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Aníbal Almanza no se hizo músico porque su padre, un señor que tocaba el saxofón y el clarinete, así lo dispuso. Pensaba que los músicos de pueblos no pasaban de ser “unos picados”. Así es que se convirtió en contador por disposición de su madre. Y mucho tiempo después se hizo actor de teatro. Tuvo que empezar barriendo el piso y luego siguió como utilero. Hoy, después de 36 años de aquel comienzo sobre las tablas, piensa jubilarse para dedicarse enteramente al teatro.

Almanza recuerda que siendo un niño se involucraba en las puestas en escena que organizaba y dirigía la menor de sus tías maternas, la tía Nila, quien entre tantas funciones de ese tipo, organizaba la Judea en su natal Acoyapa. El pequeño Aníbal jamás hizo de Jesús, como le hubiese gustado, y tampoco de fariseo. Su tía lo dejaba protagonizando un papel anónimo entre la muchedumbre que hacía de pueblo.

Esas experiencias, junto a la música que siempre se escuchaba en su casa, al arte innato de su madre, quien aprendió sola a tocar la mandolina, contribuyeron a formarlo en las artes. “Yo intenté tocar guitarra, pero mi papá lo prohibió. Él nunca tomó (licor) pero sus compañeros sí, entonces decía que no quería que sus hijos fueran borrachos. Pese a eso, uno de mis hermanos es flautista”.

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Siendo joven, salió de Acoyapa hacia Juigalpa, donde terminó los estudios de secundaria. Luego llegó a Managua y se inscribió en la Nacional de Comercio. “Mi mamá dijo que debía escoger entre ser maestro o contador, preferí la contabilidad, aunque como decía mi mamá, eso era para tener un trabajo para sobrevivir. Mi aspiración era otra. En la UCA ofrecían Arte pero teórico, y era muy caro. La carrera afín que encontré en la UNAN fue Letras, me gustó el plan de estudios, incluían el estudio del arte y muchas lecturas”.

En la UNAN se encontró con una de sus pasiones escondidas: el teatro. “Cuando vengo a Managua y entro a la universidad encuentro una convocatoria para integrar teatro, y conozco a Socorro Bonilla Castellón, que era la encargada, y ahí se da mi ingreso a la Comedia Nacional de Nicaragua. Ella nos reclutaba. Empecé barriendo el piso. Al inicio de utilero: llevá, traé, teneme aquí..., ya en el 77 tengo mi primera presentación seria en el Rubén Darío, una representación de Judas, un monólogo. Hice un papel de coro plástico, todos teníamos una agilidad como de acróbatas. Judas era interpretado por Iván Argüello. El coro plástico era como la conciencia de Judas”.

La Comedia Nacional de Nicaragua, como explicó Carlos Tünnermann Bernheim en un artículo publicado en 2005, cuando se celebró el 40 aniversario de su fundación, goza de una fecunda trayectoria que inició en 1965 con el estreno de “Los árboles mueren de pie”, de Alejandro Casona.

“Con 24 representaciones en las principales ciudades del país, la obra inauguró una serie de éxitos teatrales que consolidó el prestigio de la Comedia, a nivel nacional. En la ciudad de León, se presentó en el Auditorio “Ruiz-Ayestas” de la UNAN, siendo rector de la misma quien estas líneas escribe. Desde entonces, la Comedia Nacional incluyó siempre en sus giras teatrales una presentación en la UNAN. Incluso, la obra “Proceso a cuatro monjas”, del italiano Vladimir Cajoli, se estrenó en León, bajo los auspicios de la UNAN, en 1968, y ganó dos “Güegüenses de oro”.

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Aníbal Almanza, un hombre amable y siempre sonriente, tiene alma de maestro. Tras la muerte de Socorro Bonilla está al frente de la Comedia. Dice que en su vida actoral no ha tenido roles de gran relevancia. Sin embargo, ha representado a la Comedia Nacional 200 veces en 20 años y ha viajado por todo Centroamérica.

“En algunos casos el actor se identifica con mayor plenitud con ciertos personajes, pero sucede que a veces reñís con ellos”, cuenta Almanza, quien también estudió Historia del Arte en Moscú.

En su haber consta que ha interpretado roles femeninos. “Hice Bernarda, en la obra ‘La casa de Bernarda Alba’, de Lorca, me dirigió Erasmo Alizaga. Al inicio no lo quería aceptar, pero lo tomé como un desafío, un reto, para interpretarla me ayudó su carácter dictatorial y sus rasgos de liderazgo. Uno de los roles que más me costó y no quedé conforme con él fue Jason, de la obra “Los hijos de Medea”, un clásico modernizado”.

“En la obra ‘Chinfonía burguesa’, de José Coronel Urtecho y Joaquín Pasos, interpreté a Don Chombón. Los autores vanguardistas nicaragüenses de esta obra quisieron representar la decadencia de la burguesía nicaragüense, sobre todo de la granadina. Don Chombón era un viejo gordo, holgazán, y como decimos los nicas, un burro cargado de plata, es un personaje que mucho aprecio”.

Aníbal Almaza fue director de la Escuela Miguel Bonilla durante cinco años en la década de los 80, perteneció a la Asociación de Trabajadores de la Cultura (ASTC), y en 1992 fue trasladado a la Universidad Católica, donde en principio fungió como docente y ahora dirige el Instituto de Bellas Artes.

“El teatro me metió en la lectura. Leemos dramas, obras grandes, de Shakespeare. Los temas ecológicos ahora son muy recurrentes. Quisiera jubilarme y dedicarle tiempo a la Comedia Nacional, porque voy a tener de respaldo mi jubilación”, dice.

Zayda Urbina también pertenece a la Comedia. Entró ahí siguiendo a Aníbal Almanza, su esposo, a quien conoció en la UNAN y con quien se casó en 1982.

“Yo no sabía que me gustaba el teatro. Cuando nos casamos yo iba por curiosidad, él iba de noche, de día, así que me pregunté: '¿tiene a alguien?, ¿por qué tanta mística?' Entonces le dije: 'te voy a acompañar'. Cuando llegué me pusieron a trabajar, doña Socorro me puso en la escenografía, moviendo chunches, y después me metió a la ‘Gallina ciega’ y me quedé. Debuté en las ‘Mujeres sabias’, de Molière. Me fui metiendo y haciendo lo mismo que él”.

Urbina describe a su esposo como una persona leal y muy estricta. “A veces como esposo es muy serio. Es bien formal. Es buen actor, te lo digo con juicio”, cuenta. Ella se perfila como dramaturga.

Las tres hijas de ambos no son apasionadas al teatro, sino, como dice Almanza, “espectadoras que conocen el arte de calidad”.

El próximo 23 de agosto en la Sala Experimental, en homenaje a Socorro Bonilla Castellón, estrenarán la obra “El Marinero”, de Fernando Pessoa, dirigida por Bolívar González, y presentarán el reestreno de “Juanito y la Luna”, que es una obra para niños de Zaida Urbina, dirigida por Almanza. “Socorro tenía una pasión por el teatro para niños, lo promovió y sembró en nosotros esa necesidad”.

Mientras espera que llegue el momento de jubilarse, relee el Quijote, forma a estudiantes en la Unica y reflexiona: “Los teatristas que llevamos algunos años de dedicarnos a esa tarea, tenemos la obligación de contribuir a la formación de un público consumidor, sobre todo la juventud; el teatro inculca valores, promueve la solidaridad, nos acerca más a la reflexión y con la cortesía de tu público compartís tus ideas”.