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Amalia Frech conoció el dolor un sábado caluroso de julio de 1980.

La niña de ojeras pronunciadas, blanca como la leche y pelo negro azabache, que está afuera del consultorio del doctor Fulgencio Báez, es su hija. Acaba de ser diagnosticada con leucemia linfoblástica, pero la pequeña no lo sabe aún y jamás lo sabrá.

Pensará que su riñón está enfermo, y siete meses después le comentará a su madre, con desdén e impotencia, que jamás sanó del riñón. Su mamá le contestará que esas dolencias suelen ser prolongadas. Un día después morirá.

Amalia Frech ya no llora al recordar la historia de cuando se enfrentó a la vida real, donde los niños sufren y mueren; donde las madres imploran, gritan y maldicen. Ya no llora, pero pide que no sigan disparando flashes, que no le tomen más fotos porque puede llorar en cualquier momento.

Toma agua del vaso pequeño que le acaban de pasar y endereza la mirada por unos instantes. Frente a ella está el retrato de la niña, el retrato de Lydia María.

Tres matrimonios palestinos atracaron en Corinto allá por la década de los años 20 o 30 del siglo pasado. Iban rumbo a Chile, pero el barco se dañó y tuvieron que quedarse en Nicaragua, en el caluroso Corinto. Tiempo después, buscando un lugar menos caliente, emigraron a Granada, y cuando el repuesto del barco llegó, ellos ya estaban asentados en Nicaragua y nadie los pudo localizar.

Amalia Frech, una psicóloga pequeña, gordita y enérgica, cuenta que sus parientes fueron los primeros palestinos en llegar a Nicaragua. Eran, dice, la familia Frech, Zarruk y Abdalah.

Se acomodaron en Granada y se casaron entre ellos. Su padre es primo hermano de su abuelo. Pese a eso, en la familia, dice, todos son cuerdos. De palestina tiene poco. Habla el mínimo de árabe, excepto las malas palabras, que domina a la perfección, pero le gusta mucho cocinar la comida de su país.

“Hablo un poquito de árabe, primero aprendí las malas palabras, y cocino hoja de uva, oreja de gato y dulces árabes”.

Amalia Frech se casó a los 19 años, luego de cortar y volver, y cortar y volver con su único novio, el hombre que la ha acompañado durante 42 años, Fernando Alemán Cruz. Los primeros diez años de matrimonio fueron, como dice ella, de pura paridera. A los 30 años tenía cuatro hijos, tres niñas y un niño.

La mayor, Lydia María, era inquieta, dominante y alegre, le gustaban el mar y las barbies. Dalia, la segunda, nació diez meses después que María Lydia. Y aquí paramos.

Esos morados son golpecitos que se ha dado, ¿y no se habrá caído de la bicicleta?

Son 18 morados, ¿se va a caer 18 veces?

Amalia, calmate, estás un poco nerviosa, la niña está bien.

Pero las calenturas no cesaban, cada día María Lydia se ponía más flaquita, más triste. Y más y más antibióticos. Uno y otro pediatra la revisaban, observaban los exámenes, y más y más antibióticos. Más y más calentura… y morados.

Hasta que un día, uno de sus primos le recomendó ir donde un doctor recién llegado de México. Solo para quitarle la idea porque la niña estaba bien. Tenía un virus, una gripe, le insistían los médicos. Nada era de muerte.

Pero Amalia Frech conoció el dolor porque la mayor de sus hijos, la alegre, la dominante, la enamorada del mar, iba a morir.

“Yo no sabía qué cosa era sufrir, lo había visto en otros y en otras. Ese día, ese día nací al mundo. La internaron porque estaba muy mal. Cuando el doctor Báez me lo dijo, pegué gritos, lo sacudí. Me dijo que hasta posiblemente podía tener hemorragia, y, efectivamente, al día siguiente se puso peor. Empezó a defecar sangre y estuvo en coma, con todo en cero; el doctor Jiménez le hizo diálisis, cateterismo”.

Cuando cuenta lo anterior lo hace de corrido, atropellando las palabras. Entre las partes de la historia, da consejos: “Yo le pegué gritos al doctor y eso es normal para una madre. Por eso les pido a los médicos que tengan compasión; los niños no saben lo que tienen, pero la madre sí y está destruida”.

“Por eso insisto en la importancia de la detección temprana y en la responsabilidad de los médicos cuando una madre lleva a su hijo y les cuenta lo que tiene. Hay que escuchar a la madre. Yo, aunque la hubiera llevado a Houston, la niña habría muerto, pero le hubiera evitado un dolor. Fue hasta el final de la vida que comprendí que unos mueren primero que otros”.

En este punto, tiene palabras de agradecimiento para los dos médicos que la trataron desde un inicio, el doctor Fulgencio Báez y el doctor Roberto Jiménez. “De julio a enero me regalaron a mi hija. Luchamos, pero llegó un momento en que la médula no entró en remisión”.

“Cuando quiero acordarme de mi hija menor veo fotos, porque estaba presente pero a la vez ausente. Yo vivía muy triste. Cuando ella murió se acabó mi vida, se acabó la alegría, necesité como 10 años para empezar a arrancar y volver a ser la misma, fue muy difícil. Quedé resentida con Dios. Después me arrepentí, porque no es él quien te manda las enfermedades, te las quita o te las pone, simplemente existen”.

Muchos de los niños y niñas que fueron diagnosticados al mismo tiempo que Lydia María se salvaron. La herida de Amalia empezó a cicatrizar cuando, un día, el doctor Báez le pidió que donara juguetes para unos niños con cáncer. Dar el paso, verlos con sus cabezas calvas a la par de sus padres, fue difícil pero necesario.

Hoy Amalia Frech vive en función de los niños con cáncer, de la Comisión Nacional de Ayuda a los Niños con Cáncer (Conanca). Hay niñas que le recuerdan a su hija. “Me estuve enamorando de dos niñas, justo me salen con la misma leucemia linfoblástica. Una de ellas es la Cherly. No sé de ella y he estado con la inquietud de cómo estará la Cherly, preguntándome si se salvó”.

Sus cuatro nietos le han devuelto la alegría. A veces va al mar porque allí encuentra el olvido y el consuelo. Se divierte bailando y obligando a su esposo a bailar, y si tiene que mencionar a un cantante que le fascine, nombra a Tito El Bambino.

Una vida altruista

“Ir al hospital es enamorarte de los niños del programa. Obviamente, en algún momento me voy a retirar, pero moriré apoyando”.