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Con el Pacto del Zanjón, firmado el 10 de febrero de 1878, se dio fin a la llamada “Guerra de Diez años” (1868-78), o primera lucha por la independencia de Cuba, encabezada por Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874). Pero las ansias libertarias del alma cubana no concluyeron. Los hombres de la guerra se marcharon a varios países. “En Estados Unidos hicieron hogar muchos. A París fueron los ricos; por toda América (Latina) se extendieron los cubanos revolucionarios” —señaló Rubén Darío, quien tuvo la suerte de conocerlos.

Palma: trovador de la Edad Media vestido de levita

José Joaquín Palma (San Salvador de Bayamo, 11 de septiembre, 1844-ciudad de Guatemala, 2 de agosto, 1911) fue uno de ellos. Poeta de fibra romántica, incorporado a la Revolución Cespedista desde sus inicios, residió alternativamente en Guatemala y Honduras, después de perder en Kingston, Jamaica, a su esposa Leonela del Castillo. En el primer país contribuyó a despertar el entusiasmo por el cultivo de la literatura; en carta de 1878, datada en la ciudad de Guatemala, Martí le expresó que Cuba era un nido de águilas, y como no había allí aire para las águilas —sólo cuervos viviendo en torno de los cadalsos—, ambos, hambrientos de cultura, tuvieron que emigrar como pobres peregrinos.

Palma fue autor de la letra del Himno Nacional de Guatemala, premiada en Concurso Oficial el 28 de octubre de 1896. Para entonces se había desempeñado como Director de la Biblioteca Nacional, cargo que abandonaría hasta que Cuba obtuvo su independencia mediatizada el 20 de mayo de 1902; se dedicó también a la enseñanza y al periodismo. Lo mismo hizo en Honduras, durante la efímera Reforma Liberal (1876-1883). Cantó a Tegucigalpa, al país de los pinos, a su primera exposición nacional en oda merecedora de una medalla de oro que le fuera colocada en el pecho, la noche del 15 de septiembre de 1879, por el propio Presidente de la República, Marco Aurelio Soto.

En esa ocasión, Palma recitó unas “Décimas” en agradecimiento. El 27 de agosto volvió a recitar una “Poesía”, con motivo de la promulgación de los códigos y de la inauguración de la Biblioteca Nacional. Y en 1882 la imprenta nacional editaba su primer y único libro con prólogo de Ramón Rosa. Una segunda edición apareció en Guatemala, 1890, con páginas prologales de Darío. “Palma —afirmó éste— es el gallardo cantor de las mujeres jóvenes y apasionadas. Le dáis un abanico y él clava con delicado hepsípilo con una aguja de oro; hace valioso el álbum, el libro mártir esclavo de los tontos”. Si Guatemala sería la tierra de su adopción y afecto, Honduras le declaró ciudadano. No en balde Palma había celebrado tanto a Céspedes como a Morazán.

¿Quién en nuestra América española no ha oído o visto alguna estrofa de las “Tinieblas del alma”? (una de sus composiciones) —había preguntado Darío en su ensayo “La literatura en Centroamérica”, escrito en Santiago de Chile, 1888. “Quién, después de (Fernando) Velarde (1823-1881), ha producido un despertamiento tan grande en la poesía centroamericana como nuestro amigo Palma, José Joaquín, trovador de la Edad Media vestido de levita?” Y añadía: “Todo un joyero inagotable, eso es su fantasía; un arte exquisito y delicado, ese es su procedimiento. … Fue, pues, uno de los que tuvieron más imitadores entre todos los poetae minorae de por allá”.

Uno de ellos, el leonés Cesáreo Salinas, dedicó un poema a Palma cuando visitó Managua, acompañado de su hija Zoila América Ana Palma Castillo, durante el gobierno del doctor Roberto Sacasa (1889-93) y se hospedó en casa de don Gabriel Frixione, teniendo de inmediato una cálida acogida. En el prólogo citado de 1890, Darío anotó: “Palma es un hijo de (José) Zorrilla (1817-1893) que ha viajado por Europa. Su madrigal está escrito con guantes”. Igualmente, trazó una semblanza del natural de Bayamo, fechada en Anvers, Francia, junio de 1906 y dirigida a Manuel Serafín Pichardo (1863-1937), director de El Fígaro de La Habana; ahí puntualiza: “Supo amar, supo cantar. Encantó a un continente. Peregrinó por la libertad, ofreciendo palmas de heroísmo y rosas de galantería”, en alusión a sus versos patrióticos y sentimentales. Diez días antes de fallecer, se le tributó un homenaje en la capital de Guatemala, donde reposaron sus restos durante cuarenta años hasta que fueron repatriados el 17 de abril de 1951. En esa fecha, el presidente Prío Socarrás los recibió en el aeropuerto “Rancho Boyeros” y al día siguiente se trasladaron a la tierra natal del “bardo bayamés”.

Zambrana: padre y maestro de la democracia republicana costarricense

Antonio Zambrana (La Habana, 1846-ídem, 27 de marzo, 1922) fue otro de los cubanos revolucionarios e ilustrados que escaparon de la guerra contra el imperio colonial español, arraigándose en Costa Rica. Precisamente el historiador Armando Vargas Araya le ha consagrado una exégesis de 552 páginas, donde lo valora como abogado, orador, filósofo, periodista y político. En concreto, como el pater de la ideología democrática y el magister de la “generación del Olimpo”, que guió a Costa Rica durante la primera república liberal que afianzó el Orden Cafetalero.

Zambrana arribó cuando gobernaba el general Tomás Guardia, dictador por doce años (1870-1882), procedente de Chile, tras visitar la Unión Americana, el Reino Unido y Francia. “Venía bañado de fama por su pensamiento, su elocuencia y su pluma, así como por sus logros emancipadores de la Revolución Cespedista, de los cuales descuellan la abolición de la esclavitud en Camaguey y la redacción de la primera Constitución cubana en Guaymaro”. Durante un sexenio radical (1876-81) y una veintena reformista —26 años— vivió Zambrana en el país vecino. Allí hizo florecer su fecunda racionalidad y culminó una intensa jornada desde sus siembras de agnosticismo hasta la profesión de cierto misticismo secular (“vino a crear la primera vez ateos, a fundar la segunda vez ateneos”).

Extensas y valiosas fueron sus aportaciones jurídicas y educacionales. “Desde el primer día enseñó democracia y republicanismo con fe cívica inquebrantable. Propugnó por la ciudadanía activa, el municipio eficiente y la igualdad de la mujer. Polemizó con hábiles sacerdotes sobre las virtudes del laicismo, sin amenguar la dimensión social del cristianismo. Favoreció la prudencia, la moderación y el gradualismo inherente a la vía costarricense del desarrollo, aunque le cupiera desempeñarse bajo gobiernos fuertes y escasos nueve años de incipiente democracia electoral”. Además, apoyó programáticamente a los obreros y publicó en San José cinco de sus ocho libros: Idea de estética, literatura y elocuencia (1896), La administración: un estudio (1897), La poesía de la historia: miscelánea (1900), Estudios jurídicos (1907) y El secreto de oro (1911).

Los párrafos anteriores bastan para rendirse cuenta de la talla intelectual de Zambrana, cuya presencia en Nicaragua es preciso consignar. Aquí vivió nueve meses. En agosto de 1882 se hallaba en Granada, según lo registra su amigo Enrique Guzmán Selva, permaneciendo hasta abril de 1883. Dos objetivos tenía: el de formar un partido político —de signo más progresista que el del presidente Joaquín Zavala— y gestionar un nuevo tratado de límites entre Costa Rica —a la que representaba— y Nicaragua. Zambrana vivió luego en Managua como huésped de don Isidro de Jesús Olivares, en el antiguo barrio de San Sebastián, según Gratus Halftermeyer. Pero el testimonio de Darío es más preciso y significativo.

En 1888 le consagró cuatro párrafos —¡toda una breve semblanza!— dentro de su referido ensayo “La Literatura en Centroamérica”. Cubano como Martí y orador elocuentísimo es Antonio Zambrana, de inextinguible memoria en Costa Rica y Nicaragua, donde vertió sus discursos como ondas de pedrería. He aquí dos: el pronunciado en la velada artística que organizara María C. Mayorga, a beneficio del Hospicio de Huérfanos, en León, el 13 de abril de 1882 y “La historia de la palabra”, charla que desarrolló en el Salón de la Cámara de Diputados tres días después. “Muchos que por él batieron las alas de su ingenio, le agradecen sus consejos y sus lecciones” —agregó—, evocándolo nervioso, pequeño de talla, de mirada a veces fulminante, otras tierna; ligeramente moreno —como hecho a sol— “vanidoso, mariposeante, insoportable como un poeta, conversador ameno, locuaz y buen vividor, amigo de todos los lujos”. En 1893 Rubén se refirió a los deliciosos folletines que Zambrana publicaba en El Ferrocarril —diario de Managua, dirigido por Modesto Barrios— y, de nuevo, a las lecciones que había impartido a sus entusiastas allegados en el corto tiempo que permaneció en Nicaragua, calificándolo como una alta personalidad de las letras de América.

Tal vez exageraba, pero su discípulo nicaragüense nunca olvidaría la impronta del cubano fogoso y armonioso que “decía rimas de pasión y cuentos de ensueño en los salones donde su palabra era un atractivo y un hechizo”. Zambrana falleció seis años después de Darío, de manera que pudo redactar el obituario de éste, publicado en El Fígaro de La Habana el 20 de febrero de 1916.

Fajardo Ortiz: inválido de pensamiento fuerte y hablar sonoro

Otro cubano que amistó con Rubén en Nicaragua fue Desiderio Fajardo Ortiz (1862-1905), fundador de un colegio de varones en la capital y testigo del segundo matrimonio del poeta el 8 de marzo de 1893. “El cautivo” era su pseudónimo, utilizado por él en sus composiciones poéticas como “El lago de Lesbia”, romance aparecido en El Diario Nicaragüense del 15 de julio de 1888. Fajardo Ortiz había llegado de Guatemala el año anterior, inválido de piernas a consecuencia de un balazo que por el amor de su vida —Valentina Pope—, le diera un rival; de ahí el pseudónimo.

En ratos de ocio, convocaba una tertulia, en la que sobresalía con su chiste fino, amistad y elocuencia. Su vida de solitario se colmó de alegría cuando se le unieron en Managua su padre Ramiro Fajardo, su madre Matilde Ortiz y su hermano Daniel (los restos del primero y de una hija adoptiva, Matilde, fueron sepultados en el Cementerio de San Pedro). Mucho mayor fue su gozo al matrimoniarse con Valentina, desde entonces su compañera inseparable.

Fajardo Ortiz fue autor de la biografía del emblemático maestro de Managua: Gabriel Morales (1819-1888), editada al año siguiente. Colaboró en El Duende, periódico capitalino de Juan de Dios Matus. El cuarto centenario del encuentro de dos mundos lo celebró con una velada y una pieza oratoria de histórico alcance. Dos años más tarde se trasladaba a su patria y en 1905 fallecía en su ciudad natal. Darío le había dedicado un par de composiciones en versos y esta cuarteta: Pensar fuerte, hablar sonoro. / Ser artista lo primero. / Que el pensamiento de acero / tenga ropaje de oro. Finalmente, en doce estrofas del poema “La limosna espiritual”, Desiderio expresó su vocación pedagógica: Vosotros que habláis al pueblo de libertad y de derecho, / y que lleváis en el pecho / para todos caridad. // No olvidéis que junto al hombre / el vicio siempre está en vela, / fundad primero la Escuela / si queréis la libertad.

 

Autor del himno de Guatemala

José Joaquín Palma fue autor de la letra del Himno Nacional de Guatemala, premiado en Concurso Oficial el 28 de octubre de 1896.