román viste una camisa celeste y un pantalón azul, y se pasa el día entre archivadores, escritorios y computadoras, mientras que Erick González usa una camisa roja y un pantalón negro, y se mueve entre sacos de masa, hornos y lavaplatos.

En la sucursal de Casa Pellas, Román limpia los vidrios en el área de administración, y cuando no está la encargada de limpiar el piso, él asume ese trabajo. De vez en cuando, dice, usa las computadoras y navega en internet, pues cuando estaba en tercer año de secundaria tomó un curso de computación. De hecho, afirma que estará pendiente de la publicación de este trabajo para leerlo en línea.

A Walter Román lo crió su abuela materna, Vilma Lezama Torres, a quien llamaba “mamita”. Recuerda que ingresó a Los Pipitos desde muy pequeño, y cuando quisieron matricularlo en primer grado, no lo aceptaron porque no podía hablar. Fue hasta los 11 años que logró hablar e ingresó a una “escuelita pagada”. Se bachilleró en 2004 en el Instituto “Modesto Armijo”.

"Decían que hablaba como un niño"

“En 1999 entré a Secundaria (en el turno vespertino), pero me salí porque los chavalos se burlaban de mí, me decían que hablaba como niño. Regresé en 2000, pero en el turno de la noche”, cuenta.

Román alternaba sus estudios con sus terapias en Los Pipitos, pero las tuvo que abandonar para cuidar a su abuela, ya que era diabética, padecía del corazón y casi no podía caminar.

“Cuando mi mamita murió, me quedé con mi abuelo, pero se metió con una mujer muy joven a la que le daba todo, y me corrió; me fui donde una tía, pero ahí se me perdían las cosas, lo poco que me mandaba una tía que está en Estados Unidos, entonces me fui donde un primo, pero andaba en malos pasos”, asegura Román, quien ahora vive solo en un cuarto que alquila en la zona del mercado Mayoreo.

Ante esa situación, decidió regresar a Los Pipitos, y al poco tiempo lo ubicaron en el trabajo que desempeña actualmente, de lunes a viernes, de 7:30 am a 5:00 pm, y los sábados hasta mediodía. Dice que el próximo año quiere entrar a la universidad para estudiar Contabilidad los domingos.

Erick González, por su parte, vive con su mamá, Luz Marina Saballos, y con un hermano mayor. Entró a Los Pipitos hasta junio de 2008, y solo cinco meses después la sicóloga del centro lo estaba entrevistando de cara a buscarle un empleo. Y es que, como señala su mamá, “cuando Erick entiende algo, eso se le hace pan comido”.

González es bueno con las fechas. Recuerda que un viernes 13 de febrero de 2009 lo llamó la sicóloga para pedirle que llegara a las oficinas centrales de Los Pipitos, y le dijo que iba a entrar a trabajar cuatro días después, el 17 de febrero.

En Pizza Hut inició como asistente de Gerencia, pero luego pasó a cocina y producción, lo cual implica limpiar el local y añadir los ingredientes de las pizzas. Pese a que su turno empieza a las 11:00 am, sus compañeros dicen que siempre llega una hora antes.

Un empleado muy responsable

La supervisora de esa sucursal de Pizza Hut, Liseth Salgado, asegura que González es un empleado muy responsable, alegre, y que siempre está dispuesto a colaborar. Esas cualidades fueron las que hicieron que Erick, aquel joven que había estado muy deprimido por no poder proveer en su casa, fuera nombrado el mejor empleado de 2010.

Fue en la mañana de un lunes 20 de enero de 2011. Todos los empleados estaban invitados a un desayuno en Pizza Hut, ubicada al costado norte de la Rotonda “Rubén Darío”. González cuenta que notó que sobre una mesa había varios diplomas y regalos, pero que nunca imaginó de qué se trataba.

Hasta que dijeron su nombre al anunciar al mejor empleado del año, y no lo podía creer. “El más sorprendido fui yo, porque nunca lo imaginé”, dice ahora, minutos antes de empezar su turno, y con una emoción tal como si estuviera viviendo de nuevo ese momento.

La visión de Los Pipitos

La visión de Los Pipitos siempre ha sido la integración de las personas con discapacidades mediante la rehabilitación, por lo que aquellos padres que en 1987 fundaron esta organización, hoy esperan que sus hijos, más otros miles de niños y de niñas que se han unido con el paso de los años y hoy son adultos, puedan insertarse en la vida laboral.

La presidente de la Junta Directiva de Los Pipitos, Nidia Torres, indicó que en ese esfuerzo los padres son un elemento muy importante, ya que el primer paso es hacerles entender a los familiares que las personas con discapacidad tienen un alto potencial para desarrollar actividades de forma independiente, constante y eficiente.

Sin embargo, Torres señaló que el principal reto es sensibilizar a las empresas, ya que estas siempre están pensando en la productividad de sus empleados. “No podemos decirle a un empresario ‘aquí está un chavalo con discapacidad, pero no sabe hacer nada’”, reconoció.

Además, dijo Torres, “es más válido que alguien te agarre como empleado a un discapacitado porque ya está sensibilizado y porque ya vio que le da resultados y es bueno en lo que hace”.

La Ley de los Derechos de las Personas con Discapacidad, Ley 763, aprobada por la Asamblea Nacional en abril de 2011, contempla que “el Estado, a través del Ministerio del Trabajo, está obligado a garantizar que las personas con discapacidad puedan trabajar en igualdad de condiciones que las demás personas, y que gocen de sus derechos laborales”.

Además, que “el Ministerio del Trabajo velará porque todas las instituciones y empresas nacionales, municipales, estatales y privadas que tengan 50 o más trabajadores, incluyan al menos el 2% de personas con discapacidad en sus respectivas nóminas”.

“En el caso de empresas con una nómina mayor de 10 trabajadores y menor de 50, se debe emplear al menos una persona con discapacidad”, especifica.

La UTO

La Unidad de Terapia Ocupacional de Los Pipitos, UTO, brinda atención especializada para desarrollar en los jóvenes con discapacidad las habilidades para una vida independiente.

El lugar donde está la UTO es igual a un departamento (sala, cocina, dormitorio y baño), donde los que asisten deben dejar todo como lo encontraron, y se les ayuda en lo menos posible.

La encargada de esta unidad, la sicóloga Rosa del Carmen Pérez, explicó que existen ocho tipos de terapia, y que a medida que los jóvenes las van recibiendo, se van identificando sus habilidades, y, por tanto, los trabajos que pueden desempeñar.

La última terapia es la prelaboral. “En la terapia prelaboral ya estamos buscando opciones (de trabajo) para ellos, y entonces las terapias van dirigidas a eso. Nosotros lo que tratamos de hacer es valorar la capacidad del joven, el potencial, las habilidades que ha desarrollado, con base en las posibles actividades del puesto que va a ocupar”, puntualizó.

Empleo, poco a poco

A nivel nacional, son 74 los jóvenes con discapacidades empleados por 11 empresas privadas. La zona franca Gildan, con plantas en Rivas y en San Marcos, es la que emplea a la mayoría, pues actualmente tiene a 24 jóvenes integrados, y el jueves pasado firmó un convenio con Los Pipitos, en el que se compromete a integrar a 80 más.

La responsable de Comunicación y Responsabilidad Social Empresarial de Gildan, Estela López, señaló que la inclusión de esos jóvenes a las labores de esta empresa obedece a sus políticas de no discriminación y de educación, capacitación y formación a la comunidad.

Según López, de los 24 jóvenes empleados, siete están en el proceso de entrenamiento, y 17 están en el área de producción; de estos últimos, 14 padecen deficiencia auditiva total o parcial y el resto deficiencia intelectual.

López explicó que en la empresa ha habido todo un proceso de adaptación, pues aparte de sensibilizar y de capacitar al personal en lenguaje de señas, también cambiaron el sistema de alarmas, al incluir alarmas visuales y estructurar un nuevo esquema de evacuación ante desastres.

Afirmó que la presencia de jóvenes con discapacidad ha influido en mejorar el clima laboral, ya que los demás empleados se esfuerzan más al ver que estas personas cumplen sus temas al 100%.

“La gente está apoyando, los ayudan a superar las metas, les explican algunos procedimientos, y les indican las horas de almuerzos y de recesos”, comentó la responsable de Comunicación y Responsabilidad Social Empresarial de Gildan.

Estimaciones de la Organización Mundial de la Salud indican que entre un 10 y un 13% de la población mundial padece algún tipo de discapacidad.

En el caso de Nicaragua, la última Encuesta Nicaragüense de Discapacidad, Endis 2003, mostró que 461,000 personas mayores de seis años presentan algún tipo de discapacidad, lo cual equivale a un 10.3% de la población, donde el 11.3% son mujeres y el 9.1% son hombres.

Además, en mayo de 2011, la Federación de Asociaciones de Personas con Discapacidad, Feconori, presentó un estudio que indica que el 98% de las personas con discapacidad sufre de algún tipo de violencia física, verbal, económica y hasta sexual, sin recibir justicia.