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El nuevo director del Hospital de Niños, Dr. Orlando Urroz Tórrez, arribó a Costa Rica a los 15 años. Nació y estudió en Managua, y es el primogénito de seis hermanos. Luego de graduarse en el Colegio La Salle, fue enviado por su padre a estudiar Medicina, y realizó sus estudios en la Facultad de Medicina de la Universidad de Costa Rica, UCR.

Tiene 58 años, 35 de los cuales ha laborado en el Hospital de Niños. Aquí, durante los últimos nueve años se desempeñó como Subdirector General.

Amable, pausado en el hablar, impecable en el vestir, físicamente imponente, pero humilde a la vez, parece ser la imagen personalizada de uno de los hospitales pioneros en América Latina en cuanto a programas integrales y servicios médicos de última tecnología para niños.

Accedió a una entrevista para El Nuevo Diario, entre firmas de circulares y llamadas telefónicas.

En su despacho, donde abundan libros y premios otorgados al hospital por la calidad de sus servicios médicos, llaman la atención unos metates decorados, de tres patas (piedras de moler indígenas), así como tecomates (vasijas de cuello y boca muy cerrada) hechas por alfareros chorotegas de antes y después de Cristo, en la zona arqueológica de Nicoya, fronteriza con Nicaragua.

¿Qué significa para usted el Hospital de Niños?

Es la realización de un gran esfuerzo. Hace 49 años toda la sociedad costarricense, ricos y pobres, hicieron “La marcha del colón”, para recaudar fondos junto con ayuda del Estado y de círculos diplomáticos para la construcción del edificio.

Ahora somos pioneros en atención integral a los pacientes, pero estamos en constante trabajo para obtener recursos, pues es sumamente caro mantener la calidad, sobre todo porque atendemos enfermedades sumamente complejas.

Este es un hospital que realiza trasplantes de corazón, hígado, pulmones, riñones, médula ósea. Al año realizamos unas 12,000 cirugías de mucha complejidad.

¿Qué proyectos piensa impulsar?

El Hospital de Niños es un proyecto constante. Las necesidades actuales de la población infantil son más complejas, de ahí que necesitamos estar en constante renovación y actualización de nuestros departamentos de servicios, no solo desde el punto de vista tecnológico, sino de atención al paciente y de su entorno familiar.

Tenemos tres escenarios de donde nacen los diferentes proyectos: con pacientes internos, pacientes externos y pacientes que atendemos en sus comunidades. Antes teníamos altos índices de mortalidad infantil, de 80 muertes por cada 1,000 pacientes, asociados a enfermedades infecciosas. Hoy esta tasa ha descendido drásticamente del 6 al 1.8%, siendo la más baja de América Latina en hospitales de esta complejidad. La tasa de mortalidad infantil a nivel nacional es de 8.3%.

Haremos una inversión, a partir de junio, de 2,300 millones de colones (más de US$11 millones), para remodelar y modernizar las 49 salas de operaciones que tiene el hospital. donde pueda ocurrir algún desastre.

¿Por qué decidió ser médico?

Me nació esa inquietud desde que tenía unos cinco años. Siempre fui precoz, gracias a que mi madre me enseñó a leer. Recuerdo muy bien un libro de lectura que se llamaba “Manuelito sabe leer de corrido”. Me crié en una zona rural donde mis padres tenían una finquita. Acarreábamos agua en barriles para regar las plantas. Esa fuerza de la naturaleza de dar vida me pareció que también podía curar enfermedades, y así comencé jugando a curar pacientes.

¿A qué se dedicaban sus padres?

Mi padre era ingeniero. Construyó edificios, escuelas y hospitales. Mi madre se dedicaba a cuidar a sus seis hijos. Éramos cinco hermanos y una hermana terribles…, mi mamá tenía que estar cosiéndonos la ropa que destruíamos porque en ese entonces a mi papá no le alcanzaba el salario para comprarnos a cada rato ropa nueva.

¿Cómo es su relación con el personal del hospital?

Bellísima, desde los profesionales más eminentes hasta los que sirven la comida y limpian el hospital, merecen mi respeto.

Y aquí estoy. Primero fui interno, después practicante de cirugía pediátrica, luego fui a Suiza a especializarme a través de becas en cuidados intensivos, luego a París en cirugía pediátrica. Después estudié administración hospitalaria y un doctorado en Sociedad y Cultura. Me encanta y disfruto mucho del estudio, sobre todo del ser humano como tal.

¿Cómo se describe usted como persona?

Sencillo… Todavía consigo tiempo para hacer visitas domiciliarias a 300 familias de pacientes sumamente pobres en el pueblecito de Orotina. Sin embargo, esa gente me regala frutas y regreso cargado de cariño, de piñas y de mangos.

¿Qué tal su familia?

Le doy las gracias a Dios por tener una extraordinaria esposa, quien tiene más de treinta años de ser maestra de primaria. Tengo una hija de 21 años y un hijo de 17. Soy una persona completamente feliz.

¿Viaja de vez en cuando a Nicaragua?

Cada mes visito a mi madre en Cuajachillo. Mi padre, quien me enseñó muchos valores en la vida, murió lamentablemente hace dos años en un siniestro ocurrido en nuestra casa. Él, que tenía 80 años y no podía caminar por un accidente, prefirió que la enfermera sacara a mi madre de las llamas.

Su pasatiempo favorito…

Como padezco de una hernia en la columna, de cuatro a cinco de la mañana me dedico a nadar para contrarrestar el dolor sin necesidad de recurrir a la cirugía. Pero mi pasatiempo favorito es cocinar.

¿Qué comida nica le gusta?

¡De todo! Hace poco llevé a Orotina a unas compañeras enfermeras costarricenses a visitar un proyecto, y les ofrecí vigorón servido en hojas de almendro, que por cierto les gustó mucho. A mí me encanta la moronga, el “bajo”, el frito, la sopa de albóndigas que me tiene mi madre en cada viaje. ¡Ah!, y la tajada frita con queso, por supuesto, aunque a esta edad hay que tener más cuidado con la grasa.

¿Qué admira de la gente de su país natal?

Admiro la fortaleza de nuestros campesinos, su capacidad de afrontar el sufrimiento y salir adelante. Su sencillez… (Al doctor, otra vez, se le vuelve a entrecortar la voz, se le humedecen los ojos y dice): Perdoname, pero es que me hacés recordar otras cosas… a mi padre. Yo soy muy feliz, estoy agradecido con Dios y admiro la sencillez y la capacidad de la familia nicaragüense para buscar soluciones a sus situaciones más difíciles.