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Dos siglos y medio se cumplen este año de la hazaña de Rafaela Herrera, una súbdita española de la provincia de Nicaragua, contra la invasión inglesa de 1762. Hazaña que se ha intentado reducir a una “divertida historia” y a un “cuento para infantes”. Pero fue real.

Padre y Abuelo: fogueados militares españoles

El padre de Rafaela era un militar español de larga trayectoria. Joseph de Herrera y Sotomayor se llamaba y había servido a Su Majestad durante veintiocho años como alférez, teniente y capitán del batallón de la Plaza de Cartagena, destacándose como artillero en acciones contra los ingleses en 1740 y 1741; y en 1753 había sido nombrado Comandante del Castillo del río San Juan. Para entonces su hija tenía diez años, y nueve permaneció junto a él en dicha fortaleza, de manera que este tuvo tiempo para instruirla en el manejo del cañón, “y con alguna propiedad y acierto lo montaba, cargaba, apuntaba y disparaba”, según consta en uno de los memoriales de la defensa del Castillo, el 29 de julio de 1762.

En efecto, la documentación conservada de este episodio colonial de la historia de Nicaragua comprueba su autenticidad, excepto ciertos detalles legendarios agregados por los historiadores, especialmente por José Dolores Gámez, como se verá. De momento, vale la pena consignar que puede consultarse en el número 22 (julio, 1962) de Revista Conservadora, bajo el título “Gesta y vida heroicas de la defensa del Castillo del río San Juan de Nicaragua / Transcripción y notas de Carlos Molina Argüello”. De más está decir que los originales de dichos documentos se localizan en el Archivo General de Indias, de Sevilla.

De acuerdo con ellos, sintetizaré la hazaña de Rafaela, cuyo abuelo había sido también otro fogueado militar español (e incluso ingeniero): el brigadier Juan de Herrera. Durante 63 años, 5 meses y 39 días estuvo de servicio entre La Habana, Panamá, Cartagena, Montevideo y Buenos Aires, además de combatir a los piratas frente a las costas de Chile. Todo ello en el marco de la lucha entre las potencias colonialistas de Europa.

La política expansiva de Inglaterra en las indias

Pues bien, Granada de Nicaragua y el lago del mismo nombre constituían para la política expansiva de Inglaterra en las Indias, una posición estratégica. De ahí que en 1744 un intento por apoderarse de Granada desde Jamaica haya sido neutralizado por el Capitán General del Reino de Guatemala, quien ordenó al maestre de campo José Antonio Lacayo de Briones, auxiliase al Castillo, reforzándolo con dos compañías de 50 hombres, abasteciéndolo de suficientes víveres y proveyéndole de más municiones y pertrechos.

Ello explica también que en 1761 —un año antes de la acción heroica de Rafaela— el Castillo estuviese dotado de 123 plazas remuneradas anualmente con 15,919 pesos. Entre ellas figuraban diez artilleros, cuatro cabos de escuadra, veinte mosqueteros, sesenta y cuatro arcabuceros, un piloto del barco de Su Majestad y sus ocho remeros, ocho cocineras mulatas, además de un sargento, un condestable de artillería, un alférez, un teniente, un cirujano, un padre capellán y el “alcaide castellano”, es decir, el comandante. Tal era la población de la casi centenaria fortaleza cuando el gobernador de Nicaragua, Melchor de Lorca y Villena —enterado de un nuevo ataque formal inglés en compañía de zambos, mosquitos y caribes— la visitó. De regreso en Granada, y ya acontecida la defensa, fue instruido de la misma y pudo relatarla en un memorial al Capitán General del Reino de Guatemala, Alonso Fernández de Heredia. Estos fueron los hechos:

Su certero cañonazo del 29 de julio de 1762

El 15 de julio de 1762 falleció de una “flusión en la garganta” el comandante Herrera y Sotomayor, sustituyéndolo en el mando el teniente Juan de Aguilar y Santa Cruz, nombrado en dicho cargo el mes anterior por Lorca y Villena. Catorce días después, el 29 de julio —tras oírse a las 4 de la mañana “un tiro de pedrero, río abajo”, se presentó el enemigo. A las once del día aparecieron siete grandes piraguas que, disparando nueve tiros de pedreros a bala y metralla, desembarcaron algunas tropas en la orilla sur del río. Pero a las tres de la tarde, reconocido el enemigo “en toda la campaña, río arriba y abaxo”, la hija del difunto comandante, con el permiso del nuevo, disparó un certero cañonazo, dispersando al enemigo.

El 30 los invasores, no sin retirarse alguna distancia por nuevos cañonazos del Castillo, pidieron parlamentar, y el 31 se rompieron los fuegos. El 1 de agosto —continúa su relación Lorca y Villena— “se siguió en el fuego con el mismo ardor que en el antecedente y por la noche no dexó de ser bastante vivo de una y otra parte”. El 2 cesó la artillería de ambas partes, y el 3 los ingleses y aliados abandonaron sus posiciones, retirándose. Un caribe capturado certificó los daños causados por el cañonazo de la niña Rafaela: dijo que hizo “un destrozo grande” y que, entre los muertos, “uno había sido un inglés de los principales, a quien le dio una bala en los pechos”. El mismo Lorca y Villena aseguró que la aguerrida joven disparó “el cañón con tanto acierto que de los muchos enemigos que estaban juntos, se vieron salir corriendo pocos”.

La súplica al Rey de una pensión vitalicia y su respuesta

Dieciocho años después del acontecimiento, y ya viuda de Pablo de Mora y con seis hijos —dos de ellos baldados—, Rafaela dirigió desde Granada al Capitán General del Reino, Matías de Gálvez, un memorial de su valiente y meritorio servicio, con el fin de solicitar una pensión vitalicia, pues se hallaba “en extrema necesidad y pobreza”. Además, puntualizaba que “este hecho glorioso es tan público y notorio, que no hay en esta provincia (Nicaragua) personas de toda clase que lo ignoren”. Su memorial lo firmó el 16 de marzo de 1780 y tuvo eco.

Mejor dicho: respuesta efectiva en el real decreto del 22 de octubre de 1781 que, de puño y letra del Secretario de Indias, don José Gálvez, dice: “El Rey concede a esta viuda en premio de su distinguido valor, honor y fidelidad, y en atención también a los señalados servicios de su padre y abuelo, el medio sueldo del Gobierno del Castillo de la Purísima Concepción del río San Juan de Nicaragua, que defendió con heroicidad y singular acierto”. De carácter vitalicio, esa pensión era de 675 pesos anuales, cantidad que Rafaela —ya de 38 años— recibió en 1781; pero el año siguiente le descontaron 39 pesos “a beneficios de inválidos y Monte Pío”.

El reconocimiento de "tan bizarra como acertada defensa" del Castillo

Del 28 de octubre y del 11 de noviembre de 1781 datan, respectivamente, la carta que el mismo Gálvez, en nombre de Su Majestad, dirigiera a Rafaela sobre el mismo asunto —“tan bizarra como acertada defensa” del Castillo— y la real cédula que le confirmaba su pensión vitalicia. También el 28 de octubre se había expedido otra real orden de la cual se le concedían “tierras realengas” (propiedad de la Corona) a la reconocida heroína. Textualmente el Secretario de Indias comunicaba al Capitán General de Guatemala, don Matías de Gálvez:

“No satisfecho Su Majestad con la remuneración antecedente, y deseando quede a la posteridad de la Doña Rafaela Herrera recuerdo de una acción que tiene pocos ejemplares, me manda asimismo prevenir a vuestra señoría le haga merced en su Real nombre e uno o dos sitios de tierras realengas donde las haya más cercanas a la ciudad de Granada, en que reside la agraciada, posesionándola en ellos para que las goce por juro de heredad a sus hijos y descendientes en memoria de la gloriosa acción que hizo en defensa del citado castillo”.

En efecto, la viuda de Pablo Mora recibió un sitio que luego correspondería a la hacienda La Calera, entre Nandaime y Santa Teresa, departamento de Carazo.

Los anteriores documentos fidedignos no pueden ser despreciados ni ignorados por quienes se obstinan en negar la dimensión histórica de Rafaela Herrera, considerada por Alejandro Bolaños Geyer lo que es y ha sido: la insigne heroína nicaragüense del período colonial. Por lo demás, es cierto que en su petición al Rey —a través del Capitán General de Guatemala— la misma Rafaela se olvidó —o quiso omitirlo, para acrecentar su mérito— del teniente Aguilar, autoridad máxima del Castillo el 29 de julio de 1762; y que el historiador Gámez inventó “el fuego griego” de las sábanas impregnadas de alcohol navegando río abajo. Pero ese justificable olvido y esa fantasía a posteriori no vulneran su acción ni impiden que la mayoría de los nicaragüenses le hayan hecho justicia apropiándose de ella en su memoria colectiva.

Alzada "a la prominencia de la gloria"

Más aún: oficialmente se divulgaría la real cédula en el número 23 de La Gaceta del Gobierno de 1848, y en el 5 y 6 de La Gaceta de Nicaragua de 1859 con otros detalles de este memorable suceso. Lo mismo hizo el historiador Carlos Molina Argüello, como se dijo, al cumplirse su bicentenario en 1962. “La doncella aguerrida, esposa y madre, viuda ejemplar que fue doña Rafaela Herrera —escribió en la presentación de su serie documental—, por toda su fidelidad, ha llenado y con justeza, a lo largo de dos siglos y en el incierto bregar de nuestro pueblo, la necesidad de este por alzarla a la prominencia de la gloria. Con hoja sin mácula en el servicio de la viuda y de nuestras armas, ninguno como ella para merecerla. Los nicaragüenses han hecho justicia”.

Y agrega: “La imagen de una criatura virginal recién herida de orfandad, en el paisaje húmedo de nuestro río vital, entre soldados y máquinas de artillería, en postura bizarra, con serenidad y pericia singulares cortando paso al enemigo, basta para un friso en la memoria de un pueblo. El acierto de su disparo contra el invasor: el premio de la historia para su alma”.

Su enaltecimiento literario

De ahí que su gesta haya sido asumida como parte de la herencia identitaria de Nicaragua e inspirado a no pocos artistas y literatos. Entre los últimos figuran Enrique Fernández Morales, autor de la obra teatral “La niña del río” (1960); Pablo Antonio Cuadra, quien la transfiguró como heroína “nacional” en su poema “Mayo / Oratorio de los cuatro héroes”; y Carlos Mejía Godoy, cuyo romance “Rafaela Herrera” integra su “Mural sonoro de los héroes de la Patria”.