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Transcurría el año 1955 y en los pasillos del Instituto Central Ramírez Goyena, de Managua, un joven flaco y espigado salió de la biblioteca, levantó sus brazos a la cabeza para recordar que un año después se celebraría el centenario de la Batalla de San Jacinto y en voz alta comentó a un grupo de estudiantes: “Tenemos que hacer algo distinto, más allá de los desfiles”. Era Carlos Fonseca.

Los jóvenes de la época, entre ellos Roberto Sánchez Ramírez, hoy historiador además de periodista, ve como extraordinario que desde aquel día hasta hoy han transcurrido 58 años y la historia de esta batalla, principalmente de muchos de sus protagonistas, algunos olvidados, no se ha terminado de contar, mucho menos de escribir.

En 1955 no se tenía idea de cómo había sido esa batalla, “yo nunca había visto el mapa de una batalla”, recuerda Sánchez al contar que fue, precisamente, Carlos Fonseca, quien comenzó a investigar y a arengar a los estudiantes acerca de la histórica epopeya, de sus héroes y las dimensiones que esta tuvo para Nicaragua, Centroamérica y el mundo.

Nadie quería ser filibustero

Para organizar la reedición de la batalla hubo varios problemas, entre ellos que nadie quería representar a los filibusteros, a lo que Carlos Fonseca reaccionó con una decisión pragmática. “Todos los cheles hagan fila a este lado; ustedes serán los filibusteros”, y el problema se resolvió, cuenta Sánchez con evidente admiración por ese joven que luego se convirtió en el fundador del Frente Sandinista.

Sánchez insiste, “nadie de nosotros, los estudiantes de la época, se imaginaba cómo era el rostro de Andrés Castro”, para luego contar que ese personaje robusto, altivo y con una piedra en la mano, ubicado en la entrada a la Hacienda San Jacinto es una obra de Edith Gron, inspirada en un modelo llamado Silvio Turcios Ramírez, conocido en Managua como “Bill Turcios”, un reconocido atleta, boxeador de la época, bombero y padre del héroe sandinista Oscar Turcios Chavarría.

Sánchez Ramírez recuerda que investigaron para conocer cómo fue la batalla, hasta llegar a dramatizarla en los patios del instituto, ante la mirada de asombro, optimista y de apoyo del director del centro, el profesor Guillermo Rothschuh Tablada. “Nosotros éramos jodedores, armábamos relajos, corríamos en todas las direcciones y el pobre flaco de anteojos luchaba por sosegarnos, hasta que por fin le hicimos caso y dramatizamos la batalla”.

Dramatizar la batalla en el lugar

Hace 58 años fueron a San Jacinto, donde solo había una trocha para llegar a la hacienda que estaba llena de maleza, los corrales de piedra caídos y la casa abandonada. “Pero fuimos, e invitaron a los estudiantes de los institutos de Chontales y Matagalpa para hacer el simulacro de la batalla”. Chontales por el apego del profesor Rothschuh a su tierra natal, y Matagalpa porque Carlos Fonseca se había bachillerado en el Instituto Eliseo Picado.

La salida fue a las cuatro de la mañana del 14 de septiembre de 1955 y a la entrada de la hacienda se juntaron como trescientos estudiantes, “nos dieron las últimas instrucciones y emprendimos el viaje por montes, escapando a los sonsocuitales, espinales y carnizuelos, alborotando avisperos de correvenado, cayendo al lodo, jodiendo a las chavalas”.

Columnas jefeadas por intelectuales

“Las columnas estudiantiles fueron dirigidas por los intelectuales, Guillermo Rothschuh, Carlos Arroyo Buitrago y Víctor Manuel Báez Suárez. También se distinguían Gregorio Aguilar Barea, Mariano Miranda Noguera, Ramón Chow Díaz, Jorge Navarro, Eduardo y John Medina Borgen, Francisco Buitrago Castillo, entre otros”, escribió el 12 de septiembre de 1998 el historiador Roberto Sánchez Ramírez.

Los profesores Rothschuh y Chow Díaz dotaron de bombas de mecate, rifles de madera y botas a los estudiantes para dramatizar la batalla.

Para asombro de cazadores y leñadores, el alboroto de los estudiantes duró varias horas, la dramatización, primera en la historia y en el lugar, se hizo; “fue un éxito”, a tal punto que a su regreso a Managua los estudiantes emprendieron una colecta para construir un monumento a Andrés Castro en la entrada de la hacienda.

Un monumento a Andrés Castro

En la imaginación de los estudiantes estaba aquella imagen de la escultora Edith Gron, una mujer de pelo rojizo y numerosas pecas en su rostro, que cobraba notoriedad por sus esculturas en Managua.

“Fuimos adonde Edith Gron y ella estuvo de acuerdo”, recuerda Sánchez, pero para poder desarrollar la nueva empresa hubo que hacer una colecta, y la población, aun sin conocer a Andrés Castro, dio dinero, el que ajustó para pagar el costo de los materiales que utilizó Gron, un monumento hecho de concreto sobre una base que donó un maestro de obras.

 

Somoza no fue invitado

Días antes del 14 de septiembre de 1956, año del centenario de la batalla, una vez acabada la obra de Gron, los estudiantes y profesores del Instituto Ramírez Goyena decidieron colocarla e inaugurarla, noticia que corrió como reguero de pólvora y llegó a oídos del general Anastasio Somoza García, el padre de la dinastía somocista y pide estar presente en la inauguración. “Le mandamos a decir que no. El profesor Rothschuh se jugó su puesto. Somoza reaccionó muy molesto y, precisamente, el día que hicimos el acto pasó por el lugar, provocando, pero no hubo incidentes. Él siguió su camino a la hacienda que se estaba restaurando en ocasión de los cien años de la gesta”, cuenta Sánchez.