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Durante tres siglos fue la ciudad perdida. Generadora de mitos y casi leyendas, todos daban fe de que había existido, pero cual Antártida, se consideraba casi imposible encontrar sus vestigios.

Sin embargo, la terquedad del doctor Carlos Tünnerman Bernheim, logró contagiar a amigos muy cercanos, al punto de que emprendieron la fantástica aventura de buscar las ruinas de León Viejo.

“Fue algo que desde que era estudiante universitario pensaba que debía investigarse, porque creía que estaban en algún sitio y que solo era cosa de trabajar para llegar a ellas”, afirma el doctor Tünnerman.

Siendo rector de la Universidad de León, el doctor Tünnerman afirma que logró entusiasmar con la idea a sus colegas en la universidad, entre ellos el doctor Edgardo Buitrago y su esposa, doña Mariana Sansón, y resalta como dato curioso que el equipo que conformaron estaba integrado por matrimonios.

“Yo iba con mi señora, Rosa Carlota; el doctor Buitrago con doña Mariana Sansón; Alejandro Serrano Caldera con doña Geovanna, y don Alfonso Argüello con su esposa”, mencionó.

Según explicó, el primer paso que el grupo de aventureros dio fue reunir documentos, así que contrataron los servicios de Carlos Molina Argüello, un historiador nicaragüense que tenía muchos años trabajando en el Museo de Indias, en los archivos de Sevilla, y él les mandó mucha documentación sobre la antigua ciudad de León, de historiadores como Eduardo Pérez Valle.

El cúmulo de documentos era inmenso, pero una vez procesada la información decidieron trasladarse al sitio.

“En esa época el poblado de Momotombo tenía un pequeño puerto, que en una época fue muy importante, cuando no había ferrocarril hasta Managua. El ferrocarril llegaba hasta La Paz Centro, de ahí había un ramal que iba hasta el puerto de Momotombo y luego hasta Managua, atravesando el lago”, explicó el entonces rector, que se había adentrado en lides de arqueólogo.

Según ilustró, los viajeros de Europa hacían esa travesía iniciada en el puerto para llegar a Managua, incluso, afirma que Rubén Darío, en 1907, usó esa vía para transportarse a la capital.

“Cuando empezamos el trabajo, no había carretera de acceso; la gente iba en mula o en carreta, en el único vehículo que podía transportarse era en un jeep, porque el camino era una antigua trocha donde habían estado los rieles de La Paz Centro”, recordó.

Los mitos de la ciudad

Cuando ya estaban en el “territorio de interés”, iniciaron a recopilar testimonios entre los habitantes, quienes tenían como discurso tradicional que la ciudad estaba sepultada en el lago.

“Algunos pescadores con una gran imaginación decían que en las noches de luna llena habían visto las torres de la catedral de León Viejo debajo del agua. Otro dijo que se oían sonar las campanas de la catedral debajo, en las profundidades. Pero eso no era producto solo de su imaginación, porque en la Historia de Nicaragua, de Tomás Ayón, se lee que hubo un terremoto, y una parte del lago se vino sobre la ciudad y la sepultó. Incluso, El estrecho dudoso, el libro de Cardenal, termina cuando los habitantes ven con horror que el lago crece y cubre la ciudad”, aseveró el doctor Tünnerman.

Sin embargo, él y su equipo explorador, sobre la base de la documentación que tenían, estaban seguros de que la ciudad estaba sepultada.

“Nuestra tesis era originada en el hecho de que por las cenizas de las erupciones del volcán Momotombo y porque en el lugar donde estaba la ciudad había grandes corrientes de lodo en los inviernos, la ciudad había quedado perdida entre las cenizas volcánicas y entre varias capas de lodo”, aseguró.

Después de recorrer varias veces el sito y de no encontrar nada, alguien les comentó que el ingeniero Francisco Pereira Baldizón, un anciano mayor de 80 años, había estado en 1931 con Luis Cuadra Zea en un potrero de la finca El Diamante, donde habían visto un tumulto, y dijeron que ahí estaba la ciudad, y se tomaron una foto con una inscripción en la que lo aseguraban.

Así que fueron donde el señor, con la certeza de que con él iban a encontrar el tesoro arquitectónico, pero una vez que llegaron el señor se perdió, y cuando ya estaban prácticamente decepcionados, sucedió algo novedoso.

Una huaca de ladrillos

“Era el 26 de abril de 1967. El calor estaba insoportable, íbamos súper asoleados y nos sentamos en un lugarcito donde vendían cervezas bien heladas. De pronto vi en frente de mí un horno hecho con unos ladrillos enormes, muy diferentes de los que hacen en La Paz Centro. El brocal del pozo era igual, entonces, movido por la curiosidad, le pregunté a la dueña del establecimiento dónde los compraba, y para mi sorpresa me respondió: ‘Yo no los compro, aquí hay una huaca de ladrillos. Hacemos un hueco y comienzan a salir los ladrillos. Aquí hay gente que hasta casas está construyendo con ellos‘”, refiere aún con visos de emoción el Dr. Tünnerman.

De inmediato pidió a la señora que les mostrara la “huaca”, y ella amablemente los envió con un trabajador, y “nos encontramos un hoyo rodeado de ladrillos”.

Y no es que la tierra produjera por arte de magia los ladrillos, sino que estaban desmantelando las paredes de lo que fue la Catedral que creían sepultada en las aguas. Ahí mismo encontraron los cuerpos de Francisco Hernández de Córdoba y de Pedrarias Dávila.

 

Importancia trascendental

La importancia de las ruinas de León Viejo fue ratificada en 1994, cuando las nombraron Sitio Histórico de Interés de la Nación. En 2000, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Unesco, las declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad.

 

Tarea difícil

El proceso de excavación de las ruinas de León Viejo no fue tarea fácil, según reconoce el doctor Tünnerman, así como tampoco fue sencillo que se legitimara el hallazgo, sin embargo, vinieron historiadores de Costa Rica, expertos en humanismo arquitectónico colonial de diversos países, y todos
testimoniaron que, efectivamente, eran las ruinas de León Viejo.
Y su importancia fue ratificada 27 años después, cuando en 1994 fue nombrado Sitio Histórico de Interés de la Nación. En 2000, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Unesco, las declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad.