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Ernesto Medina Sandino recuerda los fines de semana en que viajaba en tren hasta la finca de sus abuelos. Aunque siempre soñaba con viajar fuera del país y conocer otras realidades del mundo.

Junto a sus 12 hermanos tuvo una infancia feliz, jugando en las calles de su natal León. De padre contador y de madre maestra, heredó la disciplina. Ellos fueron su ejemplo, porque a pesar de que ninguno pudo ir a la universidad, trabajaron para que todos sus hijos lo hicieran.

El Ernesto niño era aplicado. Metódico. “En la escuela fuimos conocidos porque éramos buenos alumnos, y había un Medina prácticamente en cada aula del colegio”.

Hizo el examen de admisión para estudiar Medicina en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN-León. Pero el día que le dieron los resultados se fue con la hoja donde su papa a decirle que iba a estudiar Química.

“Fue una de las grandes decisiones de mi vida, porque todos estudiaban más Medicina o Derecho, que eran las carreras de moda en León”, dice.

Según Medina Sandino, lo hizo además por rebeldía, porque no quería dedicarse a lo que todos esperaban que hiciera. También tomó esa decisión porque sabía que, como profesión, la química en Nicaragua no prometía mucho. “Desde que me decidí siempre pensé que tenía que salir del país, creo que eso fue uno de los motores para hacerlo”.

“A mí siempre me atrajo el mundo, y me pareció que la química era un buen pretexto para tener que salir”, comenta.

Graduado como el mejor alumno de su carrera, obtuvo una beca para estudiar en Alemania.

El profesor nació

Pero antes de eso, ya el Ernesto que traía el gen de maestro se había empezado a desarrollar. Desde que se graduó estuvo dando clases en un viejo laboratorio de la UNAN en León.

Su tesis fue sobre los efectos de la fertilización del algodón, que le había dado éxito en la universidad. “Una monografía súper compleja, pero fue una incursión en el método científico, aunque los resultados no contribuyeron mucho a mejorar ese cultivo”.

En esos meses antes de graduarse hizo su investigación en el Centro Experimental del Algodón, en Posoltega.

“La verdad, como nadie sabía mucho de eso, fue bastante libre. Creo que aprendí que la educación no debe limitar, y eso fue lo importante”, expresó.

Se va a Alemania

A mediados del 74 se fue a Alemania. Al llegar, lo primero que le dijeron es que no sabían qué hacer con su título de Nicaragua. Tenía que seguir estudiando para lograr equiparar su formación con la de ese país.

En su memoria tiene marcado el día que le dijeron que haría prácticas de laboratorio. “Me hicieron un examen riguroso, y el profesor cuando vio que me había preparado superficialmente, me siguió preguntando hasta que me demostró que no estaba listo”.

Medina Sandino cree que esa fue “una primera gran frustración”, porque había sido el mejor alumno de su clase y fallar no era su costumbre.

Desde ese momento, el Ernesto metódico que le habían enseñado a ser en Nicaragua aprendió a esforzarse más.

Cuando decidió estudiar el doctorado en la ciudad alemana de Göttingen, lo primero que hizo fue reunirse con los encargados. “Me entrevisté con un especialista en temas de plantas, que eran mi obsesión”.

Ese señor le preguntó sobre tres plantas y lo mandó a buscar información a la biblioteca sobre las mismas. Dos horas después, tenía información sobre dos de ellas, de la tercera no había encontrado nada. “Esa es la interesante”, recuerda que le dijeron.

Y así empezó su obsesión por “la escoba morada”, un pequeño arbusto común en Nicaragua que se distingue por sus pequeñas flores violetas. Medina Sandino empezó a investigar sobre los rumores de que la planta era tóxica y culpable de afectar los nervios de los animales.

“Se presumía que era la responsable  de la enfermedad conocida popularmente como ‘derrengue’, que produce temblores en las patas de los animales”, comenta.

Su papá le regaló un ternero para experimentar, y después de darle de comer esa planta, a los 15 días estaba enfermo y murió. Su tesis se comprobó.

Sitiaron la embajada de Bonn

El 20 de julio de 1979, Ernesto junto a otros miembros del grupo de solidaridad con Nicaragua solicitaron a las autoridades de la República Federal de Alemania, RFA, que les fuera entregada la Embajada de Nicaragua en Bonn.

“Nos fuimos porque no queríamos que se sacara nada, y ya teníamos la noticia de que la dictadura había caído”, dice.

Casi todos los días lo invitaban a iglesias, sindicatos o universidades para hablar de Nicaragua. Le tocó viajar en tren por las tardes y regresar la misma noche, porque estaba en los últimos días de su tesis.

“Fue una época difícil, estaba loco por regresar”, insiste. Su hijo nació el 3 de junio de ese mismo año, y cuando llamó a su casa estaba empezando la insurrección en León.

Recuerda que su mamá le dijo que frente a su casa había una tanqueta y le puso el altavoz para que escuchara el sonido de los disparos.

Frustración y emoción

En el 84, cuando se volvió a establecer en Nicaragua, lo mandaron a Pantasma movilizado. “Éramos un grupo de los intelectuales y nos mandaron ahí para aleccionarnos”, dice.

Pero en esos días en la montaña se la pasaba recogiendo hojas secas para coleccionarlas. Eran su obsesión.

“Con el fusil colgado, es cierto, me la pasaba coleccionando todo tipo de hojas”, comenta, y sonríe por primera vez en la entrevista.

Cuando los sandinistas perdieron el poder en 1990, Medina Sandino se sintió frustrado. Comenzó a evaluar su papel como secretario político de la universidad y vicerrector de la UNAN-León.

“El papel del Frente Sandinista en la universidad fue de mucho control y poca propuesta. Era entendible que se tenía que trabajar en función de la guerra, pero me frustraba”.

Se fue a vivir un tiempo a Suecia. Pero después decidió que era mejor dedicarse a preparar estudiantes. Volvió a la universidad con esa visión.

“Me dediqué a preparar muchachos porque quería ayudar y era la mejor forma de darle algo al país”, insiste.

El profesor Medina --como lo conocen muchos de sus estudiantes-- confiesa que la mayor satisfacción que tiene es poseer una colección de tesis que guarda en su casa, donde “los muchachos” le agradecen el apoyo.

"Me dediqué a preparar muchachos porque quería ayudar y era la mejor forma de darle algo al país”

Ernesto medina, rector de la UAM

Se tomó la Embajada en Bonn

Ernesto Medina pidió junto a un grupo de compañeros le entregaran la Embajada de Nicaragua en Alemania tras la caída de la dictadura de los Somoza.

 

Se tomó la Embajada en Bonn
Ernesto Medina pidió junto a un grupo de compañeros le entregaran la Embajada de Nicaragua en Alemania tras la caída de la dictadura de los Somoza.