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Después de muchas horas de escuchar el cantar de gallos finos y El Polvorete, en la voz de Vicente Fernández, finalmente empieza la acción. A ubicarse todos en el redondel, a alistar la garganta porque serán largas horas de gritos y de mucha adrenalina; a contar el dinero, si acaso quiere apostar; a buscar el lugar donde pueda observar bien cada picotazo.

Dos gallos criollos con plumas rojizas que se distinguen entre sí por el color del cuero donde va ensartada la navaja corta, abren este torneo, que promete durar unas 15 horas. Un picotazo y sale un “¡esuuéé!”. Dos, tres, cuatro picotazos y más “¡esué, esué, esué!”. Cinco, seis picotazos, la sangre empieza a correr. Más sangre y más “¡esué, esué, esué, esué!”.

Antes de entrar a una gallera se deben aprender muchas cosas. Una de las primeras es que si tiene previsto apostar, puede coger y poner. Lo primero es más beneficioso porque ganará el 100% de la apuesta. Si pone, cobra solo el 80%. Sepa también que “esué” no es una palabra en otro idioma ni una clave usada por galleros. Simplemente está pronunciada en buen nica. Sin eses y de corrido: “¡Eso es!” La repetirán cada cinco segundos en las peleas con el fin de alentar a los gallos.

Estelí, 4:40 p. m., sábado 23 de marzo. Rosaura Coleman, una comerciante jinotepina conocida como “La Paca”, ubicada justo en la primera fila del redondel, está aquí sentada desde el mediodía. A pocas sillas se encuentran su suegra, de 85 años, y su cuñado. Su esposo está atrás.

“La Paca” conoce a todos los galleros presentes, pues se los ha encontrado desde hace ocho años en todas las galleras que suele frecuentar. Conoce la raza de sus gallos, quiénes los cuidan, quiénes los sueltan, quién apuesta más o menos, con quiénes llegan a las peleas, si son de El Rama, de Muy Muy, de Masaya o León; en qué trabajan y en qué no. Desde su asiento se aprecia todo y se corre el riesgo de ser pringado con sangre de gallo.

Para ocupar este sitio llegó al mediodía, alquiló un vehículo, compró un pollo, aliñó fresco y prestó US$500. Su difunto suegro metió a toda la familia en esto de las peleas de gallos. Vestida de rojo, doña Rosalina Tapia, la suegra de “La Paca”, tres sillas a la izquierda suya, pide que no le hagan fotos, y cuenta que desde “uuhh…” visita las galleras. La anciana no pestañea mientras duran las peleas. Esta, la primera, no ha movido mucho dinero, los dueños de las aves apostaron apenas C$10,000.

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Norlan Estrada, a quien “La Paca” identifica como uno de los mejores cuidadores de gallos en Carazo, es un chavalo ojos color miel, serio, que trabaja de albañil, y cada día atiende a un centenar de estos animales. “Si el gallo es mediocre, se aparta”, explica, mientras saca a uno de los que requieren mayor cuido y tiene navaja larga.

A pocos metros de la jaula donde están los gallos que cuida Estrada, está Elvin Díaz, un productor de café que viajó desde Jalapa para participar en el XV Torneo Nacional de Gallos, organizado por la revista Gente de Gallos, del reconocido gallero Mario Tapia.

Díaz y su hermano vinieron desde las 6:00 a. m. a Estelí para que los gallos pudieran descansar, cuenta, mientras carga a un gallito tembloroso de raza española que tiene plumas blancas.

En su finca, de unas tres manzanas, tiene casi 300 gallos. “Estos gallos se champusean para evitar el piojillo”, dice Elvin Díaz, quien trajo en su maleta algunas hamacas para descansar por ratitos, pues pretende quedarse hasta que concluya el torneo, a las 9:00 de la mañana del siguiente día.

Huele a pollo frito, a cebolla frita con salsa inglesa y a sudor. Pocos toman licor. En una esquina, sobre una mesa, un grupo de seis juega desmoche, otros están sobre las hamacas cercanas a las jaulas donde descansan sus gallos. Los más platican. Hay poquísimas mujeres.

 ¿Quién, pudiera tener la dicha que tiene el gallo? ¡Racatapun-chin-chín el gallo sube! Pronto empieza el torneo. Los hombres cargan sus animales, los pesan y casan las peleas luego de acordar el monto de la apuesta y de verificar si ambos gallos tienen el mismo peso y la misma navaja. Los gallos que para los ignorantes lucen simplemente elegantes y con el plumaje muy bien cuidado, son los que tienen navaja larga. Los chiquitines, rasurados en el lomo, son los de navaja corta.

Aquí no hay, que digamos, un centro de apuestas como tal. Cuando inicie el torneo se podrá ver que los galleros se comunican entre sí por la mirada. “¿Apostamos?”, preguntará uno moviendo la cabeza; y otro, en el extremo contrario, le contestará de la misma forma. Con las manos acordarán la suma de la apuesta. Luego todos harán lo mismo y al mismo tiempo.

“Los galleros somos de lo más honorables. Cumplimos sin que haya una firma, sin una escritura. ¿Que qué pasa si alguien no cumple? Se convierte en un paria, es marginado. Este es un deporte de caballeros. Somos como una logia”, dice Uriel Rodríguez.

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Sangre y más sangre. El gallito criollo nada en sangre. La pelea no duró mucho, y dejó al hondureño con C$10,000 más y a “La Paca” con C$500 menos.

La segunda pelea queda tablas, que es lo mismo que decir que no hubo ningún ganador. La tercera apenas empieza. Los primeros en entrar al redondel son los soltadores, una especie de paramédicos que tienen entre su oficio la ingrata función de chupar la sangre de la herida del gallo para que no se asfixie.

“A los hombres todo les da asco, pero esto no”, comenta ‘La Paca’, mientras explica por qué el soltador chupa alegremente la herida del gallo.

El ambiente se empieza a calentar. Gritan todos a la vez, y es imposible que alguien que llega por primera vez a una gallera comprenda qué se dicen. “Estamos apostando”, grita excitada “La Paca”. Y agrega: “Mirá a los burreros, esos son unos que gritan para apostar, contratados por otros que no quieren gritar”.

“Te cojo a siete…”. “Te cojo a ocho”. “¡Te pongo, pues!”. Y vienen los “esué”. Un picotazo y otro “esué”. “¡Tírele de frente, hijueputa…! ¡esué!”. Un muchacho de enormes piernas, tiene la cara embarrada de sangre porque chupa insistentemente la herida de su gallo. Dos cubanos, que fuman apresuradamente sus puros, sentados cerca de “La Paca”, analizan la competencia: “Al gordito le conviene que el juez pare la pelea…”. Y por otro lado sale un “¡Dele, gallito hijueputa!”.

La pelea termina, nuevamente, tablas. “El pobre gordo ha dado la pelea. Se ha embarrado más de sangre que el gallo”, comenta jocoso uno de los cubanos, refiriéndose al soltador que hace poco revivió a su gallo succionándole la sangre.

La noche apenas está iniciando. A las 9:00 las peleas serán mejores y más seguidas. Habrá uno que otro desacuerdo por la sentencia del juez. Los hombres beberán más licor. Unos galleros hondureños serán los que ganarán la mayor cantidad de plata, C$150,000, y doña Rosalina, la señora de 85 años, partirá a su casa en Masatepe a las 4:30 a. m., cinco horas antes que termine el torneo.

Tras casi 20 horas de juego y de ver más de 100 peleas, “La Paca” regresó a su casa con C$5,000 más. La próxima semana no planea ganar. Estará, igual que todos los que ahora gritan “esué”, apostando en una gallera de Niquinohomo. Esta vez no para regresar con los bolsillos llenos, pues dice que recolectarán dinero a favor de los niños con cáncer.

Razas de Gallos

En Carazo los galleros prefieren los gallos de razas gringas. En el resto del país las indias, paquistaníes y españolas.