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De las 19 semblanzas de los maestros de Rubén Darío, reunidos en su libro programático Los Raros (Buenos Aires, 1896), sólo uno correspondió a un autor de lengua española; los restantes eran uno de lengua inglesa (el norteamericano Edgar Allan Poe), otro medieval que escribía en italiano primitivo (Fra Doménico Cavalca), un tercero, noruego, que escribía en danés (Henrich Ibsen); un cuarto lusitano y de lengua, naturalmente, portuguesa (Eugenio de Castro) y catorce de lengua francesa.

Ese autor no era otro que José Martí (1853-1895), natural de Cuba, entonces posesión ultramarina de España. Por tanto, España era dueña de la economía y rectora de la política y sociedad de la Perla de las Antillas. Todavía más: se hallaba muy lejos de ser “la antigua madre patria” que significaba para Darío. España, para el hijo de Mariano Martí y Navarro —un valenciano que había llegado como sargento de la primera brigada del Real Cuerpo de Artillería destinado a La Habana— era otra cosa: el absolutismo colonial. Habría, por tanto, que liberar a Cuba de esa sujeción independizándola políticamente; para ello estaba dispuesto a dar la vida, como lo reveló desde la cárcel —a sus 16 años— en estos versos: Por la patria, morir es gozar más. Desde muy temprano, pues, Martí proclamó su fe profunda en el goce del sacrificio por la patria.

Los proyectos centrales del cubano y del nicaragüense

Por su lado, no era ese el destino de Darío, nacido casi cincuenta años después de la independencia del antiguo Reino de Guatemala, al que había pertenecido la provincia de Nicaragua, cuya consolidación republicana comenzó —tras la intrusión del expansionismo filibustero encabezado por el sureño esclavista William Walker—, durante la segunda mitad del siglo XIX.

Esta perspectiva histórica resulta indispensable para comprender los proyectos centrales del enérgico apóstol cubano y del nicaragüense universal. En el caso del primero, la lucha por la independencia y la creación republicana de Cuba, a la que sumó la concreción de un discurso hispanoamericanista; en el de Darío, la apropiación y asimilación de la cultura occidental como totalidad con el fin de transformar la lengua española a través, fundamentalmente, de la poesía. En Martí, uno de los iniciadores del movimiento modernista, su tarea fue ante todo política; en Darío, máximo creador de ese movimiento, sobre todo literaria. A diferencia de Martí, Darío se verá siempre como un poeta y un escritor profesional que lucha por obtener su lugar propio en el mercado.

Darío y la tradición de Baudelaire

De ahí que el objetivo de Los Raros se haya inscrito en la línea de Charles Baudelaire, cuyas Fleurs du mal (1867) provocó un escándalo y el proceso de su autor —quien cargó con agobiadora culpa por haber inquietado la conciencia de la sociedad contemporánea, quedando como poéte maudit. Esa tradición es la que asume Darío. “Es desde Baudelaire, y sólo más atrás desde Hugo, en lo que tenía de profético, donde se abastece su creación”. Tradición que no excluirá la protesta contra el mundo capitalista y su fase imperial. Con su poemario emblemático Prosas profanas, también de 1896 y bonaerense, Darío se consagró como líder del modernismo literario durante su periodo argentino. Este hecho debe tomarse en cuenta porque explica la imagen que trazaría de Martí, a raíz de su muerte, en 1895. Así escribió:

¡Oh Cuba! Eres muy bella, ciertamente, y hacen gloriosa obra los hijos tuyos que luchan porque te quieren libre… Cuba admirable y rica y cien veces bendecida por mi lengua; mas la sangre de Martí no te pertenecía; pertenecía a una briosa juventud que pierde en él quizá al primero de sus Maestros; pertenece al porvenir.

Para el mismo centroamericano, sólo dos veces había intentando aparecer el genio en la América española: la primera en un hombre ilustre de Argentina, refiriéndose a Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888); la segunda en un cubano de dimensión americana: Martí. Pero, más que esa categoría, el último mostraba rasgos de súper-hombre moral e intelectual: …era como debía ser el verdadero súper-hombre. Grande y viril, poseído del secreto de la excelencia. Sus rasgos eran de homagno, vocablo inventando por el mismo Martí.

Pero ese homagno, dechado de piedad, siempre ostentó un sustrato ético que lo condujo al concepto sacralizado de la autoinmolación. En otras palabras, trasladaba al plano social su pensar religioso, como lo expresaría en una de sus máximas claves: En la cruz murió un hombre un día; en la cruz ha de aprenderse a morir todos los días.

De ahí que Darío observe: Subió a Dios, por la pasión, por el dolor. Padeció mucho martí: desde las túnicas consumidores del temperamento y la enfermedad, hasta la inmensa pena del Señalado que se siente desconocido entre la general estolidez ambiente; y por último, desbordante de amor y de patriótica locura, consagróse a seguir una triste estrella, la estrella solitaria de la Isla, estrella engañosa que llevó a ese desventurado rey mago a caer de pronto en la más negra muerte.

¡La más negra muerte! He ahí esas líneas de Los Raros en las cuales Darío plantea la opción martiana de entregarse a la muerte, a través de un virtual auto sacrificio para realizar su destino personal. La maduración de esa entrega, a lo largo de su malograda existencia —¡42 años!—, la fue plasmando intensamente en sus versos. Así lo han demostrado numerosos críticos.

“Cabeza, portavoz, apóstol, lengua, clarín”

Para Darío, la decisión que tuvo el cubano de sacrificarse, de inmolarse por la causa superior o “estrella” que guiaba su existencia, truncó para siempre un futuro extraordinario que incluía la presidencia de Cuba independiente y verdaderamente soberana, pues Martí había sido “cabeza, portavoz, apóstol, lengua, clarín” de la insurrección en Cuba, según el artículo precedente de Darío “La insurrección en Cuba” (La Nación, 2 de marzo, 1895). Y este reproche lo expone con claridad en su hermoso penegírico elegíaco:

Y ahora, maestro y autor y amigo; perdona que te guardemos rencor los que te amamos y admiramos, por haber ido a exponer el tesoro de tu talento. Luego sabrá el mundo lo que tú eres, pues la justicia de Dios es infinita. Cuba quizá tarde en cumplir contigo como debe. La juventud americana te saluda y te llora, pero ¡oh Maestro!, ¿qué has hecho...?

Es decir: rechaza su opción heroica de adorar hasta la muerte el “ídolo luminoso y terrible de la Patria”; adoración, como se ha indicado, de raíz ética y religiosa, pues su weltanschauung laica y antropocéntrica la había canalizado en una “religión”: el patriotismo. Su convicción lo revelaba. La patria es agonía y deber. Ahora bien, este patriotismo le exigía ofrecerse en sacrificio por la independencia de Cuba. Y así lo hizo.

De ahí que Darío calificando a su autor de infortunado, escriba el 9 de junio de 1895 a un íntimo amigo argentino: Hablemos de otros asuntos, por ejemplo de ese pobre y grande Martí. ¿Qué le parece esa desgracia inmensa? Tal fue el final de ese verdadero superhombre y no falso como el de Nietzsche, impugnado en su “Letanía de nuestro señor don Quijote” (1905): de los superhombres de Nietzsche… líbranos señor.

 

Maestro de la prosa dariana

El obituario sobre Martí, publicado en La Nación trece días después de su caída, Darío lo incluyó en Los Raros porque el cubano era su principal maestro en la prosa, aspecto que reconoció ampliamente al evocar el diario porteño y sus kilométricas epístolas enviadas desde Nueva York. En ella surgía Martí pensador y filósofo, pintor y músico, poeta siempre. Su armonía se perdía en aquella montaña de imágenes, pero recordaba un Grant Marcial y un Sherman heroico que no había visto más bellos en ninguna parte; una llegada de héroes del Polo, un puente de Brooklyn literario igual al del hierro; una hercúlea descripción de una exposición agrícola y un Walt Whitman patriarcal, prestigioso y ricamente augusto, entre otros temas.

Para Manuel Pedro González,, la huella del corresponsal de La Nación en Nueva York ya se advierte en uno de los primeros escritos de Darío publicados en Valparaíso (“Don Hermógenes de Irisarri”, que apareció en El Mercurio el 26 de junio de 1886) y Ángel Augier cree que se inició realmente, mucho antes, en Nicaragua. Pero no deseo reiterar precisiones históricas, sino establecer que Darío —con todo su fundamental reproche referido— logra en Los Raros el lamento más tierno, sincero y angustiado que produjo la muerte de Martí.

Además, contribuye a su deidificación, rindiéndole un no disimulado culto que mantendría con mayor firmeza en posteriores trabajos; descubre su naturaleza poética, entonces oculta o poco difundida; y señala su contenido antimperialista al apuntar: Y cuando el famoso congreso pan-americano, sus cartas fueron sencillamente un libro… En aquellas correspondencias hablaba de los peligros del yankee, de los ojos cuidadosos que debía tener la América Latina respecto a la Hermana mayor, y del fondo de aquella frase que una boca argentina opuso a la frase de Monroe.

Esta frase era: Sea América para la humanidad y la boca argentina la de Roque Sáenz Peña (1851-1914), delegado a la Conferencia Internacional Americana celebrada en Washington desde finales de 1889 hasta principios de 1890. Martí había enviado más de una decena de “cartas” a La Nación sobre los pormenores de esa Conferencia promovida por el Secretario de Estado James Blaine para impulsar el movimiento expansionista del capital norteamericano.

He ahí a Darío: utilizando los recursos estilísticos de su maestro y absorbiendo su apostolado; un Darío martiano, admirador del varón y del dulce amigo, de aquel cerebro cósmico, de aquella vasta alma, de aquel concentrado y humano universo que lo tuvo todo: la acción y el ensueño, el ideal y la vida, una épica muerte y, en América, una segura inmortalidad.

 

Bibliografía

AUGIER, Ángel: “Cuba y Rubén Darío”, en Boletín del Instituto Literario de Lingüística, 1967; DARÍO, Rubén: José Martí. París, Editorial Franco-Iberoamericana, 1926; OLIVER BELMÁS, Antonio: “La muerte en Martí”, en Último encuentro con Rubén Darío. Madrid, 1978; RAMA, Ángel: “Las opciones de Rubén Darío”. Casa de las Américas, núm. 42, mayo-junio, 1967; TORRES, Edelberto: “Cartas inéditas de Rubén Darío”. Cuadernos Universtarios, núm. 2, tomo II, 1967.