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El periodista Carleton Beals (13 de noviembre, 1893-26 de junio, 1979) fue un hijo de la “generación perdida” de los Estados Unidos, realizado en el México revolucionario de los años veinte. Ocho de sus libros, en efecto, los consagró a temas mexicanos. En los primeros tres su narración es autobiográfica y descriptiva: México: An interpretation (1923), traducido al sueco el año siguiente; Brinstone and Chili (1927), crónica de viaje; y Mexican Maze (1931), vertido al español en el mismo México con el título de Enredo mexicano (1933) y en Santiago de Chile con el de Panorama mexicano (1941).

Biógrafo de Porfirio Díaz

Pero en el cuarto abandona su actitud de periodista-testigo. Porfirio Díaz: Dictator of México (1932) es su título. Ahora se construye como investigador “objetivo” que recurre a documentos extraídos de archivos y bibliotecas, como también a informantes autorizados y coetáneos de la época porfirista, para ofrecer la primera biografía del prócer azteca tras la revolución iniciada en 1910. En el prólogo, Beals afirma que pasó cuatro años elaborando su obra —uno financiado por la Fundación “John Simon Guggenheim”—, la cual pretendía alejarse del halago adulador y de la condena amarga. Sin embargo, el historiador inglés Paul Garner —máximo biógrafo de don Porfirio— la calificó en 2003 de “apasionada, anecdótica y antiporfirista”.

Autor de Banana Gold

No podía esperarse otra cosa de Beals, colaborador de la prensa “radical” de su país: The Liberator, New Masses, New Republic y The Nation, donde difundía sus interesantes reportajes; miembros de la “bohemia roja” en el Distrito Federal (constituida, entre otros, por las figuras de Diego Rivera, quien ilustraría su Mexican Maze y la famosa fotógrafa Tina Modotti). También Beals era autor de Banana Gold (1932), libro con el cual había fortalecido su reputación en Estados Unidos como crítico de asuntos políticos y sociales de Latinoamérica.

Precisamente en Banana Gold, ilustrado por Carlos Mérida (1891-1984), amplió los seis artículos redactados tras su entrevista con Augusto C. Sandino, el 2 de febrero de 1928 en San Rafael del Norte, cuando el hábil guerrillero acababa de escabullirse del asedio a que lo habían sometido en El Chipote las fuerzas interventoras. Aparecidos del 22 de febrero al 12 de abril de 1928 en The Nation, fueron inmediatamente traducidos al español en El Sol de Madrid. Luego se editaron en el folleto de 75 páginas Con Sandino en Nicaragua (San José, Costa Rica, Comité Pro-Sandino, 1929) y en El Universal Gráfico de México. En ambos casos, la traducción fue anónima. Otra, desconocida en Nicaragua y titulada El oro de las bananas, la publicó Zig Zag de Chile en 1940, cuarentitrés años antes de la parcial que hiciera Luciano Cuadra en Managua (Nueva Nicaragua, 1983). Un ejemplar de la preciosa primera edición se destaca en mi biblioteca.

Experiencia mexicana

Las otras cuatro obras sobre México del radical journalist fueron: The Stone Awake (1936), House in Mexico (1958), memorias; Land of the Mayas, Past and Present (1966) y Stories Told by the Aztecas Before the Spaniards Came (1970). Por algo, excluyendo dos cortos viajes a Centroamérica (uno en 1926, el otro en 1928), y de su interludio en Italia de 1922 a 1923, había vivido en la ciudad de México desde diciembre de 1918 hasta 1934. Durante ese lapso se desempeñó como profesor de inglés (los miembros del ejército mexicano fueron sus alumnos, director de la Escuela Americana y charlista semanal sobre Shakespeare en salones elegantes de las esposas de petroleros, ejecutivos y diplomáticos de su país.

Su experiencia mexicana incluyó, desde luego, la relación con otros expatriados estadounidenses, entre ellos Bertram Wolfe (1896-1977) y su esposa Ella, militantes comunistas. Por cierto Wolfe describió el papel panel XIII de la serie de Diego Rivera “Portrait of America” (1937), donde figura en el extremo superior derecho el ceñudo y resuelto rostro de Sandino. Abarcó, asimismo, su amistad con el político peruano Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), creador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y con uno de los fundadores del Partido Comunista de Cuba, Julio Antonio Mella (1903-1929), asesinado en la ciudad de México el 10 de enero del último año por agentes del dictador cubano Gerardo Machado.

Aunque identificado con la izquierda, Beals no fue partidario de ninguna doctrina política ni se afilió a partido alguno; él era, ante todo, crítico e independiente. Mas en su patria se le consideró un “slacker” (“flojo”, “negligente” o, peor aún, “cobarde”) debido a su objeción al servicio militar a raíz del ingreso de Estados Unidos a la primera guerra mundial. Por ello estuvo preso un año en San Francisco. No en vano era hijo de la pacifista Elvina Beals, como lo refiere su biógrafo John A. Britton.

Cuarentiún libros y más de doscientos artículos publicó Beals. Aparte de los citados, los más notables se titularon: Fire on The Andes (1934), America South (1936) y The Coming Struggle for Latin America (1937), respectivamente traducidos al español por Zig Zag en Santiago de Chile: Fuego en los Andes (1942), América ante América (1940) y La próxima lucha por Latino América (1942). Otro fue Latin America: World in Revolution (1963), cuya traducción francesa data de 1966. Al respecto, uno de sus contenidos era el cuestionamiento de la Alianza para el progreso del presidente John F. Kennedy.

Con Sandino en Nicaragua

Volviendo a Banana Gold, o a los artículos sobre su visita a Nicaragua en busca de Sandino, conviene decir que Beals fue el único periodista que entrevistó al guerrillero durante su tenaz resistencia heroica, porque los otros dos que llegaron donde él, Ramón Belausteguigoitia (vasco) y José Román (nicaragüense), lo hicieron a raíz de la paz acordada por Sandino y el presidente Juan Bautista Sacasa el 2 de febrero de 1933. Es decir, cuando los marinos habían abandonado el país.

Así Beals conoció a los soldados sandinistas en sus retenes y campamentos, dejando constancia de la moral y disciplina ejemplares, de la sabiduría campesina y de la mística que les caracterizaba. Y también vivió con ellos horas de vivac, en compañía de aquellas resueltas mujeres que enseñaban a gritar a sus tiernos hijos balbucientes ¡Viva Sandino!, bajo las balas y las bombas de los aviones invasores. En fin, Beals fue el único estadounidense en hablar cara a cara con Sandino y el primero de renombre en sostener que no era bandido —como lo propalaban funcionarios del presidente Coolidge—, sino un patriota. La última pregunta del general mestizo, al separarse del periodista anglosajón, fue:

—¿Cree todavía que somos unos bandidos?

—Tiene usted —le contestó Beals— tanto de bandido como Mr. Coolidge de bolchevique.

Las tallas policromadas de Roberto De La Selva

En cuanto a los artículos del hoy olvidado latinoamericanista (apenas Julio Ycaza Tigerino lo recordaba en 1980 citando el fenómeno de la obra misionera protestante sincronizada con la penetración política y económica de los Estados Unidos en nuestros países, que Beals denunciara en su libro La próxima lucha por Latinoamérica), dos se tradujeron y divulgaron en Repertorio Americano de San José, Costa Rica. Aludo a “Esclavitud en Venezuela” (sobre los trabajos forzados impuestos en 1931 por la dictadura de Juan Vicente Gómez a prisioneros políticos) y “El género de artes plásticas creado por Roberto De La Selva”.

Sin embargo, de ambos no da cuenta Britton en su biografía de Beals. Posteriormente, el artículo de este —escrito en 1934— se insertó con un ensayo de Rebecca Kaye en el folleto de 45 páginas (28 de ellas ilustradas): Roberto de la Selva / A Primitive Aztec Handicraft raised to the category of a Mayor Art (México, D.F., Centro de Estudios Pedagógicos e Hispanoamericanos, 1937). Un ejemplar de esta rara publicación, obsequio de Salomón de la Selva Castillo, también conservo.

No se olvide que Beals se asoció con el hermano de Roberto, Salomón de la Selva, a partir del primero de enero de 1934 en la edición del Latin American Digest de la capital de Panamá. Por lo demás, si bien el texto de Rebecca Kaye (“The Art Philosophy of Roberto de la Selva”) es más profundo, el de Beals no carece de interés. En las tallas policromadas de Roberto De La Selva —opinó— “se capta esencialmente la misma vida mexicana, a la cual —no exento de sentimentalismo turístico— descubre su fuerza, el recóndito sentir que exhala su inagotable paciencia y la delicada belleza de su sencillez”. Beals añadía que el originario de Nicaragua —primer artista moderno de su país— desentrañaba valores eternos de la cultura indígena y adaptaciones mestizas de las clases bajas de México. Hasta llegó a relacionarlo, no a compararlo, con los grandes creadores de la pintura mexicana moderna:

A él no le atormenta la avidez de propaganda y la determinación brutal de Diego Rivera, ni el mal del alma de José Clemente Orozco, quien sublimiza la agonía racial transformándola en misticismo, ni las invenciones paradójicas de David Siqueiros, creador de un superrealismo basado en el énfasis que les da las características recesivas y en la expansión de lo diminuto en gigantesco. De la Selva parte del movimiento artístico general de México, cuya tendencia central es la revaluación de la historia, de la política y de la estética en términos de justicia social y de liberación económica.

“Nicaragua: Tierra de desesperación”

Otro texto de Beals sobre la patria de Sandino cuestionó el régimen de Anastasio Somoza García. Publicado en El Universitario de Managua (núm. 19, tercera semana de julio, 1946), se titula “Nicaragua: Tierra de desesperación”. No es preciso transcribir sus mejores párrafos. Basta citar estas líneas lapidarias: “Para colmo, en los últimos años, el país ha sido dominado por una de las más brutales, corrompidas y estúpidas dictaduras que registra la historia” y la siguiente afirmación: “Somoza es un hombre encantador y genial. Muchos periodistas extranjeros han sido hipnotizados por su gracia personal”.

Finalmente, en América ante América (1940) —uno de los pocos libros en español que poseo del prolífico estadounidense— describe la aventura del fraile español Blas del Castillo, quien en el siglo XVI osara introducirse en el cráter hirviente del volcán Masaya para extraer oro; y no podía evitar el elogio de la oda “A Roosevelt” de Rubén Darío, “El poeta latinoamericano más famoso”.