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“Los presidentes mexicanos acostumbraban llegar al Congreso el 1  de septiembre saludando a la gente en las calles como Stalin paseando por la Plaza Roja. Pronto, estarán dirigiéndose a la nación desde un búnker”. Así fue como Lorenzo Meyer, un historiador mexicano izquierdista, satirizó el primer informe de gobierno de Enrique Peña Nieto del 2 de septiembre.

El presidente lo pronunció no ante un Congreso repleto, como era común, ni en el Palacio Nacional. Más bien – un día después de lo originalmente programado _, se dirigió a un público selecto bajo un toldo afuera de su casa. Desde ahí, su mensaje fue difundido nacionalmente.

Debe haber sido molesto. En un país que anteriormente investía de tanto poder a sus líderes que se le llamaba “la dictadura perfecta”, septiembre es el mes de más pompa presidencial. Dos semanas después de su discurso a la nación, Peña debe dar el anual “grito”, o llamado a la independencia, desde el balcón del Palacio Nacional. Pero el balcón está cubierto de tablas por seguridad, y cualquiera que trate de llegar ahí tiene que pasar por entre las tiendas y toldos de miles de maestros en huelga que han acampado en el Zócalo, como se llama la plaza central, protestando contra las reformas educativas de Peña Nieto.

El Congreso, mientras tanto, ha estado rodeado de barricadas de placas de acero y policías antimotines después de semanas de manifestaciones por parte de los maestros. No es sólo Peña Nieto quien ha sido forzado a adoptar medidas evasivas. Los bloqueos ilegales de los maestros en las avenidas y el aeropuerto de la capital han causado daño a todos. Los perpetradores argumentan que las protestas son la única forma de atraer la atención a la atroz situación de la educación en el pisoteado sur del cual proviene la mayoría, el cual creen merece trato especial. Sin embargo, en su mayor parte han sido criticados duramente por los medios nacionales.

Al último minuto, Peña Nieto obtuvo una prórroga. El día antes de su informe anual, la cámara baja del Congreso aprobó, por una impresionante mayoría, el aspecto más contencioso del proyecto de ley de reforma educativa, el cual sometería la continuidad del empleo de los maestros a evaluaciones anuales.

Reformas energéticas y fiscales

Eso sacó de balance a los manifestantes y dio al presidente algo tangible que celebrar en su informe. Dio un paso más llamando al país a respaldar las amplias reformas energética y fiscal, las cuales, dijo, planeaba fueran aprobadas en los próximos 120 días.

Esas reformas han sido el gran logro de sus primeros nueve meses en el poder. Su Partido Revolucionario Institucional, PRI, que perdió el poder en 2000 después de gobernar a México durante la mayor parte del siglo XX, pasó sus 12 años en la oposición criticando incesantemente el carácter amateur de sus usurpadores. Desde que regresó al poder en diciembre, se ha enorgullecido de la capacidad de Peña Nieto para forjar un consenso a favor de la reforma entre los principales partidos de oposición.

La piedra angular de ese éxito ha sido el Pacto por México, un acuerdo para aprobar de manera rápida las reformas, firmado por los tres partidos principales en diciembre. Pero la aprobación del proyecto de ley de educación quizá sea lo máximo alcanzado por ese esfuerzo. El Pacto ahora se está desgastando.

El izquierdista Partido de la Revolución Democrática, o PRD, se opone firmemente al borrador de proyecto de ley de Peña Nieto para permitir la inversión privada en la industria petrolera y gasera. También se resiste a los intentos de introducir impuestos al valor agregado a los alimentos y las medicinas, los cuales podrían ser parte de un proyecto de ley de reforma fiscal que fue enviado al Congreso el 8 de septiembre (quizá con alguna exención para los más pobres).

El PRI y el conservador Partido Acción Nacional tienen suficientes escaños en el Congreso para reunir la mayoría de dos terceras partes necesaria para sacar adelante la reforma constitucional sobre energía e impuestos. Pero sin el PRD para que reste algo de fuerza a la izquierda, es probable que aumenten las protestas sociales.

López Obrador deja a un lado el petróleo

El 8 de septiembre, Andrés Manuel López Obrador, que quedó en segundo sitio en la elección del año pasado y la anterior, en 2006, convocó a una manifestación masiva en la Ciudad de México para buscar descarrilar la reforma energética. Hubo poco efecto al llamado. En los últimos meses, ha recorrido el país avivando la oposición a la reforma, con su ira chisporroteante e ingeniosa.

En una reciente reunión en el puerto de Alvarado, en el estado oriental de Veracruz, fue visible un cambio en sus tácticas. En vez de enfocarse en el petróleo como un símbolo de la soberanía mexicana, ahora ataca a las reformas sobre bases económicas. Argumenta que desde que México comenzó una ola de privatizaciones, en los años 90, la economía apenas ha crecido. También afirma que introducir la competencia privada en la industria energética reducirá los ingresos fiscales por el petróleo, forzando al gobierno a elevar los impuestos a empresas e individuos para financiar la diferencia. Eso, dice, hará más pobres a los mexicanos.

Ambas afirmaciones están abiertas a la discusión. Pero su fuerza entre los mexicanos – de los cuales 53 millones (casi la mitad de la población) viven en la pobreza – será intensificada por una desaceleración inesperadamente pronunciada en la economía este año. El espectro de una recesión técnica en el segundo y tercer trimestres podría sólo empeorar por la amenaza de impuestos más elevados. Roy Campos, de Mitofsky, una organización encuestadora, dice que las preocupaciones por la economía son el factor más grande que pesa sobre la popularidad del presidente: Dos tercios de los encuestados en agosto creía que las cosas estaban empeorando.

Dicho esto, la oposición a las reformas de ninguna manera es monolítica. A López Obrador no se le ha unido Cuauhtémoc Cárdenas, el patriarca del PRD cuyo padre nacionalizó la industria petrolera en 1938. Los maestros disidentes en el Zócalo de México tienen sentimientos mixtos hacia el fogoso López Obrador.

Sin embargo, pese a semanas de protesta fallida, que los ha desgastado física y financieramente, los maestros se niegan a moverse. Aunque numerosas tiendas de campaña ahora portan letreros que piden alimentos y dinero, los que están dentro de ellas prometen continuar con una “insurgencia magisterial”. Esa obstinación representa un dilema para Peña Nieto. Entre más ambiciosas sean sus reformas, más probabilidad tienen de provocar esa hostilidad. Pero si no son lo suficientemente ambiciosas, quizá no valga la pena hacerlas.

 

Oposición a proyecto de ley

El izquierdista Partido de la Revolución Democrática, o PRD, se opone firmemente al borrador de proyecto de ley de Peña Nieto para permitir la inversión privada en la industria petrolera y gasera.