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El buscador de Google ofrece 15,900 resultados sobre Juan Bautista Arríen. La cifra revela que este vasco es de sobra conocido. En la víspera de un importante partido de fútbol puede vérsele en la tele comentando sobre las jugadas. Es común leer declaraciones suyas sobre educación --una de sus especialidades-- o sobre su labor en la Unesco. Su nombre a la par de las siglas “S.J.” aparece también en fragmentos de la historia reciente.

Y es que además de ser un educador, uno grande, fue sacerdote jesuita, rector de la Universidad Centroamericana y jugador de fútbol. Ha escrito más de diez libros sobre educación y filosofía, y uno autobiográfico. Lleva a cuestas 82 años.

Arríen sonríe con facilidad. Es ordenado hasta casi llegar a la obsesión. Siempre filosófico. Positivo. Y también franco. Ha sufrido tanto como ha reído. Ha sobrevivido al cáncer, a la Hepatitis C, y, sobre todo, a la muerte de uno de sus hijos.

Cada día se levanta a las cinco de la mañana. Media hora después ya está en la piscina, listo para nadar durante 45 minutos.

Frente al agua, levantando los brazos, pronuncia una oración de San Ignacio de Loyola: “Tomad Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad. Vos me lo diste, a vos Señor lo torno. Todo es vuestro, disponed de mí según vuestra divina voluntad. Dadme vuestro amor y vuestra gracia que con esto me basta”.

Y se tira.

El aficionado al Athletic de Bilbao, el doctor en filosofía, el educador, se tira al agua.

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En la oficina impera el orden. Solo el orden. Estantes con libros organizados de tal forma que uno no sale más que el otro. Tortugas de barro pintadas con tonalidades coloridas que él ubica juntas. Juntitas y a la misma distancia. Cuadros con decenas de diplomas colgados simétricamente. Regalos, fotografías (la de su esposa Giovanna, “el apoyo mayor” de su vida y la de su hijo Juan Bautista).

Frente a él, Jesucristo. Un Jesucristo pescador que tiene en la parte de arriba del marco, una bandera de Palestina.

“Jefe, aquí estamos, le digo todos los días. Con su mirada me dice: De acuerdo”, cuenta, viendo fijamente la pintura.

Ahora mismo, Juan Bautista Arríen está tratando de hacer una especie de esquema de su vida en un papel. Se sostiene la cabeza, murmura y escribe como si estuviese planeando alguna clase. Engloba una palabra. “Tengo dos genes, mi madre maestra y mi padre deportista”, alcanza a decir, aún sin dejar de escribir.

Y aquí viene la explicación:

"Yo veía en mi madre algo especial cuando daba clases, y veía a mi padre como un deportista. Estos dos aspectos han acompañado mi vida, pero entre los dos hubo una especie de encuentro que fue acaparado por el espíritu de la Compañía de Jesús. He sido educador, académico, deportista, pero la consistencia, la firmeza, el compromiso, la visión, en fin, todo lo que en mi vida ha supuesto la educación y la vida académica, y el deporte en términos organizativos, de atleta, hasta llegar al Salón de la Fama del deporte nicaragüense, ha sido la formación jesuítica".

Juan Bautista Arríen nació en el país vasco, y su niñez estuvo marcada por la guerra civil española. La segunda bofetada que recibió en su vida (la primera se la dio una monja, sor Inés, en el preescolar, a modo de corrección porque era muy inquieto) vino de parte de un maestro que lo escuchó hablando en vasco. En ese momento estaba prohibido hablar vasco en las escuelas. “Esa bofetada me hirió”, dice él.

Se metió a cura muy joven luego de estudiar la secundaria en un colegio jesuita, y llegó a Centroamérica, a Santa Tecla, El Salvador, cuando era novicio. Al concluir el noviciado fue trasladado a Quito, donde estudió filosofía. En 1956 concluyó su tesis doctoral en filosofía y viajó a Nicaragua, asentándose en el Colegio Centroamérica.

“Por primera vez en mi vida estaba dando clases. Tenía una licenciatura en humanidades clásicas, un doctorado en filosofía pero no había dado clases”, recuerda en su libro “La vida más allá de uno”.

En las aulas del Centroamérica educó a mucha gente. Entre ellos, al alumno que años después se convirtió en médico y lo curó de una úlcera; al que se convirtió en el pediatra de sus hijos; a Edén Pastora, el famoso “Comandante Cero”; a Alfonso Robelo, quien luego integró la primera Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional; a “Chicano” Cardenal, quien dirigió a la Contrarrevolución.

“En términos de personalidad, mi formación y espíritu está dada por la formación de la Compañía de Jesús. Nicaragua me enseñó a ser educador”.

Donde Arríen llegaba, organizaba equipos de fútbol (incentivó en Quito a un grupo de novicios y fundó el grupo de fut de los filósofos). En las fotos de juventud luce esbelto, con cuerpo de atleta y le resalta la manzana de Adán.

Él dice que era un extraordinario rematador con la cabeza. “Tienes una cabeza de oro, me decían”. E inmediatamente cuenta anécdotas claves en su historia deportiva, de cómo entró en la adolescencia al equipo junior del Athletic de Bilbao, de cuando determinó el partido con el remate con la cabeza, de cuando la selección nacional de fútbol --a la que él pertenecía-- le ganó a la de los Estudiantes de la Plata en 1966.

“El deporte me ha estimulado, motivado, acaparado e ilusionado de tal manera, que me ha dado gran parte del sentido de mi vida. Mi verdadera escuela en términos psicológicos, de realización, fue el deporte. Yo me mataba, era un loco por el deporte”. Se retiró a los 39 años. Pero aún sigue sufriendo al ver en la tele los partidos del Athletic de Bilbao.

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En 1968 fue nombrado vicerrector de la UCA. Dos años después los estudiantes de la UCA se tomaron la Catedral. Entonces era rector por la ley, porque el padre León Pallais estaba enfermo. Asumió una actitud beligerante y de defensa de los estudiantes. En 1976 fue nombrado rector de esa universidad. Anduvo tras los estudiantes cuando caían presos. En pocas líneas no podría resumirse su papel al frente de la UCA en los últimos años de la dictadura somocista.

En 1979 decidió salirse de la Compañía de Jesús por diferentes motivos.

Con su primera pareja tuvo sus dos únicos hijos, Juan Bautista, y Xavier Ignacio, quien murió en 2005 en un accidente de tránsito. El primero le sacó lo intelectual y el segundo lo atleta. Hoy convive con Giovanna Daly. “He encontrado en ella la paz, la comprensión. Ella es el mayor apoyo de mi vida”.

Arríen trata siempre de mantenerse en pie, positivo, recordando las recomendaciones de un maestro suyo que sobrevivió a los campos de concentración nazi.

“He sido feliz”

“En Nicaragua he madurado, me he consolidado, he aprendido y me he proyectado. En Nicaragua he sido feliz”.