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Entre los grandes prosistas de Centroamérica, Carlos A. Bravo ocupa un señero sitial por su invención literaria de Nicaragua: de su paisaje y su gente. En prosa ágil y amena, realizó esa tarea a lo largo de muchos años, alcanzando su momento más alto a través de sus famosas conferencias radiales durante los años 50 y 60. Por eso se acreditó el título de profesor honoris causa de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua el viernes 24 de julio de 1970.

Homenaje de la UNAN al profesor de profesores

El acto, según El Mundo, último diario impreso de Granada, se realizó en la propia casa del ilustre hombre de letras y tomaron la palabra el doctor Carlos Tünnerman Bernheim, Enrique Fernández Morales y yo. En realidad, la docencia era una de las vocaciones del homenajeado (profesor de profesores lo llamaban): un hombre lleno de vida e historia.

Chontaleño y granadino

Nacido en San Miguelito, entonces departamento de Chontales, el 6 de agosto de 1882, siempre estuvo vinculado a Granada —donde vivió la mayor parte de su existencia— convirtiéndose en granadino excepcional y en granadinista. Esto es: en personaje único que asimiló el tradicional espíritu de la ciudad, amigo de la fisga y el humor punzante, pero con un alto sentido de la finura. Sin embargo, en sus conferencias era serio y revelaba su talante de lector culto y modelo de intelecto ávido de letras universales y americanas, de geografía y pueblo.

Pasó sus primeros años en San Carlos, adonde su padre había sido nombrado comandante, y en El Rama, llevado por su hermano Salvador, profesor único de esa localidad. Su familia lo envía a Bluefields y en 1894 ve entrar a los soldados nicaragüenses al inicio del proceso de la incorporación de la Mosquitia. Interno en el Colegio Moravo, se gana una beca por concurso para perfeccionar el inglés en Nueva Orleans y cursa dos años en el Soullye College. Retorna a Bluefields y frecuenta la notable biblioteca de la Misión Morava.

Al participar su hermano en la rebelión del intendente Juan Pablo Reyes contra el gobierno de Zelaya (febrero, 1889), se dirige al interior del país. En Diriamba siembra maíz, se desempeña como escribiente de la Alcaldía y, al cabo de cuatro años, se traslada a Granada. Allí labora en una tienda y en el Club Social. Entonces el presidente de ese Centro, Esteban M. Vargas, le ayuda para ingresar al Colegio San Ramón, en León, y seguir la carrera eclesiástica; pero apenas llega a seminarista tonsurado.

El Diario de Granada y El Heraldo de Bluefields

En 1904 asiste como alumno al Instituto Nacional de Oriente, gracias a su director Gustavo Guzmán; y luego trabaja como redactor del Diario de Granada, dirigido por Manuel Coronel Matus. A finales de 1905 dirige una revista literaria: La Pluma. En 1907 conoce y entrevista a Rubén Darío. En 1909 colabora en Laurel solariego con un artículo sobre Los Raros. Al suicidarse Coronel Matus, y tomar el poder los conservadores, se le hace difícil la vida en Granada, con detenciones y registros domiciliarios; decide pues regresar a la Costa Atlántica con un amigo.

En 1911 funda El Heraldo de Bluefields. El 17 de julio de ese año publica en ese periódico su artículo “Don Enrique Guzmán” al enterarse de la muerte de este. Pero regresa pronto a Granada y hace amistad con el ministro de la Guerra, Luis Mena, a quien visitaba diariamente en el Convento de San Francisco —convertido en cuartel— durante la resistencia contra la primera intervención militar de los Estados Unidos. Serenadas las pasiones, vuelve a ganarse la vida escribiendo y dando clases.

El “batiburrillo” y el bachiller en letras

En 1912 publica en El Diario Nicaragüense su primer “batiburrillo”, género literario que inventa. “Usted escribe como Eugenio d’Ors” le advierte Pedro J. Cuadra Ch. En 1914 el gobierno conservador lo envía a colaborar con el cónsul de Nicaragua en Nueva York, Humberto Pasos Díaz, su amigo de la adolescencia; sin embargo, retorna al poco tiempo. En febrero de 1916 lee en la Universidad de León un discurso sobre Rubén Darío, reproducido en la revista del Ateneo de El Salvador, sobre las honras funerales del poeta. Redacta El Correo de Granada. En 1919 el ministro de Instrucción Pública, David Arellano, le autoriza un examen de Bachiller en Letras y obtiene el diploma correspondiente el 15 de mayo del año referido, habiendo elaborado su tesis sobre Miguel de Cervantes. Así se le admite en la Escuela de Derecho, carrera que cursa hasta el tercer año.

El Instituto Nacional de Oriente

Inmediatamente se consagra a la enseñanza en el Instituto Nacional de Oriente, de donde —entre 1926 y 1927— “hombres armados con rifles me sacaron 18 veces para ponerme en la cárcel, pero mis exalumnos —la mayor plana del gobierno conservador— se encargaban de liberarme”. En 1928 contrae matrimonio. De 1929 a 1932 ocupa en Managua el cargo de secretario privado de la presidencia de la República. Regresa a Granada, al Instituto, colabora en las principales revistas. Pierde a su esposa y escribe unas amenas “Cartas a mi mujer”, otra forma de “batiburrillo”. Visita y explora, cada vacación escolar de tres meses, toda Nicaragua, principalmente Chontales y la Isla de Ometepe.

El 13 de marzo de 1949 ingresa a la Academia Nicaragüense de la Lengua. En 1951 es nombrado director del INDO. Luego dirige el diario Novedades y, de 1957 a 1962, la Biblioteca Nacional. Simultáneamente, la Radio Mundial de Managua divulga los domingos sus conferencias grabadas, desplegando una amplísima difusión cultural entre las masas. Por fin, manteniendo una actitud semejante a la del pájaro que no mira en el suelo desde la rama en que canta, recibe el citado homenaje de la UNAN.

Nicaragua / Teatro de lo grandioso

En un solo libro Julio Valle Castillo antologó su prosa: Nicaragua / Teatro de lo grandioso (1993); una prosa que se apropia del paisaje como totalidad, utilizado un tono coloquial, propio, de frases cortas y precisas descripciones. Una prosa a través de la cual delinea retratos y evoca recuerdos, traza estampas, cuenta anécdotas, relatos y forja discursos y ensayos. Un común denominador la sustentaba: el amor a su tierra y a su gente. He aquí parte de la temática de Carlos A. Bravo, condensada por el suscrito, quien tuvo la suerte de conocerlo a sus 7 años.

“Un señor de traje blanco y anteojos que lee o escribe”

Entre libros, rodeado de silencio y estatuillas, don Carlos inventa el paisaje de un país desconocido y deletrea los invencibles rostros de mi pueblo. Yo le admiro con temor. Pero no sé nada.

Ignoro el remolino de Tilba Tara, en el kilométrico y anchuroso río Coco, que va dando traspiés, cayendo y levantándose, formando unas eses gigantescas, gruesas y terribles. Ignoro la marcha de los niños de Ducualí, al pie de la montaña, con rifles de madera y limpios trajes remendados; su lenta, respetuosa izada de la bandera azuliblanca, mientras dos guitarrillas y una guitarra ejecutan el Salve a ti, Nicaragua. Ignoro los pájaros tristes: al saltarín Maromero y al Pitorreal del que se hacen lengua los boteros. Al dichoso fui (que dichoso fue) y al Taltacao. Al arisco Espíritu Santo que tiene como estrella en el pecho y al que mora bajo la claridad nocturna de las pozas solitarias: el Pájaro del Sol y de la Luna.

Ignoro la llanura del Muchigüiste en el departamento de Estelí, apresada entre colinas cubiertas de cielo por las tardes y de niebla transparente por las mañanas. Ignoro los castellanos viejos de los valles remotos que no saben leer ni escribir y pronunciar facer, fermosura, agora, luengo, mesmo y se llaman Santiago Zeledón y Rizo de la Torre, Ambrosio de Castro y Montenegro, Altagracia Zayas y Dulce Esperanza Ruiz, niña de largas manos finas y blancas. Ignoro la Mayito, menuda, olorosa, enrojecida en partes y de oscilante llama. La Flor de Ropa, blanca y orejona. La Samba, entre roja y amarillo. La Estanciera, trozo de crepúsculo encendido y La Alcahueta, mensajera del amor.

Ignoro al “Corbata”, el toro de Toribio Reyes y las tobobas de Palo de Arco que mataba el sumo Alberto Roca con su bordón. Ignoro al ometepino Dimas Barrios que cogía su machetito, cuando necesitaba comprar algo, hacia el volcán Concepción y volvía con puñados de tierra reluciente de pepitas de oro. Ignoro a José Balbino Conde, de las isletas, pescador de sábalos reales y guapotes, de barcinos y mogas, bagres y mojarras. A Benvenuto Aguirre, de Urbaite, lampiño y de cara casi cuadrada y ojos vivos. A Jesús Taisigue, tuerto y agorero. A Juan Jirón, el solitario de San Pío, un viejo hirsuto, quemado por el sol de llano, huesudo, alto como un guachipilín.

Ignoro la palabra Urikutúcara (llanura ondeante) con que los guatusos bautizaron el Gran Lago. Todo esto lo ignoro. Y la vida de don Carlos, naturalmente. Ignoro que enseñaré, como él, a su hijo. Que seré escritor, como él y será su hijo. Y que le promoveré un homenaje nacional en su propia casa de la Calle Caimito (antigua Calle Ordóñez) en la que estará presente su hijo que no ha nacido. Porque soy un niño que regresa del Colegio María Auxiliadora con su bulto y él un señor de traje blanco y anteojos que lee o escribe antes del mediodía. Un gigante que todavía muchos no alcanzan a ver.

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