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Jaime Incer Barquero odia las telenovelas, el café y el rock. Nació en Boaco cuando esta ciudad aún pertenecía a Chontales, entre el aullido de monos congos, pero jamás aprendió a nadar ni a montar caballos.

Este señor bajo, gordito, que se ayuda de un bastón, cuenta la historia de su vida --de sus 78 años de vida-- mientras come un “sánguche” de queso amarillo y pan integral. Come y habla a la vez. Hace poco concluyó una conferencia de prensa de la que no salió muy ileso.

Denunciaba la situación de depredación que atraviesa la Reserva de Biosfera Bosawás, el segundo pulmón de América, sentado a la par de empresarios que exportan madera certificada, en una exclusiva tienda de muebles de madera, cuando un ambientalista lo cuestionó: “¿Qué hace sentado a la par del zar de la madera?, ¿por qué no sobrevoló Bosawás en un helicóptero del Ejército y sí de un empresario maderero?” Incer Barquero, quien parece ser de los que no se exaltan, respondió sin titubear: “Me dan miedo los helicópteros”.

Las preguntas, necias a criterio del naturalista que ha escrito más de 20 libros sobre geografía, historia y ecología, no lo hicieron perder la compostura. La conferencia terminó con preguntas anodinas de los periodistas, y ahora, tras múltiples cuidados de un equipo que parece servirle como a un sultán, está sentando comiéndose su “sánguche” y contando su vida.

Es el quinto de 11 hermanos (“lo cual habla de la fecundidad de la mujer chontaleña”, dice él) nacidos todos en Boaco y estudiados en Managua. “Yo me bañaba en los ríos. Con toda la muchachada de nuestro tiempo, nuestro deporte era subir los cerros. Veíamos pasar lapas, oíamos enfrente el canto de los congos, los aullidos del jaguar, ahora ni siquiera se ven conejos. En aquel tiempo los animales andaban en la vecindad, hoy solo hay mulas y caballos”.

Su nombre completo es Francisco Jaime y, dice, “era un muchacho con inquietudes excepcionales con relación a lo que uno hace a esa edad. El ambiente rural, bucólico, era una invitación a observar para un niño curioso como yo”.

“El ruido de los animales”

“Me gustaba coleccionar mariposas, subir los cerros, me encantaba el paisaje de bosques, me encantaba el ruido de los animales, de las lapas, de los monos”. Cuando menciona sus recuerdos o hace análisis profundos, don Jaime Incer Barquero cierra los ojos. Lo hace frente a un periodista, frente a dos o tres, en conferencia de prensa o en una plática informal.

La historia de su vida va por orden. Su padre tenía una juguetería, y cada vez que viajaba a Managua le llevaba algo nuevo, por eso él pensó que la capital era una gran tienda de juguetes. A los cinco años cambió esa ilusión por otra. Conoció Managua, se enamoró del tren y decidió que de adulto sería conductor de uno.

“Me acerqué a mi abuelo y le dije: ‘Cuando sea grande, quiero ser maquinista de tren’. Después, a los 10 años, mi padre y nosotros emigramos a Managua porque la escuela de Boaco no pasaba de sexto grado. Cuando terminamos el colegio se fue con nosotros a León para que pudiéramos estudiar en la universidad”.

En León tuvo que escoger entre Medicina, Farmacia y Leyes. “Estudié Farmacia porque para entonces me gustaba la ciencia, la física, la química, pero no había opciones”. Tan pronto como se graduó, ganó una beca para estudiar Biología en Estados Unidos.

“Unas carreras las estudié como profesión y otras como afición, como la Astronomía, de la que soy experto”, dice, y se tira una carcajada.

Entre bocado y bocado recuerda el papel preponderante que jugaron sus abuelos, quienes fueron maestros en la época de José Santos Zelaya.

“Si no me traés un 10, no te vamos a dar para ir al matiné, me decían; y yo por ir al matiné no me dejé quitar el 10 y me gradué con honores. Mi abuelo nos regalaba cosas ingeniosas para armar. Era un profundo conocedor de la geografía y de la historia. Yo elogio a mis padres por el esfuerzo que hicieron para sacarnos del pueblo y llevarnos a Managua y a León a estudiar; y a mis abuelos”, dice.

Y cuenta que el abuelo reunía a los cuatro varones, les daba un diccionario y los instaba a buscar una palabra que él escogía al azar. Quien la hallaba primero ganaba 10 centavos. O les daba un Atlas y los ponía a buscar determinada ciudad.

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Jaime Incer Barquero tiene cinco hijas, pero es papá de muchas “cosas”. Esas “cosas” son volcanes o grandes extensiones de tierra, como Bosawás, que mide 19,926 kilómetros cuadrados y representa el 15.25% de la superficie total del país.

“Después de estudiar Biología me vine a explorar Nicaragua, a estudiar la naturaleza, la geografía, y tuve la suerte de trabajar para el Instituto Geográfico, que era el Ineter de entonces. Estaban haciendo la zona cartográfica y yo me encargaba de confirmar los nombres de los accidentes geográficos”, recuerda el naturalista, quien está escribiendo dos libros, uno sobre geografía y, el otro, un Manual de Astronomía para centroamericanos.

Hace poco, cuando sobrevoló Bosawás, recordó su experiencia en el Instituto Geográfico. “Le decía al piloto, doble a la derecha, vamos a pasar por el río Prinzapolka. Yo iba viendo en el mapa de mi memoria, orientando el curso del avión”.

Instruyó durante 16 años

Dio clases durante 16 años en la UNAN y en la UCA, y su trayectoria como promotor de las áreas protegidas es por todos conocida.

“Soy papá de muchas cosas, de la Reserva Bosawás, de Indio Maíz, del volcán Mombacho. Cuando fui ministro del Marena, con doña Violeta, con el conocimiento que tenía de esas áreas, fui proponiendo la declaración oficial de cada una de ellas”.

Pero aún así, tiene “otros hijos”. Son otras áreas protegidas. “En una época cuando a nadie le importaba nada de eso, y me preguntaban qué cosa es la Ecología, yo promovía” la creación de áreas protegidas.

Jaime Incer Barquero ha viajado tan lejos como Australia o Los Andes, pero si tuviera que escoger un lugar para reposar, sería en una montaña de Jinotega o cerca del río San Juan.

 

Entre animales salvajes

“En aquel tiempo, en mi infancia, los animales andaban en la vecindad. Hoy solo se ven mulas y caballos”, afirma el ambientalista Jaime Incer Barquero.

Declaraciones de protección

"Cuando fui ministro del Marena, con doña Violeta, con el conocimiento que tenía de esas áreas (hoy protegidas), fui proponiendo la declaración oficial de cada una de ellas", afirma el doctor Jaime Incer.