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De jovencito Ramiro Voguel Lacayo, se enamoró del Álgebra de Baldor. Hoy tiene 67 años y continúa apegado a los números, a las proyecciones, a las finanzas. También a Dios y al proyecto educativo que emprendió cuando regresó a Nicaragua tras una década en el exilio.

“Yo era un maestro en álgebra”, dice, y luego detalla que entre sus aficiones estaba desmenuzar ese mamotreto que suele convertirse en un dolor de cabeza para los jóvenes durante la secundaria.

Hijo de un inmigrante alemán que se asentó en Bluefields a inicios del siglo pasado, este señor con rostro de abuelito cariñoso y actitud afable, dirige el primer colegio que ofreció educación bilingüe y católica en el país en la década de los años 90: el Lincoln International Academy.

“Nací en Bluefields, mi cédula empieza con 601, mi infancia fue excelente, en ese entonces Bluefields era un emporio de las bananeras y mi papá era gerente de las bananeras. De nueve meses me trajeron a Managua”, recuerda.

Egresado del Tecnológico de Monterrey, formó parte de un conglomerado empresarial de éxito durante la década de los setenta. “Manejaba la almacenadora de depósitos más grande de Nicaragua, Almacentro, formaba parte del grupo de dirección del grupo financiero Nanic, el más importante de Nicaragua”.

Pero en 1979, a raíz de la revolución sandinista, “la banca fue nacionalizada y perdí mi trabajo y mis ahorros acumulados, pues tenía inversiones en ese grupo financiero. Me fui a Estados Unidos. Pasé allí un año y trabajé como asesor de bancos europeos, los asesoraba sobre deudas de países latinoamericanos. Después me fui cinco años a Costa Rica y otros cinco a Honduras. Siempre estuve envuelto en operaciones financieras. En Honduras estuve en una industria de galletas, administrándola y como socio”.

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Ramiro Voguel Lacayo es aficionado a la pesca deportiva. Una sonrisa viene a su rostro. Conoce de pe a pa el Lago Cocibolca. Horas y horas ha estado allí, esperando que un pez muerda su anzuelo, preparando ceviche y cocinando filetes de pescado.

“Desde muy pequeño he sido pescador de mar y de ríos. Me encantaba pescar el sábalo real, el guapote; conozco bien el lago, he hecho travesías enormes pero eso hasta hace cinco años, cuando la columna me impidió de continuar”.

De sus largas horas en el mar, junto a pocos amigos y a sus hijos, recuerda cuando pasó cinco horas peleando con un marlín negro. Estaba a 60 millas de la costa de San Juan del Sur.

“Cuando iba a pescar lo hacía de 5:30 am a las 6:00 pm, aunque no pescara, estaba en el agua hasta esa hora. Pasás todo ese tiempo con la caña a un lado, esperando, observando, pescando. Esos ratos importantes con la naturaleza los ocupo para hacer mis oraciones, y no es que les esté pidiendo a Dios pescar más”, cuenta entre risas.

Según Voguel Lacayo, los peces son animales guerreros y por eso tras pescarlos los dejan ir. “Esos animales son tan nobles y guerreros que los dejamos ir. Se deben reproducir y que se mantengan. El arte de la pesca es liberarlos, dejarlos ir”.

Su columna, que hoy lo obliga a vestir con un par de tirantes que resaltan su apariencia de abuelo consentidor, lo ha alejado de las lanchas. Un mal tiempo puede hacerlo añicos. Así es que hoy dedica su tiempo de ocio a sus oraciones, a acudir a misas y a divertirse junto a su esposa y nietos.

Se detiene un momento para hablar de su esposa y lanza un consejo: “Tenemos 49 años juntos y hemos llegado hasta ahí con mucha tolerancia, con paciencia, con mucho ceder, porque cuando uno cede la otra persona está dispuesta a ceder. La tolerancia es fundamental, darle más peso a las cosas buenas que a las malas”.

Los años de matrimonio no han sido fáciles. Eso deja ver cuando recuerda que su esposa tuvo dos partos de gemelos. “Fue una época muy interesante, el problema es que se enferma uno y se enferma el otro. Fue un rollo irnos adaptando a criar a niños gemelos, porque son niños que se ven en un espejo todo el tiempo. Hasta que con el tiempo empiezan a diferenciarse”.

Cuenta que cuando nacieron los primeros gemelos, desconocían que eran dos bebés, porque no era usual que las embarazadas se hicieran radiografías. “El segundo parto de gemelos idénticos no estábamos preparados”.

“En el Hospital Bautista de aquel entonces, se encendía una luz blanca si era varón y una roja si era mujer, entonces al encenderse la luz blanca, decimos: ¡fue un varón!, pero vemos que sale corriendo una enfermera y nos dice: ‘voy a traer una cunita porque son dos’. Tremendo susto nos llevamos cuando se apaga la luz blanca y se enciende… ¡otra vez la luz blanca! Lo curioso de este grupo familiar era que la gente veía a los cinco y decía: ‘¡qué lindo los gemelitos, que linda las gemelitas!’ Yo les decía: y este es mi hijo mayor. Cuando nos fuimos al exilio, las gemelas tenían un año”.

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No se imaginó educador, pero regresó al país con esa idea. Dice que fue una encomienda de “El Señor”.

En agosto de 1991, junto a su esposa, fundó el Colegio Lincoln. Lo primero que hizo la pareja fue contratar personal calificado. “Nosotros no somos educadores, pero sí conocedores de cómo hacerlo bien, con el espíritu de calidad que nos ha caracterizado como familia; empezamos a contratar equipos de trabajo capaces”.

“Pensábamos que iba a ser algo grande e importante, sobre todo, importante, porque el Señor quería que así fuera. Empezamos por la carretera a León, porque creímos que Managua iba para ese lado, pero como no fue así, entonces empezamos a buscar con bastante anticipación y tiempo un lugar más apropiado. Nos tomó muchos años encontrar esta tierra, porque había que hacer investigaciones registrales”.

Según Voguel Lacayo, el colegio no es una actividad apropiada para ser vista como negocio. Su familia también es dueña de la distribuidora de productos Coservisa, fundada en 1991, “porque había que fundar algo para tener de dónde comer”.

“En un colegio usted invierte constantemente en calidad, de manera que siempre la calidad, como quiere excelencia, es un continuo invertir. No son negocios productivos. En esta institución hay millones de millones invertidos, pero es un capital que está atado al uso de nuestros alumnos. Yo le llamo capital atado al servicio de los demás”, explica.

Hoy, ese sueño académico, que abarca desde preescolar hasta doceavo grado, se ha extendido a lo largo de 21 años, bajo la convicción de que la excelencia académica y la formación católica están relacionadas intrínsecamente.

"La tolerancia es fundamental para el matrimonio, darle más peso a las cosas buenas que a las malas”

Ramiro Voguel Lacayo
Dueño del Colegio Lincoln