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A su regreso de España en enero de 1893, Rubén Darío se enteró en León del fallecimiento de su primera esposa: la costarricense Rafaela Contreras Cañas. Ocho días pasó llorando su pena el poeta recurriendo al alcohol; atendido por su madre, pasó luego a Managua, donde el 8 de marzo se unió en matrimonio con Rosario Emelina Murillo.

Esta, primer gran amor apasionado de Rubén, era una atractiva joven de 22 años. Previamente a la boda, sin embargo, se había dado el hecho que protagonizó Andrés Murillo, hermano de Rosario y con la anuencia de esta, al cual el mismo Rubén denominará más tarde “una página dolorosa de violencia y engaño”.

Su boda en Managua el 8 de marzo de 1893

El caso es que monseñor doctor don Rafael Ramírez fue el celebrante, autorizado por el párroco de Managua, presbítero Alejandro Obregón, quien había recurrido “de antemano a su Señoría Ilustrísima [el obispo Francisco Ulloa y Larios] con la documentación respectiva”. La ceremonia religiosa, que tenía validez civil, tuvo lugar en casa de Ángela Murillo de Solórzano, hermana mayor de la contrayente.

Casada con Francisco Solórzano Lacayo, Ángela fue una de las madrinas en compañía de Javiera Murillo, hermana menor; y padrinos los señores J. F. Navas y don Carlos A. Murillo. Asistieron, pues, el oficiante Ramírez, de Chinandega, Francisco Solórzano Lacayo con su esposa, la otra madrina y los dos padrinos, el maestro cubano Desiderio Fajardo Ortiz y Manuel Maldonado.

La deslumbrante garza morena

Rosario Emelina había deslumbrado a Rubén en 1882, a los once años no cumplidos, pues había nacido en Managua el 10 de agosto de 1871. Oyéndola cantar, el joven de quince años quedó prendido de su piel canela, talle juncal, cuello esbelto, vivaces ojos verdes y melodiosa voz. Mercedes, la madre de Rosario, era propietaria de una pensión donde se hospedaban poderosos funcionarios públicos. Y del comedor de dicha pensión, solo para admirar a la que llamaría garza morena, Rubén se tornó cliente asiduo. Empero, su presencia incomodaba a doña Mercedes.

Tras su primer viaje a El Salvador (agosto, 1882-octubre, 1883), y de nuevo en Managua, Rubén reanudó su interés en Rosario, ya de 12 años. Dos años después la relación se estrechaba, experiencia que el poeta evocaría en su cuento “Palomas blancas y garzas morenas”: Ah, mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes en los recuerdos que en mi alma forman lo más alto y sublime, una luz inmortal. Porque tú me revelaste el secreto de las delicias divinas en el inefable primer instante del amor.

Una carta de antología

Mas el texto que mejor refleja esa relación es la carta que envió a Rosario, en Managua, el 12 de mayo de 1886, un mes antes de partir a Chile. Reveladora e intensa, vale la pena transcribirse:

Rosario: Esta es la última carta que te escribo. Pronto tomaré el vapor para un país muy lejano donde no sé si volveré. Antes, pues, de que nos separemos, quizá para siempre, me despido de ti con esta carta.

Te conocí tal vez por desgracia mía, mucho te quise, mucho te quiero. Nuestros caracteres son muy opuestos y no obstante lo que te he amado, se hace preciso que todo nuestro amor concluya; y como por lo que a mí toca no me sería posible dejar de quererte viéndote continuamente y sabiendo lo que sufres y lo que has sufrido, hago una resolución y me voy. Muy difícil será que yo pueda olvidarte. Sólo estando dentro de mí se podría comprender cómo padezco al irme; pero está resuelto mi viaje y muy pronto me despediré de Nicaragua. Mis deseos siempre fueron de realizar nuestras ilusiones. Llevo la conciencia tranquila, porque como hombre honrado nunca me imaginé que pudiera manchar la pureza de la mujer que soñaba mi esposa. Dios quiera que si llegas a amar a otro hombre encuentres los mismos sentimientos.

Yo no sé si vuelva. Acaso no vuelva nunca. ¡Quién sabe si iré a morir en aquella tierra extranjera! Me voy amándote lo mismo que siempre. Te perdono tus puerilidades, tus cosas de niña, tus recelos infundados. Te perdono que hayas llegado a dudar de lo mucho que te he querido siempre. Si tú te guardaras como hasta ahora, si moderando tu carácter y tus pequeñas ligerezas siguieras en la misma vía que has seguido durante nuestros amores, yo volvería y volvería a realizar nuestros deseos. Tú me quisiste mucho, no sé si todavía me quieres. ¡Son tan volubles las niñas y las mariposas!... Mucho me tienes que recordar si amas a otro. Ya verás. Yo no tengo otro deseo sino que seas feliz.

Si estando como voy a estar tan lejos, me llegase la noticia de que vivías tranquila, dichosa, casada con un hombre honrado y que te quisiera, yo me llenaría de gozo y te recordaría muy dulcemente. Pero si me llegase a Santiago de Chile una noticia que con sólo imaginármela se me sube la sangre al rostro: si me escribiese algún amigo que no me podrías ver frente a frente como antes… yo me avergonzaría de haber puesto mi amor en una mujer indigna de él. Pero esto no será así, estoy convencido de ello.

Pongo a Dios por testigo que el primer beso de amor que yo he dado en mi vida fue a ti… Ojalá que nos podamos volver a ver con el mismo cariño de siempre, recordando lo mucho que te quise y que te quiero. Adiós, pues, Rosario. —Rubén Darío.

¿Por qué se había marchado el poeta de Nicaragua? Como es sabido, en su autobiografía confesó que la causa había sido “la mayor desilusión que puede sentir un hombre enamorado”.

Rubén: “esbelto, bien vestido y guapo”

En marzo y abril de 1889, a su retorno de Chile, Rubén ha macizado su carácter y aprendido a vivir de su pluma. Pasa unos días en León y se dirige a la capital con el inevitable objetivo de visitar a Rosario. Él tiene 22 años y viste elegantemente. Le acompañan dos amigos. Ella, de 18 años cumplidos, ha crecido en esplendor y todo parece indicar que la relación culminaría en matrimonio. Mas sus amigos le disuaden de contraer matrimonio, argumentando que se truncaría su carrera intelectual. El testimonio que diera Rosario muchos años más tarde lo confirma: El mismo día que llegó Rubén a Managua, visitó mi casa a las siete de la noche, en unión de Pedro González y Pedro Ortiz. Mi sorpresa fue grande al notar a Rubén, no ya al muchacho feo y peludo de antes, sino a un hombre en plena juventud, esbelto, bien vestido y guapo. Y estaba encantada. Rubén era ya una gloria de Nicaragua. Sus triunfos en Chile habían definido las bases de su personalidad. Reanudado el noviazgo, se arregló el matrimonio.

Y agrega: Por ese tiempo estaban por casarse Amelia y Emilia Díaz, hijas del general don Carmen Díaz. La primera con Pedro Ortega y la segunda con José Pasos. Dada nuestra amistad con la familia Díaz, se dispuso que los tres casamientos se efectuaran en la misma fecha. Hechos los preparativos de todo, quiso la desgracia que por influencia del doctor Jerónimo Ramírez y de Felipe Chamberlain, que lo querían alejar de aquí para que no cortara su carrera literaria casándose tan joven, Rubén hizo viaje a El Salvador.

Durante su segunda estada en la tierra cuscatleca, el poeta se enamoró de su amiga de la infancia Rafaela Contreras, casándose con ella; pero nunca se olvidaría de Rosario. Al llegar no más a San Salvador le dedicó el poema titulado “Emelina”, haciendo pública la ardiente pasión que todavía le inspiraba: Amada, espera, espera. / Florecerá la luz en los altares, / y al llegar la amorosa Primavera / te hallará coronada de azahares. // Eres buena, eres casta, / y Dios belleza y gracia darte quiso, / para hacer de un hogar un paraíso / ¡Oh, mi gloria y mi luz! Con eso basta.

El fallecido niño Darío Darío

Luego aconteció “el caso más novelesco y fatal” de su vida, como llamaría Rubén a la ya referida acción de Andrés Murillo; y el matrimonio con Rosario, como también ya se refirió. En seguida, la pareja embarca para Panamá, pero ella regresa pocos días después a Nicaragua, embarazada. Mientras Rubén vive en Buenos Aires ejerciendo el consulado de Colombia, nace Darío Darío, quien fallece de tétanos, al mes y medio de nacido, porque su abuela Mercedes le cortó el cordón umbilical con unas tijeras que no estaban desinfectadas.

 

Otras seis cartas de amor

Rubén arriba a Nueva York, y el 8 de junio de 1893 escribe a Rosario llamándole: “Mi querida hijita”. Promete mandarle, cuando llegue a París, “algunas cositas”, agregándole: “No tengo de ti sino ideas buenas y dignas de tu corazón… Muchos besos y abrazos, con mis cariños a mi mamá, te envía tu esposo”. Ya en París, el 5 de julio, vuelve a escribirle y a hablarle del viaje que, con su hermana Ángela, planeaba realizar Rosario a Buenos Aires. “Vuelvo a repetirte que no pienso más que en ti. Y que el día que llegue a verte será nuestra verdadera luna de miel… Hasta la vista, pues, vida mía, mi muchachita… Te besa y abraza ardientemente tu, / Rubén”.

Desde Buenos Aires, en septiembre también de 1893, le remite otra carta íntima: “piensa en mi amor, piensa en mi recuerdo y en mi vuelta próxima. Y si alguien dice lo contrario, no le creas”. De la tercera semana de octubre, 1896, data otra en la que le confiesa: “Mucho me ha agradado la manera con que te expresas y no esperaba otra cosa de la mujer que tanto me ha querido y a quien yo he querido tanto”. Y del 16 de marzo de 1897, una vez más, en la que Rubén le asegura que hará un viaje a Nicaragua, el cual considera “definitivo en lo que he de resolver en mi vida”.

En su respuesta, Rosario le planteó ser ella la viajera a Buenos Aires desde Managua. Su lejano esposo estuvo de acuerdo, según carta que le remitió el 3 de junio de 1897: “Vente en las condiciones en que me hablas en tu carta… Vente. Viviremos modestamente y agradablemente… Desde ahora, procuraré preparar las cosas.” Esta carta no es tan ardorosa como las anteriores, pero en ella se manifiesta el intenso deseo del cisne nicaragüense de convivir matrimonialmente con su garza.

A partir de 1899, ya en España, inicia su unión amorosa con Francisca Sánchez y se olvida de Rosario. En 1907 ella se presenta en París, reclamándole derechos de esposa; él trata de eludirla, sin éxito, y la pareja cohabita. Sin embargo, el poeta viaja a Nicaragua para obtener el divorcio; tampoco tiene éxito. En 1915, enfermo de muerte el poeta en la capital de Guatemala, llega Rosario para llevarlo a morir en su patria. Y lo atiende en sus últimos días: desde el 4 de julio de 1915 al 6 de febrero de 1916.

“Gracias a la nobleza de esa mujer…”

Del 3 de julio de 1915 data la última carta a Rosario dirigida por su esposo. “Una recaída de mis dolencias me priva a ir a esperarte al puerto [de San José, Guatemala]” --le escribió. Pero en la última carta de Rubén, enviada a Francisca Sánchez en Barcelona, el 12 de agosto del mismo, alude Rubén a Rosario: “Hace meses que no gano nada, y si te puedo mandar algo, es gracias a la nobleza de esa mujer, como tú llamas a mi esposa, quien vino cuando yo estaba al morir, aconsejada por el arzobispo de Managua”.

Rosario Emelina Murillo sobrevivió a su marido hasta el 23 de junio de 1953 en Managua.