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Había llegado a Las Segovias en 1932 no con el fin de combatir sino como periodista del diario mexicano Excélsior, para entrevistar a Sandino. Tras varios meses de convivencia, decidió incorporarse al Ejército Defensor de la Soberanía de Nicaragua (EDSNN). El 25 de junio del mismo año se hallaba en el campo de operaciones militares de la columna expedicionaria número 3, bajo el mando del general Francisco Estrada. En esa fecha escribió este soneto alejandrino titulado “Cuadro”:

Siete flores blancas de heliotropo en un vaso / sobre una humilde mesa de madera; en el suelo, / racimos de bananos, calderas y un pedazo / de pala casi junto a una albarda de cuero. // Siete tapescos largos, una toalla, un pañuelo, / colgados a una vara, y en amoroso abrazo, / una ametralladora, un salveque, un retazo / de cordón, y sobre ellos un oscuro sombrero. // Siete hombres: unos sueñan, otros juegan la taba, / sentado a mi derecha el general Estrada / lee a Flammarión. Afuera se oye batir el guabul. // El río corre al frente: ancho, grave y oscuro / mientras Justo cocina, fumándome yo un puro / y el cielo cambia en plomo sutil su traje azul.

Preso en El Hormiguero

Alexander alcanzó el grado de capitán en el Ejército Libertador, recibido a principios de diciembre de 1932. Luego, en compañía del coronel Augustín Sánchez Salinas, fue portador de las primeras bases de paz enviadas por Sandino al presidente electo Juan B. Sacasa; pero el 21 de diciembre del mismo año, en Achuapa, lo capturó una patrulla de la Guardia Nacional. Llegado al Sauce, Moncada ordenó que condujeran a los prisioneros, pasando por León, al cuartel de la Policía en Managua El Hormiguero. Allí permanecieron hasta pocos días después de haber tomado Sacasa posesión de la presidencia de la República.

Dos cartas de Sandino

Muy pronto Alexander abandonaría Nicaragua para establecerse en Cali, adonde Sandino le dirigió una carta el 7 de julio de 1933, contestando una suya en la que le expresaba su condolencia por el fallecimiento de Blanquita Aráuz de Sandino. “No crea que se nos olvida el servicio patriótico de ese nuestro hermano colombiano” —le decía Sandino. El 28 de diciembre de 1933 le remitía otra, concluyendo: “Estamos entendidos de la labor intelectual que usted está emprendiendo en ese hermano pueblo de Colombia, labor esta que merece nuestro elogio a la par con nuestros mejores deseos para que ella tenga éxito completo y pueda figurar como una de las avanzadas de nuestra América española”.

La novela autobiográfica Sandino / Relato de la revolución de Nicaragua

Y Alexander no le falló: en 1937 la prestigiosa editorial Ercilla de Santiago de Chile lanzó su novela Sandino / Relato de la revolución de Nicaragua, novela testimonial en la que condena la intervención estadounidense y exalta la gesta sandinista. Concluida en Cali, Valle, Colombia, el 22 de junio de 1933, como lo indica Alexander al final de su obra, debió tener lectores en Sudamérica, pero no en Nicaragua, pues el año de su publicación —1937— ya controlaba el país la figura del victimario de Sandino. Y de los estudiosos de la resistencia sandinista, apenas el estadounidense Lejeune Cummins en su Quijote on a burro (1958) la consignaría como fuente, valorándola además como novela.

En efecto, Cummins destaca el carácter “puramente ficticio” de la obra, ignorando que su autor había sido elevado al rango de capitán tras muchos meses de fogueada actividad en el EDSNN. Doscientas cincuentidós páginas, distribuidas en 24 capítulos breves, Sandino contiene —según Cummins— tres elementos que gravitan en la sensibilidad de los lectores latinoamericanos: “El más obvio de ellos es el matiz de idealismo con que se reviste la causa de Sandino. En contraposición a la idolatría está el odio, y corresponde a los marines encarnar ese papel. Su tercer ingrediente de importancia es la protesta contra la penetración económica de Nicaragua y la condena que en ella se hace a los colaboradores nicaragüenses, que en el libro de Alexander están representados por don José y Nelly Merino”.

Los marines estaban bajo el mando del coronel Philip Warterns, quien tiene un hijo aviador bajo sus órdenes. “Boby” Wartens se enamora de la joven Nelly Merino, moderna y desenvuelta heredera, hija de don José Merino, banquero millonario y mestizo que, por cooperar con los marines, logra apoderarse de las finanzas de Nicaragua. El dato precede a esta descripción del penúltimo capítulo (The Army Club): “Espejos, alfombras, camisas blancas, cuellos rojos, uniformes, aletas de aviación, sobre abombados tóraces regios. Botas, vestidos kaky, pistolas, humo opiado de cigarrillos, armas, vaporosos trajes de sedas caras, joyas, rostros pintados, rubias al platino y morenas ardientes. Risas, música de jazz. Cocktail.”

Técnica enumerativa

Esta técnica enumerativa constituye el predominante rasgo estilístico de la novela, iniciada allá por el año febril de 1929, cuando don Alberto Astorquiza y Santa Colona (colombiano poeta, vagabundo y gran señor enamorado de la aventura) llega a Barraquilla. El Tani, como también denomina Alexander a su protagonista —en quien se proyecta— regresa de jugarse la vida en la romántica tierra de Venezuela. En Cartagena, se engancha pronto en la cola sucia de un barco y arriba al cosmopolita puerto de Colón, Panamá, donde vive seis meses de negocios sucios y tráfico de drogas. Navegando de nuevo, decide imitar a una bailarina rusa suicida; pero, mientras recuenta su vida, distingue en un trozo de periódico el retrato de un hombre joven, con adusto rostro desafiante y el apellido Sandino: La palabra metálica y romancesca era como un loco clarín guerrero que gritaba su rebeldía maravillosa, y con una viril jactancia legendaria, ante el poder más enorme del universo.

Así, un día de febrero, del año grande de 1930, el Tani marcha por la carretera central de Honduras, en un automóvil desconchado, viejo y asmático, rumbo a la frontera de Nicaragua. Duerme en casa de don Alfonso González, simpatizante del Ejército Libertador; le acompaña Ernesto Bonilla, mayor del mismo ejército. González le muestra fotografías: —Mire —le dijo—. Este es él. Este es el general Estrada, este es el general Umanzor. Este es Salgado, compañero mío en la guerra de 1912. Este es el general Colindres, mi mejor amigo y al cual encontrará usted aquí en la frontera mañana o pasado mañana. Este es el general Altamirano. Este es el turco Díaz, este es González, el mosquito. Este es el de doña Blanca Araúz de Sandino, la esposa del héroe inmortal. Belleza, quietud, suavidad, dulzura. ¿No es cierto?

Raudales, Pancho Montenegro, El Viejo

En los numerosos capítulos restantes Alexander retrata a casi todos los nombrados y a otros lugartenientes históricos del EDSNN. El general Ramón Raudales es uno de ellos: Trigueño, cenceño, entrecano, mostachos de hidalgo montañés sobre el corto labio nervioso. Ojos pardos, gesto fruncido, energía, decisión certera, gentileza, bonhomía y malicia. Cuarenta y cinco años bien vividos. En la época de paz era hacendado. Ahora, como él decía, “estaba echando unos tiritos…” Recurriendo a constantes diálogos, fieles a la dicción regional, un capítulo lo dedica a Pancho Montenegro, para Sandino uno de los más valientes de su ejército, adorado por hombres, mujeres, niños y caído de 23 años en el ataque a Quisalaya. Otro capítulo, el vigésimo, lo consagra al general Carlos Salgado (“El divisionario”), de calidad antológica.

Otros militantes del EDSNN figuran en la novela de Alexander, cuya prosa cargada de sustantivos y adjetivos se sustenta en peripecias vividas. Igualmente, vívido fue el encuentro con el general Sandino, denominado El Viejo y El Jefe Supremo, de quien sería uno de sus seis secretarios, responsables de contestar el voluminoso correo del EDSNN bajo el dictado de aquel.

En la pluma de Alexander, la piel de Sandino es blanca. Viste con la sutil elegancia de un hombre mundano: altas botas de calf, pantalón plomo de montar, ceñido al muslo y ancho en la cadera. Cinturón de cuero oscuro repleto por cortos y amarillos cartuchos metálicos. Automáticas en la cintura. Camisa blanca de seda, cuello abierto, una medalla de oro sobre el pecho, pañuelo rojo y negro de seda, enrollado en la fina garganta. Sombrero gris tejano de alas anchas, 32 años tal vez. Manos finas y cortas.

Los marines: personificación de Calibán

Uno de los personajes femeninos de Alexander lee a Sinclair Lewis. El mismo Tani comenta pasajes de El Fuego, novela de Henry Barbusse —y evoca al inmortal y sublime Darío (el verso final de su oda “A Roosevelt”), identificando a los marines como la personificación de Calibán, el práctico y materialista anglosajón, contrario al idealista latino Ariel, de acuerdo con la célebre dicotomía vigente entonces de José Enrique Rodó. En un fragmento del penúltimo capítulo (“Marinos”), Alexander describe a los calibánicos marchando en León: “400 rostros pecosos, 400 cascos militares, 400 cabezas rubias, entran cantando a la ciudad. Es raro el contraste violento que forman estos 400 correajes brillantes, armas brillantes, risas brillantes, con el fondo colonial de los edificios repletos por portalones antiguos, arcadas solemnes, escudos tallados en piedra...”

El último capítulo de Sandino se titula “Doña Blanca” y, en efecto, sus primeros tres extensos párrafos se consagran a ella, a sus virtudes y participación en la lucha de su marido; los restantes se ocupan del final de la lucha, en enero de 1933, cuando los marines se van de Nicaragua. La noticia corre en los campamentos y el júbilo no se hace esperar. Doña Blanca muere, noticia que se trasmite en un diálogo entre el Matías y la Inés María bajo su champa nuevecita y olorosa aún a pacaya; la pareja tiene un chigüín: César Augusto, en recuerdo del Jefe. Este se pregunta a su abismo interior el porqué de lo que le ha sucedido y halla la respuesta: ¡Por el dolor hacia la purificación! Y sigue pensando…

En su patria, Alexander escribió otra novela: Sima (Bucaramanga, Editorial Estrella, 1939), considerada una de las cien mejores colombianas por el crítico e historiador Enrique Santos Molano, que le causó el destierro de su ciudad natal. Radicado en Ipiales, dio rienda suelta a su imaginación e índole aventurera. Llegó a ser secretario de despacho presidencial y afiló siempre su pluma contra la desidia local y a favor de las causas de su tierra.

En febrero de 1983 vino a Nicaragua, donde se ignoraba su existencia y también la de su no tan envejecida novela testimonial. Yo fui uno de los designados para atenderle. Lo acompañé en un viaje a Ocotal el sábado 19 de febrero de ese año. En 1985 murió pobre y olvidado. Tenía 75 años.