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Hombre de ideas, Carlos Cuadra Pasos sustentó lo que él llamaba las esencias tradicionales de Nicaragua, manteniéndose al tanto de las corrientes renovadoras del pensamiento moderno, no obstante su arraigado conservatismo. Desde esta perspectiva, desplegó un permanente magisterio intelectual, siendo además una figura conciliadora y civilista que no sólo entregó su inteligencia al servicio de su partido, sino al de la patria.

En su vida privada, encarnó —como un Quijote contemporáneo— la herencia española de vivir la pobreza con dignidad e hidalguía. Sus aportes historiográficos corresponden a la de un memorialista ameno e inteligente. De hecho, se vinculan a su vida pública, ejerciendo en ellos casi una función de autobiógrafo; de tal manera que, aludiendo a una frase de Herbert Spencer (el defecto inevitable de toda biografía es poner en relieve sólo las cosas llamativas), formuló su propia concepción del género: prescindir de la jactancia y de la novela que todos vivimos con la imaginación.

Hombre de diálogo

En los años 20 y 30, Cuadra Pasos alcanzó dimensión continental por su oratoria lúcida en congresos interamericanos, como el de La Habana en 1928, donde se perfiló como un preclaro representante del Derecho Internacional. Pero su lección principal fue enseñar con la palabra y el ejemplo, no sólo a investigar e interpretar sino a vivir y revivir la historia como diálogo, su razón vital. El partido único lleva al monólogo. (Monologar es dictar: dictadura)... En Nicaragua ha faltado este diálogo sedante de la convivencia que nos lo exige la forma espontánea en que se ha estructurado nuestra política —dejó escrito en sus apuntes para su célebre “Discurso sobre el diálogo”. Con esta actitud política, logró influir en las constituciones de 1939 y 1950, incorporando principios conservadores.

Síntesis biográfica

Pero también fue orador —uno de los más impactantes de Nicaragua—, abogado, ensayista e historiador. Nacido en Granada el 20 de abril de 1879, fueron sus padres José Joaquín Quadra Lugo (1822-1880) y Virginia Pasos Arellano (1844-1906). Hizo sus estudios elementales en el Colegio de Señoritas y la primaria y secundaria en el Instituto Nacional de Oriente, donde se bachilleró en 1895. Siguió la carrera de Leyes en la misma Granada, doctorándose en 1904, con una tesis sobre El divorcio. Ejerció su profesión, especializándose por iniciativa propia en Derecho Constitucional e Internacional. Impartió cátedras de ambas disciplinas y de Oratoria Forense en la Facultad de Derecho de su alma mater. Fue diputado a la Constituyente de 1911, precandidato de una fracción del conservatismo a las elecciones de 1916, 1924 y 1928 (Emiliano Chamorro fue su victorioso contrincante), senador entre 1924 y 1930, miembro de la comisión redactora de las reformas constitucionales en 1939 y otra vez diputado, por seis años. Igualmente tuvo a su cargo el Ministerio de Relaciones Exteriores en 1923 y en 1928. Integró la delegación nicaragüense a las Conferencias Interamericanas de Santiago de Chile (1923), La Habana (1928) y Montevideo (1933).

Fundó con otros seis intelectuales la Academia Nicaragüense de la Lengua, de la que fue director en dos periodos. Miembro del Instituto de Derecho Internacional Americano, de la Real Academia de Artes y Letras de San Fernando de Cádiz, y del Tribunal de Justicia de Nicaragua, recibió varias condecoraciones, entre ellas La Orden de San Silvestre —otorgada por Juan XXIII— y las de Alfonso X el Sabio e Isabel la Católica. Falleció en su ciudad natal el 29 de enero de 1964.

Libros y folletos

Su obra admite dividirse en folletos de carácter oficial, como su Discurso... en el acto solemne de la Jura de la Bandera (1922); en textos y conferencias de índole jurídica, política y partidaria, entre otras: La usura: propuesta de ley para combatirla (1932), Reforma de la constitución en cuanto a la organización de los poderes públicos (1932), Mensaje a los conservadores de Granada (1950), etcétera; en ensayos representativos de su posición ideológica: Posibilidades de la existencia del comunismo en Nicaragua (1937), El pensamiento político del Dr. Cuadra Pasos (1950) y Meditaciones sobre el comunismo (1962); en exégesis historiográficas: La lista de Tácito (1949), Dos hombres: dos historias (1961); en los resúmenes lúcidos: Historia de medio siglo (1964) y La intervención (1965); en los recuerdos autobiográficos: Cabos sueltos de mi memoria (1966) y en la monografía familiar: Los Cuadra: una hebra en el tejido de la historia de Nicaragua (1967). Ambas se insertaron en el volumen 1 de sus Obras (1976).

Otros trabajos suyos fueron prólogos, obituarios, discursos políticos y de contestación a miembros de la Academia Nicaragüense de la Lengua, cuya fundación gestionó desde 1923 —cuando fue elegido académico correspondiente de la Academia Española— hasta concretarla el 9 de agosto de 1928.

Fidelidad a la tradición española

Ahora bien: el pensamiento del doctor Cuadra Pasos no se explica sin su fidelidad a la tradición española, originada de dos autores que estimularon sus estudios de la filosofía y de la política: Jaime Balmes (1810-1848) y Juan Donoso Cortés (1809-1853). Así lo confiesa: Mi joven inteligencia osciló entre las exaltaciones de la prosa grandilocuente de Donoso y el razonar medido del estilo de Balmes. Tal vez sería Donoso el primero que despertó mi vocación hacia el ejercicio de la oratoria, en que he resbalado. En cambio, Balmes afirmó mis ideas dentro de la pausa de obligada meditación, que invitaba a no soltarlas en desorden, por el impulso de loca inspiración. No podría decir cuál de los dos autores dominó mi ánimo de lector.

También Cuadra Pasos reivindicó la dimensión creadora del mestizaje que no excluía “el pringue de África” del coloniaje, asumido por él como herencia legítima. Así escribió: Los mulatos constituyeron un factor de ascenso social, venciendo intransigencia y menudos reparos de los que en todo tiempo han creído detener la corriente de la historia con deleznables barreras de orgullo.

Al mismo tiempo, recurría a su formación personal o autodidacta de índole clásica para interpretar los fenómenos culturales, principalmente el de Rubén Darío: excelso hispanoamericano, nicaragüense de nacimiento y crianza, consagrado en la admiración de su pueblo, que nos está resultando eterno como Virgilio. En la breve historia de Nicaragua han corrido aventuras pequeños Augustos, hechos a su medida, por una política contradictoria y vehemente. Han pasado por su escenario y se han esfumado en la oscuridad de los bastidores de la muerte. En tanto Darío permanece. Por muchas razones creo en la perennidad del idioma castellano, pero si muriera como el latín, la música de Darío, como la de Virgilio, sería siempre apreciable, cuando alguien despertara sus notas en la lira desenterrada del sepulcro de la lengua.

Una estética de la educación

Asimismo, el intelectual granadino formuló una estética de la educación: la misma que, asumiéndola en la vida diaria, la remontaba al ejemplo de San Francisco de Sales. Efectivamente, en su discurso de contestación al del académico leonés Santiago Argüello, evoca que ese santo comía con finura y andaba acompasado en su celda, practicando los buenos modales como si estuviera en un salón o fuera un duque delante del Rey. Y esto fue Cuadra Pasos: un hombre útil a sus semejantes, de naturaleza armónica —tanto expansiva cómo concentrada— que supo proyectar con plenitud su personalidad.

Buscando las raíces de la estética como forjadora del espíritu, no podía faltar en sus disquisiciones la monumental presencia de don Marcelino Menéndez Pelayo, de cuya Historia de las ideas estéticas citó el diálogo de Jenofonte perteneciente a sus “Recuerdos socráticos”: llamo hermoso y bueno todo lo que es acomodado a su fin. Pero lo que es hermoso en la carrera resulta feo en la palestra, la casa que es buena para el invierno es mala para el verano.

Para nosotros los cristianos —resumía Cuadra Pasos— la belleza absoluta sólo ha residido en la tierra en el Verbo Encarnado, que al decir de Menéndez Pelayo, “aunque no vino a enseñar estética, presentó en la persona y en la unión de sus dos naturalezas el prototipo más alto de la hermosura, y el objeto más adecuado del amor, lazo entre los cielos y la tierra”.

Humanista cristiano y socrático

Humanista cristiano, también lo fue socrático en el sentido de predicar a tiempo completo, en las tertulias y en los trenes, en el aula universitaria y en el parlamento, en las asambleas internacionales y en las convenciones políticas; de exteriorizar su magisterio por una imperiosa necesidad de darse, de entregar todo lo suyo a los demás. Él recibió cuanto su ambiente le ofrecía —anota José Coronel Urtecho— sin rechazar nada, mostrando una amplitud intelectual que no igualó ninguno de los hombres de su generación, y que en lugar de disminuir en el transcurso de la vida, no hizo más que aumentar con los años.

 

Oratoria culta y popular

En su dimensión de escritor, estrechamente relacionada con la oralidad, Eduardo Zepeda-Henríquez advirtió en él su esencia castiza, de casta: hijo y padre de generaciones. Fue castizo en el único sentido del vocablo; pero no en el contrasentido de imitar al pasado. Tampoco tuvo don Carlos el respetable oficio de restaurador de antigüedades. Él demostró que la tradición literaria es algo vivo y, por ello, con capacidad de asimilación. Vivía atento a lo que le llegaba del universo, y su castellano mismo se enriquecía de vocablos y giros nicaragüenses.

Y sobre su oratoria, el mismo Zepeda-Henríquez afirmó: su palabra fue moderada y no moldeada; barro de resignación, bajo la voluntad de las manos del artífice. La palabra de don Carlos era culta y popular, a la vez; era caudal de sabiduría y caudal de opinión.

En resumen: el doctor Carlos Cuadra Pasos fue una persona abierta y dialogante, caballerosa ante todo, poseído de la gracia que no se compra; de una consistencia humana que le permitía ser, simultáneamente, generoso con el prójimo y digno como personalidad exenta de vano orgullo. Consistencia que supo mantener en medio de las vicisitudes de nuestra política artera, sin leyes y sin entrañas; y que obedecía a una existencia marcada por su humanismo socrático y cristiano.

No puedo concluir este perfil personal sin recordar su augusta figura y fecundo verbo memorable que tuve la suerte de escuchar en mi adolescencia granadina; igualmente, de esos días data mi admiración por su personalidad, por su experiencia como protagonista clave de la historia contemporánea de Nicaragua y de su tradición viva.

En fin, Cuadra Pasos predicaba siempre que para entenderse en el presente hay que comenzar por entender el pasado. Todo pueblo tiene pasado -anotó-, pero no siempre tiene conciencia de su pasado que es la conciencia histórica. Y esta demostró poseerla en grado máximo.