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  • The Economist

Pese a ser países con tradiciones culinarias ricas que se remontan a los aztecas y los incas, México y Perú han desarrollado un gran gusto por las modas gastronómicas modernas. Los mexicanos consumen más bebidas azucaradas y carbonatadas que cualquier otro país, y Perú tiene la más alta densidad de locales de comida rápida en el mundo. Chile, uno de los mayores exportadores de fruta del mundo, no come mucha de ella: Los alimentos procesados representan más de la mitad de la canasta de compra del chileno promedio. Incluso en la más esbelta Brasil, la ingesta de dulces y comida rápida se ha elevado en cinco veces en 30 años.

No todas las cinturas asimilan esta andanada de azúcar, sal y grasa de la misma manera, pero en gran parte de Latinoamérica y el Caribe la tendencia sobresale como la parte superior de un panqué. La Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO), una agencia de Naciones Unidas, dice que la región se ha vuelto la más excedida en peso en el mundo en desarrollo. En contraste con 1990, cuando despegó la epidemia de la grasa, en Latinoamérica se han perdido muchos más años de vida sana por comer en exceso que por el hambre.

A medida que han aumentado las muertes por enfermedades relacionadas con la obesidad como la hipertensión, la diabetes y el cáncer, también lo ha hecho el costo de tratarlas. En México, donde la obesidad es aproximadamente tan común como en Estados Unidos, la diabetes mata a unas 70,000 personas al año. Funcionarios de salud pública estiman que el costo de la obesidad, de alrededor de 6,000 millones de dólares en 2006, aumentará a más del doble para 2017.

Los gobiernos están tratando de impedir que sus ciudadanos se encaminen penosamente a su tumba anticipadamente. El doctor Enrique Jacoby de la Organización Panamericana de la Salud, una división de la Organización Mundial de la Salud, dice que siete países en Latinoamérica – Brasil, Chile, Costa Rica, Ecuador, México, Perú y Uruguay – se han puesto de acuerdo sobre regulaciones para mejorar los hábitos de ingesta en las escuelas, que incluyen ofrecer agua para beber y restringir la venta de alimentos procesados. También están promoviendo el ejercicio, una empresa difícil en ciudades donde la delincuencia, la contaminación y el tráfico evitan que la mayoría de los niños jueguen al aire libre.

Sin embargo, los esfuerzos para fomentar dietas más saludables se han topado con un intenso cabildeo de las industrias productoras de alimentos y bebidas. Jacoby cita casos en Brasil en 2010 y Costa Rica en 2012 en que compañías recusaron las regulaciones con base en razonamientos constitucionales, y en Brasil ganaron. Espera una batalla similar cuando Perú comience a imponer una ley contra la “comida chatarra”, aprobada en mayo, que restringe la publicidad y ventas de botanas en las escuelas.

Juan Rivera, del Instituto Nacional de Salud Pública de México, dice que las compañías productoras de alimentos y bebidas diluyeron regulaciones sin precedentes en 2010, consiguiendo que los jugos azucarados permanecieran en los menús escolares y que los límites al azúcar y la grasa fueran relajados. La industria responde que meramente buscó un enfoque más científico para establecer límites a las calorías.

Los senadores se están preparando para la oposición de los cabilderos si tienen éxito en imponer un gravamen del 20 por ciento sobre las bebidas carbonatadas como parte de una reforma fiscal esperada para fines de este año. Lorena Cerdán de Con México, que representa a las compañías de bienes de consumo, argumenta que ese impuesto sólo causaría que los refrescos sean reemplazados por algo igualmente azucarado. Sería mejor, dice, convencer a la gente de adoptar estilos de vida más sanos, que incluyan más ejercicio.

Opciones limitadas

En cualquier caso, para los adultos, al menos, la dieta es una decisión personal. Los litros de refrescos consumidos en toda Latinoamérica sugieren que, para muchos, el gusto supera a la nutrición.

En la práctica, muchas opciones de los consumidores son limitadas. Las industrias productoras de alimentos y bebidas tienen sistemas de distribución tan eficientes y presupuestos de mercadotecnia tan grandes que los vendedores de productos agrícolas locales no pueden competir, ni los gobiernos pueden emitir un mensaje saludable igualmente seductor. Eso no es culpa de la industria, pero significa que las comunidades más pobres a menudo exhiben el extraño fenómeno de la desnutrición y la obesidad conviviendo. Rivera dice que algunas madres mexicanas comienzan a dar bebidas carbonatadas a sus bebés a los tres meses.

En ocasiones, los gobiernos sumisamente se tragan esto. Nestlé, que se describe como una “compañía de nutrición, salud y bienestar”, se ha suscrito al principal programa nutricional de México, la “Cruzada Nacional contra el Hambre”, para alentar a las mujeres emprendedoras a hacer postres en los cuales pudieran usar los productos Nestlé. La iniciativa se llama “Mi dulce negocio”.

Incluso las instituciones multilaterales no son impenetrables. En 2012, una investigación de la agencia noticiosa Reuters encontró que la Organización Panamericana de la Salud, que había vinculado a los “Gigantes Alimenticios” con la propagación de las enfermedades relacionadas con la obesidad, estaba recibiendo fondos de la industria. Después de eso, Margaret Chan, directora de la OMS, trazó un vívido panorama del poder de las compañías alimentarias.

“Los mosquitos no tienen grupos de batalla y los mosquitos no tienen cabilderos”, dijo Chan, “pero las industrias que contribuyen al aumento de las enfermedades no transmisibles sí”.

Las tropas que libran la pelea contra el peso enfrentan una oposición imponente.

 

Campañas "eficientes"

Nestlé, que se describe como "compañía de nutrición y salud", se ha sumado al programa de México, contra el hambre, pero usando sus productos.