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Entre ese montón de pies de adultos, tirada en el piso, la pequeña Haydée Palacios, una niña blanca, de pelo lacio y ojos tristes, venida al mundo junto a otro niño, admira a un grupo de hombres y mujeres que bailan al compás de las marimbas. Tirada allí, sucia y sudada luego de horas de andar tras los bailarines, no tiene conciencia de que sus padres recorren la folclórica Masaya buscándola.

La historia se repite a diario. La misma niña, el mismo fervor y los mismos padres buscándola. Hoy puede ser en el barrio San Jerónimo, mañana en Monimbó o en el San Sebastián, hasta que un día ambos progenitores, pero sobre todo la madre, comprenden que la chavala no puede sino andar detrás de los bailarines.

Baila sola y baila bien. Baila espontáneamente. Es introvertida, pero bailadora. Hoy, aquella niña que creció entre los grupos de baile que recorrían Masaya de casa en casa, ha sobrepasado las seis o siete décadas de vida. No quiere precisar la cantidad exacta de años que lleva a cuestas, pero sí cuántos lleva masificando y estudiando el folclore: 50.

Haydée Palacios, la maestra que un día dejó las tizas para dedicarse a enseñar a bailar folclore desde las aulas, recuerda cómo empezó. Sentada en su casa, con su voz pausada, esta mujer introvertida, pero de mucho carácter, recuerda que su sueño era que en las escuelas se enseñara a bailar la danza nacional, aquella que se bailaba en las calles de su natal Masaya.

“En aquellos tiempos los directores sentían que en las escuelas no era necesario enseñar folclore. Decían que no era importante. Pero finalmente logré que me dieran la oportunidad de enseñar en la Nacional de Comercio. Empecé dando clases en los primeros tres años, y había muy buena acogida. Allí formé el primer grupo de danza, que estaba compuesto por 60 bailarines. Recuerdo que antes que compitieran el Bóer y el Cinco Estrellas, los muchachos bailaban. Luego de eso me llamaron del Primero de Febrero”, rememora.

"Mi meta era masificarlo", dice desde su casa, de cuyas paredes cuelgan fotos de sus bailarines, reconocimientos, fotos en el Teatro Nacional Rubén Darío y una infinidad de vestidos de diferentes colores y tamaños, que están ordenados y colgados en distintas bodegas.

“Luego me llamaron del (Ramírez) Goyena. En aquel entonces salía de la casa a las 7:00 de la mañana y regresaba a las 10:00 de la noche, por eso mis hijos me reclamaban, por eso ellos ni bailan. Mi problema era cuando había competencia entre los colegios. A los del Primero de Febrero les gritaban "orejas", porque allí estaban hijos de guardias, y a los goyenistas ‘roba gallinas’. Los únicos que no tenían malos nombres eran los de la Nacional de Comercio. Yo me encariñaba con todos", agregó.

Pero llegó un momento cuando se quedó solo con un grupo y fue el del Ramírez Goyena. “La entrega de esos chavalos me motivó demasiado. Era un grupo sin condiciones económicas, pero con un gran espíritu de superación. Recuerdo que para el primer Festival de Danza, Alejandro Cuadra me prestó seis vestidos para poder participar".

El grupo que emergió del Ramírez Goyena hoy cuenta con 70 bailarines y tiene 43 años, se llama Ballet Folclórico Haydée Palacios. Entre ellos hay bailarines que iniciaron jóvenes, como Luis Rodríguez, el actual subdirector, hoy con 50 años, y Patricia Ruiz, quien estudiaba en ese Instituto y empezó a bailar con Haydée Palacios a los 11 años.

Ruiz, de 43 años, bailarina, promotora cultural y activista contra la violencia, recuerda que ingresó al grupo de baile porque sus hermanas, también egresadas del Ramírez Goyena, bailaban allí.

A Haydée Palacios la describe como enérgica, maternal, siempre pendiente del bienestar de sus bailarines. "Le gusta que celebremos su cumpleaños, el Día del Maestro, el Día de la Madre. Siempre estamos juntos compartiendo en esas celebraciones. Ella no es de escuchar música, le gusta más ver televisión".

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Haydée Palacios ha sido de convicciones fuertes y de ideas libres. En la década de los 80’ ya había logrado no solo que el baile del folclore fuese una constante en las escuelas, sino que se había metido de lleno en el estudio de esta danza. Así, puso en escena coreografías de gran importancia.

"En el Segundo Festival Nacional de Danza, en 1984, extraigo Los Ahuizotes, del legítimo pueblo de Masaya. Cuido la máscara, el vestuario, la selección musical, y gano tres lugares. Trabajo con la música de los chicheros y revoluciono el trabajo cultural, porque estaban acostumbrados a las caras bonitas de la bailarina y no permitían poner una máscara", dice.

Sin embargo, por el baile le ha tocado sacrificar ciertas cosas. En muchas ocasiones su hija y su hijo le reclamaron por el escaso tiempo que les dedicó. Eso posiblemente los marcó tanto que ninguno de los dos aprendió a bailar folclore.

Pero el baile ha logrado que supere lo que parece insuperable. Hace cinco años sufrió una encefalopatía hepática que la tuvo en Cuidados Intensivos durante más de un mes.

"La enfermedad me quitó el habla por más de un mes. Cuando empecé a hablar, quise caminar y no podía. Me sentía morir, escuchaba la música y no podía hacer nada. La enfermedad fue cruel. Cuando salgo de Cuidados Intensivos no me aguanté y me fui al teatro, tenían que ayudarme para caminar. Vi a los bailarines en escena matándose, dirigiéndose solos ellos, me sentí la mujer más feliz. El médico me había dicho que desde entonces mi vestido iba a ser el vestido de dormir, que no iba a ser la misma de antes, pero aquí estoy", afirma.

Hoy continúa dando clases. Le enseña a bailar a obreras, a estudiantes del Instituto Manuel Olivares, a niñas de tres años, a adolescentes. Si no lo hace se siente vacía. Cada día se levanta con la aspiración de enseñar. Se cuida el hígado y recibe una medicina de parte de la Presidencia, sin la cual no podría vivir.

“No me queda más que la satisfacción de haber formado buenas personas, grandes bailarines”. A Haydée Palacios le gusta reír poco para no arrugarse mucho. Su canción favorita es Aquella indita. No sabe explicar porqué. Solo dice que le transmite emociones. Sus alumnos dicen que le evoca sus épocas de oro, sus grandes legados, aquel Festival de Danza en la década de los 80’ donde ganó el primer lugar, esa puesta en escena, las bailarinas danzando Aquella indita con una canasta. Ese sello de la maestra.

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