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Antes de que el Huracán Sandy causara destrozos en Nueva York y Nueva Jersey en 2012, tocó tierra en Florida. Enormes olas cubrieron las playas, pasaron por encima del rompeolas de concreto de Fort Lauderdale y se vertieron en la A1A, la autopista costera de Florida. Un mes después, otra serie de tormentas violentas golpearon al sur de Florida, erosionando gravemente las playas de Fort Lauderdale y una parte de la A1A.

Los trabajadores están construyendo un nuevo rompeolas, reparando la autopista y añadiendo un par de puentes peatonales. Sin embargo, la erosión de la playa obligó a Fort Lauderdale a comprar arena de una mina tierra adentro en el centro de Florida. La arena suave y blanca de la mina destaca contra la variedad nativa más oscura y granulosa.

Los huracanes y las tormentas no son nada nuevo para Florida. No obstante, conforme los océanos se calientan los huracanes se están volviendo más intensos. Para empeorar las cosas, esto está ocurriendo contra un telón de fondo de niveles del mar significativamente al alza, convirtiendo una molestia de temporada en una amenaza existencial.

Durante alrededor de 2,000 años, los niveles del mar permanecieron relativamente constantes. Entre 1880 y 2011, sin embargo, se elevaron en un promedio de 0.18 centímetros al año, y entre 1993 y 2011 el promedio fue de entre 0.28 y .33 centímetros al año. En 2007, el Comité Intergubernamental sobre el Cambio Climático predijo que los mares podían elevarse en hasta 58 centímetros para 2100, aunque desde entonces muchos científicos han llamado conservador a ese pronóstico.

También se espera que los mares se calienten, lo cual pudiera hacer más intensos los huracanes y las tormentas tropicales.

Aun cuando los mares se han elevado en el último siglo, los estadounidenses se han apresurado a construir casas cerca de la playa. Las tormentas que azotan a la moderna línea costera de Estados Unidos causan más daño económico que sus predecesoras porque hay más que destruir.

El Gran Huracán de Miami de 1926, una tormenta categoría 4, causó 1,000 millones de dólares en daños a valor actual. Si azotara actualmente, sin embargo, las pérdidas aseguradas serían de 125,000 millones de dólares, estima AIR Worldwide, una firma de elaboración de modelos de catástrofes. En 1992, el Huracán Andrew, una tormenta categoría 5, causó 23,000 millones de dólares en daños, pero hoy serían del doble de esa cantidad.

La mayoría de los residentes de Florida viven en condados costeros. Los edificios se ubican en racimos en tierras bajas, y más personas que en ningún otro estado viven en terrenos a menos de 122 metros sobre la línea de la marea alta. El lecho de tierra caliza de Florida facilita que el agua salada de los mares en ascenso contamine sus acuíferos de agua dulce, y el estado depende fuertemente de los canales para el control de las inundaciones, un sistema que sería devastado por un ascenso del nivel del mar de apenas 15 centímetros.

El sur de Florida no es la única región amenazada por el cambio climático y los huracanes. La creciente lluvia, las tormentas violentas y los niveles del mar cada vez más elevados pudieran inundar las áreas bajas en torno a San Francisco y Seattle, o romper los diques que protegen a franjas de Sacramento y el Valle Central de California del delta Sacramento-San Joaquín.

Houston, el centro de la industria petroquímica de Estados Unidos, y Norfolk, Virginia, que alberga su base naval más grande, también estarían en problemas. También pudieran estarlo algunas de las islas barrera a lo largo de la costa atlántica, como Outer Banks de Carolina del Norte, y las regiones marítimas atlánticas tradicionales como Eastern Shore de Maryland. Estas dos áreas, como el sur de Florida, han visto significativos aumentos en la población y el desarrollo.

La Ciudad de Nueva York también está en riesgo, como demostró el Huracán Sandy el otoño pasado. Manhattan es vulnerable a los niveles del mar en ascenso debido al desarrollo excesivo, y los distritos inundados por Sandy correspondieron casi perfectamente a las tierras recuperadas desde el siglo XVII.

Esas tierras son mucho más valiosas ahora que entonces, sin embargo: Jeroen Aerts y Wouter Botzen de la Universidad V.U. de Holanda estiman que el valor de las estructuras amenazadas por las tormentas e inundaciones ha aumentado entre cuatro y siete veces en el último siglo. Desde que el mapa de inundaciones fue actualizado por última vez en 1983, el espacio comercial dentro de la planicie aluvial de la ciudad se ha elevado en 40 por ciento, a 1,386 metros cuadrados.

PlaNYC pos Sandy

Los planes tradicionales para mitigar inundaciones, como comprar sus propiedades a los dueños de casas y hacerlos mudarse y elevar los edificios existentes, son imprácticos en Nueva York.

Seth Pinsky, que encabezó el plan de adaptación posterior a Sandy de la ciudad, señala que Nueva York tiene ahora 400,000 personas, 270,000 empleos y 68,000 edificios dentro de la planicie aluvial de hace 100 años.

Las plantas bajas en Nueva York son construidas para locales comerciales. Elevar los edificios sería demasiado costoso, demasiado destructivo para los vecindarios o ambas cosas. Entregar la línea de la costa a las playas, dunas o pantanos no funcionará en el atestado Manhattan, que, como muchas ciudades, quiere más desarrollo frente al agua, no menos.

Algunos han propuesto proteger a la ciudad con enormes barreras contra las tormentas en la boca del Océano Atlántico, similares a las puertas que protegen a Londres, Rotterdam y San Petersburgo. Además del elevado precio, sin embargo, el cual se estima sería de 29,000 millones de dólares, esas barreras pudieran empeorar el riesgo de inundaciones para las áreas dentro de ellas.

En 2007, el alcalde Michael Bloomberg dijo a conocer el “PlaNYC”, un programa para adaptarse al cambio climático que pudiera ser llamado “ambicioso” o “dictatorial” dependiendo de la opinión que uno tenga del alcalde. Establecía, entre otras cosas, proteger los humedales y plantar más árboles, lo cual mantendría a la ciudad más fresca y capturaría más de las corrientes de las aguas de las tormentas. También demanda cambios en los códigos de construcción.

Muchas de sus ideas fueron incorporadas a un más amplio plan posterior a Sandy dado a conocer el 11 de junio, el cual demanda rompeolas y diques para proteger infraestructura vital, como el centro de distribución de alimentos en el Bronx y hospitales en el East Side de Manhattan, y comunidades costeras en Staten Island. Recomienda barreras contra el aumento del nivel del mar en una tormenta para evitar que arroyos y ríos corran hacia las áreas residenciales.

Un nuevo distrito en el bajo Manhattan, que tomó como modelo a Battery Park City y estaría protegido por un dique de propósitos múltiples, también está incluido, al igual que nuevas o reparadas barreras naturales como dunas de arena, playas y pantanos alrededor de los barrios exteriores.

La ciudad ofrecería incentivos para que los dueños de edificios trasladaran artículos importantes como el equipo eléctrico a terreno más elevado. Modificaría los códigos de zonificación y construcción para alentar que los nuevos edificios sean elevados a más altura, y requerir que los hospitales, las compañías de telecomunicaciones y otros servicios básicos cumplan con estándares de resistencia más estrictos.

Adaptarse al cambio climático

Bloomberg situó el precio en casi 20,000 millones de dólares, y hasta ahora se han identificado fuentes municipales y federales para sólo 15,000 millones de dólares. Puesto al lado de la producción económica extraordinariamente alta de Nueva York, sin embargo, el precio difícilmente es extravagante.

Los planes de Nueva York ilustran que, aun cuando el cambio climático es mundial, la adaptación es local. En Estados Unidos cosas como el uso de suelo, la zonificación, la construcción y el transporte típicamente están bajo control estatal o local. Eso separa a Estados Unidos de países más centralizados como Holanda.

“No está claro que el gobierno federal sea el líder en este asunto”, dice Rohit Aggarwala, ex asesor de Bloomberg, “aun cuando quisieran estar a cargo”.

Durante los desastres, la Agencia Federal para Manejo de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés) quizá acuda a limpiar, pero las órdenes de evacuación provienen de las autoridades estatales y locales, y los equipos policiales, de bomberos y médicos también tienden a ser empleados localmente.

El gobierno federal desempeña un papel de apoyo, no menos porque aporta dinero extra. Por ejemplo, FEMA compra las casas que se inundan repetidamente. Desde 2009, los Cuerpos de Ingenieros del Ejército han incorporado predicciones del ascenso del nivel del mar a sus programas de obras civiles. El Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano ofrece subvenciones para alentar a las ciudades y regiones a trabajar juntas en los planes y estudios de adaptación al cambio climático.

Un equipo de trabajo posterior a Sandy de orden federal ha requerido que cualquier estructura reconstruida con parte de los 50,000 millones de dólares del gobierno en fondos para desastres sea erigido 30 centímetros por encima del lineamiento federal contra inundaciones más reciente.

El año pasado, el Congreso requirió que se elimine gradualmente el subsidio para seguros que el gobierno federal ha ofrecido desde hace tiempo a los dueños de casas que viven y construyen en planicies aluviales. Esos subsidios, de hecho, pagan a las personas para que viven en sitios peligrosos.

La preparación de una región depende en parte de cuán seriamente se tomen sus líderes el cambio climático. Las ciudades de mentalidad proactiva han unido fuerzas: Nueva York y otras 10 están entre las 61 ciudades en todo el mundo que, bajo el patrocinio de la Iniciativa Climática Clinton, comparten planes e información para reducir las emisiones de gases de invernadero y adaptarse a un cambio climático.

En Florida, cuatro de los condados más al sur – que incluyen a los tres más poblados del estado y representan a más de una cuarta parte de su población – han formado el Pacto Regional para el Cambio Climático del Sureste de Florida. Estos condados comparten datos, trabajan juntos en legislaciones y buscan financiamiento en conjunto.

El gobierno federal tiene limitada influencia en regiones donde la gente está menos convencida del cambio climático. Los legisladores de Carolina del Norte, por ejemplo, han proscrito “los escenarios del ascenso acelerado del nivel del mar a menos que ese ritmo sea . consistente con tendencias históricas”.

Como señaló un airado residente de Carolina del Norte, esto es como ordenar a los meteorólogos que predigan el clima no mirando la imagen de radar de un huracán que se acerca a la costa, sino consultando “El Almanaque del Granjero”.

Un sondeo del Instituto Tecnológico de Massachusetts encontró ciudades en Estados Unidos entre aquellas con menor probabilidad, mundialmente, de tener planes para adaptarse al clima cambiante. Sin embargo, algunas, al menos, están empezando.

¿Cuánto se elevarán los mares?

En 2007, el Comité Intergubernamental sobre el Cambio Climático predijo que los mares podían elevarse en hasta 58 centímetros para 2100, aunque desde entonces muchos científicos han llamado conservador a ese pronóstico.