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Con asombrosa rapidez, las protestas que comenzaron el 6 de junio en Sao Paulo por un aumento del equivalente de nueve centavos de dólar en las tarifas del autobús se han convertido en las manifestaciones callejeras nacionales más grandes que Brasil haya visto desde 1992.

Después, los ciudadanos tomaron las calles para demandar la impugnación de una presidenta por denuncias de corrupción. Lo que quieren esta vez es menos claro.

Las primeras protestas fueron minimizadas por los paulistanos opuestos a la demanda de los organizadores de viajes gratuitos en autobús para todos, una política que, como señala el alcalde Fernando Haddad, costaría a la ciudad 6,000 millones de reales al año. Los usuarios del transporte público no se sintieron impresionados cuando las protestas empeoraron sus recorridos infernales, y se indignaron por el vandalismo cometidos por un grupo de intransigentes. Los periódicos conservadores demandaron una represión.

Todo eso cambió el 13 de junio, cuando policías mal entrenados y brutales convirtieron una marcha en gran medida pacífica en una derrota aterradora. Agentes sin sus chapas identificadoras dispararon granadas aturdidoras y balas de goma a manifestantes y transeúntes que huían, y dieron caza a los rezagados por las calles. Los automovilistas atrapados en el caos resultaron afectados por el gas lacrimógeno.

Los manifestantes atrapados portando vinagre, que aminora el efecto del gas, fueron arrestados. Varios periodistas resultaron heridos; dos con heridas en el rostro producidas por balas de goma disparadas a corta distancia, uno de los cuales es probable que pierda la vista de un ojo. Los editoriales del día siguiente adoptaron un tono marcadamente diferente.

Para el 17 de junio, lo que ha sido llamado el movimiento “V de Vinagre” o “la Revolución de la Ensalada” se había extendido a una docena de capitales estatales así como a la capital federal, Brasilia. Unas 250,000 personas tomaron las calles en todo el país en las noches siguientes. Hubo muchas más mujeres, familias y personas de mediana edad de las que había habido en las protestas iniciales.

Gasto deportivo multimillonario

Las demandas también se han vuelto más variadas. Las pancartas condenaban la corrupción, los precios al alza, las malas escuelas, los hospitales ineptos y el costo de la Copa Mundial de Fútbol del año próximo, para la cual Brasil gastará 7,000 millones de reales sólo en estadios; tres veces el costo de la Copa Mundial de 2010 en Sudáfrica.

“Estadios de primer mundo, escuelas y hospitales de tercer mundo”, decía una pancarta.

El jefe de seguridad del estado de Sao Paulo, Fernando Grella Vieira, ordenó a la policía no usar balas de goma y permanecer al margen a menos que la protesta se volviera violenta. Eso redujo el caos, aunque el 18 de junio un grupo escindido trató de entrar a la fuerza en el Ayuntamiento.

En Río de Janeiro, la sede del gobierno estatal fue dañada, y bancos y tiendas fueron saqueados. En Brasilia, los manifestantes treparon a la azotea del Congreso. El 19 de junio, los manifestantes chocaron con la policía antes de un partido de fútbol entre Brasil y México en Fortaleza. Sin embargo, la mayoría de las marchas ocurrieron sin violencia grave.

Últimamente, las protestas pequeñas se han vuelto movimientos masivos en otros países, incluidos Gran Bretaña, Francia, Suecia y Turquía. Esos países en diversa medida sufrían de alto desempleo juvenil, conflictos étnicos, niveles de vida en declinación, un gobierno autoritario e inquietudes sobre la inmigración.

Brasil es una historia diferente. El desempleo juvenil está en un nivel históricamente bajo. El racismo brasileño es una realidad asimilada, no una batalla diaria en las calles. La última década ha visto el mayor salto en los niveles de vida en la historia del país. En cuanto a los inmigrantes, aunque Brasil fue construido por ellos, ahora difícilmente los tiene. Sólo 0.3 por ciento de la población brasileña nació en el extranjero.

Múltiples razones

Eso ha hecho que los comentaristas, y algunos manifestantes, pasen apuros para explicar por qué Brasil ha tomado las calles. No escasean las causas. La delincuencia violenta y la corrupción política son endémicas. La brutalidad policiaca es común en los barrios pobres. La cocaína crack se vende y consume abiertamente en todas las grandes ciudades. Los brasileños pagan impuestos a tasas del mundo rico – 36 por ciento del PIB – pero reciben horribles servicios públicos a cambio. El costo de la vida es asombroso: Un trabajador con salario mínimo en Sao Paulo cuyo patrón no cubra los costos de transporte, una obligación para los empleados formales, debe gastar una quinta parte de su salario para llegar al trabajo en un autobús sofocante y hacinado desde la distante periferia de la ciudad.

Sin embargo, nada de esto es nuevo. De hecho, el crecimiento económico de la última década ha producido los mayores logros para quienes están en elfondo de la pirámide. Entonces, ¿por qué ahora?

Una razón es que el mundo está observando: La Copa Confederaciones, un ensayo general para el torno del año próximo, inició el 15 de junio. Otra es un reciente repunte en la inflación, que está consumiendo al poder adquisitivo de los consumidores cuando un exceso de crédito los ha dejado agobiados.

Las tarifas de autobús de Sao Paulo no han aumentado desde enero de 2011 – las tarifas son rutinariamente congeladas en años de elecciones municipales, como lo fue 2012 – y este año Haddad aceptó esperar hasta junio antes de un aumento para ayudar al gobierno federal a controlar las cifras inflacionarias. El propuesto aumento ni siquiera compensaba la inflación desde el más reciente.

A diferencia de la vivienda y los alimentos, sin embargo, que también están costando más, las tarifas del transporte público están bajo control del gobierno. Eso les hace el pararrayos de la ira por la inflación más amplia.

Para el 19 de junio, los alcaldes en todo Brasil se estaban apresurando a cancelar los aumentos de tarifas, incluido el alcalde de Sao Paulo. Lamentablemente, es demasiado tarde para moderar el gasto en los estadios para la Copa Mundial, y la abundancia de las demandas más amplias de los manifestantes dificultan ver cómo pueden satisfacerse, al menos a corto plazo.

La Presidenta Dilma Rousseff ha tratado de posicionarse del lado de los manifestantes. Las manifestaciones pusieron a prueba el poder de la democracia brasileña, dijo el 18 de junio, y añadió que las nuevas clases medias “quieren más, y tienen el derecho a más”. Su popularidad, alta para una presidenta a mitad de su mandato, quizá sea puesta bajo presión. Aunque son sus propias políticas las que han avivado la inflación, sin embargo, su reelección el año próximo no parece estar inmediatamente amenazada. Pocos manifestantes mostraron letreros de afiliación partidista, y la oposición es débil.

Sin embargo, su gobierno ha sido puesto sobre aviso. En la última década, 40 millones de brasileños han escapado a la pobreza absoluta. La mayoría siguen sólo a un día de salario del desastre, y pelearán con uñas y dientes para no retroceder. Ven aumentos adicionales en el nivel de vida como un derecho. Las marchas son un signo de que se están dado cuenta del hecho de que pagan impuestos y merecen servicios públicos decentes, no meramente estadios relucientes.

El costo de la vida es asombroso

Un trabajador con salario mínimo en Sao Paulo cuyo patrón no cubra los costos de transporte, una obligación para los empleados formales, debe gastar una quinta parte de su salario para llegar al trabajo en un autobús sofocante y hacinado desde la distante periferia de la ciudad