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En la comunidad indígena San Andrés de Bocay, ubicada a más de cien kilómetros abajo de Wiwilí, sobre la ribera del río Coco o Wanky --como le llaman los indígenas--, los niños y jóvenes juegan y se entretienen sanamente, pese a no contar con locales techados ni con pelotas de marcas reconocidas ni uniformes o equipos deportivos adecuados.

Lo único de que disponen es de un campo abierto, cruzado por dos zanjas, que se inundan con la lluvia, y que dividen el terreno en dos canchas, donde juegan separadamente varones y mujeres miskitos. Lo hacen con pasión y con sonrisas a flor de piel, bajo la mirada curiosa de sus familiares que siguen los encuentros deportivos desde las ventanas de las casas de madera.

Aquí no hay canchas de fútbol con grama artificial ni instalaciones de baloncesto con piso de tabloncillo. Mucho menos con camerinos, con duchas o con butacas para sentarse. Ni siquiera una caseta para que “la banca” de cada equipo se proteja del sol y la lluvia durante los juegos amistosos.

Aun así, con sus pequeñas dimensiones, los jóvenes sienten que este cuadro, que también sirve de plaza pública, de pista de aterrizaje de helicópteros, de parque de ferias y de cuadro de béisbol, se transforma en un “Maracaná”, el mítico estadio brasileño, cuando suena el silbatazo imaginario y comienza el juego.

El público de este “estadio” no necesita grandes pantallas para ver el “repriss” o la repetición de las jugadas, pues aquí ven el partido en vivo, en directo y en palco, desde el marco de la ventana de sus casas de zanco.

En la cancha no importa que bajo el arco se forme un pozo lleno de lodo, pues el guardameta está equipado con botas de hule, tampoco importa que arrecie la lluvia, pues ese no es motivo para suspender ningún partido en una zona donde en invierno la gente se levanta y se acuesta con la monotonía del goteo sobre sus techos.

Cuando en el campo deben jugarse dos partidos a la vez, el “estadio” se divide en dos canchas tipo fútbol-sala, y ponen de “marco” cualquier cosa visible, desde unas botellas plásticas de gaseosa, un par de cocos o unas botas de hule. La pelota, sin marca visible y de volibol, sirve para jugar fútbol o baloncesto.

En este campo de fútbol, a pesar de estar delimitado por las dimensiones imaginarias de una cancha verdadera, la pelota no reconoce límites y donde caiga siempre está habilitada para seguir en juego, ya sea que se cruce a la cancha de las muchachas o se vaya entre la zanja de lodo.

Las muchachas hacen lo mismo, pero con más pasión, alegría y arrojo, sin miramientos por el lodo ni desánimo por las caídas, ni temor a los raspones, porque la grama es natural. Tampoco se preocupan por una rotura en los zapatos, ya que aquí todas juegan descalzas.

Todos estos jóvenes son estudiantes de secundaria del instituto Awala lupia (Hijos del Río, en miskito), quienes reciben clases por la tarde. Son jóvenes alegres y sanos que aprovechan lo poco y sencillo que tienen para divertirse en esta zona casi olvidada de Nicaragua.

Aquí, un tronco de árbol flotando sobre el río sirve de “barco” para los niños, mientras un árbol que crece en el borde sirve de trampolín para los más audaces. Otros, más pacientes, encuentran ameno y beneficioso sentarse a la orilla del muelle con un anzuelo y un pedazo de nylon enrollado a una vara de jícaro, a esperar que “pique” algún guapote o un bagre.

Mientras, los más pequeños disfrutan haciendo muñequitos de lodo, que ponen a secar sobre la loseta de cemento.

En este lugar no importa la temporada ni esperan que llegue la “fiebre” de las canicas ni de los trompos, para jugar, pues el que tiene uno de estos juguetes lo aprovecha a cualquier hora del día, no importa si hace sol o llueve, porque a los niños estos elementos no les quitan la fantasía ni la ilusión de la diversión.

Los niños y jóvenes de las riberas del río Wanky, en la línea fronteriza entre Nicaragua y Honduras, por siglos han vivido a la intemperie, utilizando lo que tienen a mano para divertirse. Si no hay una pelota Wilson 10-10 para jugar béisbol, eso no es ningún problema, elaboran una con brea de árbol de hule que envuelven en trapo, o hacen una de calcetín.

En San Andrés de Bocay, la pobreza campea por todos lados, pero eso no impide que los niños y jóvenes miskitos, de ambos sexos, rían y se diviertan sanamente, superando la carestía y las limitaciones.