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El secretario de Defensa, Chuck Hagel, anunció su intención de ordenar una revisión de la seguridad en todas las instalaciones militares de Estados Unidos -también en el extranjero-, según fuentes del Pentágono que indicaron que la orden podría ser efectiva desde ayer miércoles. Poco antes, el secretario de la Armada, Ray Mabus, anunciaba a través de su cuenta de Twitter que había solicitado inspeccionar esos mismos protocolos de seguridad para asegurarse de que se cumple “con el deber de cuidar de nuestra gente”.

Con 12 cadáveres ya identificados y el cuerpo del pistolero en poder del FBI, la pregunta que se abría paso entre otras muchas era sobre todo una: ¿Cómo fue posible que un hombre fuertemente armado lograra acceder a uno de los edificios más seguros de Washington, desde donde se coordinan algunos de los principales centros de operaciones de la Marina?

La respuesta no requiere gran elaboración y la incógnita se despeja con unas siglas: CAC, que corresponde a Tarjeta de Acceso Común (Common Access Card). Además de este pase, Aaron Alexis, el hombre que el lunes añadió más víctimas a la larga lista de tiroteos en EE.UU., tenía lo que se conoce como “autorización secreta”, o lo que es lo mismo, supuestamente había sido investigado para saber que en su pasado no había nada peligroso para la seguridad nacional.

El Mando de Operaciones de la Armada, situado en la ribera del río Anacostia, en el sureste de Washington, es un inmenso laberinto de edificios y calles protegidos por vallas, guardas armados y detectores de metales. Cada día, hasta 18.000 personas -el total de empleados del complejo, muchos de ellos civiles; de hecho entre las víctimas no hay militares en activo- muestran sus credenciales en cada puerta y a cada agente que lo requiere. Pero estos mismos trabajadores tienen el privilegio de no ser sometidos ni a cacheos, ni pasar por los detectores de metales ni que sus bolsos sean revisados.

Pistolero era informático

Alexis trabajaba por horas como informático para una subcontrata de Hewlett-Packard, de Florida, llamada The Experts, empresa que había otorgado al pistolero de Washington una identificación militar válida para acceder sin ninguna traba al edificio 197, donde trabajan unas 3.000 personas y donde se lleva a cabo el mantenimiento -entre otras cosas- de barcos y submarinos. Que Alexis llegara tan lejos portando tres potentes armas de fuego provoca un levantamiento de cejas general que automáticamente es abortado si el pistolero presentó la credencial oportuna en el momento oportuno, lo que permitió que accediera a la escena del crimen con un rifle de asalto, una escopeta y una pistola en su cuerpo o en una bolsa.

La matanza de Washington ha reabierto un debate que ya tiene más de una década -se remonta al 11-S- sobre si el Pentágono está haciendo todo lo necesario para proteger a su personal, desplegado en las cerca de 500 instalaciones militares que existen en el país, con protocolos de seguridad que divergen mucho entre ellos y vulnerables a asaltos, como quedó probado el lunes y, antes, hace unos años con la masacre de Fort Hood, Texas (13 muertos y 30 heridos).

Justo el lunes se informaba de que el inspector general del Departamento de Defensa ordenó este año llevar a cabo un informe sobre los métodos y procedimientos a la hora de dar acceso a los centros militares. Según esa auditoría -cuyo borrador ya tienen algunos congresistas y que será pública en los próximos días-, al menos 52 criminales convictos han tenido acceso a instalaciones del Ejército en años recientes.

Alexis había sido licenciado del Ejército con honores, por lo que nada le impedía lograr un trabajo como contratista en Defensa y un pase de alta seguridad. Las primeras informaciones indicaban que la salida como reservista de la Armada había tenido la calificación de “común”, categoría que sugiere que ha habido algún tipo de desorden de conducta -que los hubo, entre 8 y 10- pero que finalmente fue desechada y se fue de la Armada con honores. Lo que abre otra pregunta para la que los responsables deberán de tener lista ya una respuesta.

Iracundo y de gatillo fácil

El tirador de Washington, de 34 años, sufría ataques de ira y había recibido tratamiento psiquiátrico.

No hay motivo que justifique que un hombre, cualquier ser humano, entre en un lugar público y abra fuego indiscriminadamente contra las personas que lo ocupan. Pero siempre se citan: conflictos de trabajo; locura; venganza... En el caso de Aaron Alexis, el hombre que el pasado lunes puso fin a la existencia de 12 hombres y mujeres para acabar él cayendo abatido por las fuerzas de seguridad, ni siquiera existe un móvil conocido.

Dicen que Alexis sufría de ataques de ira. Arrebatos de furia que le hacían perder el control de tal manera que incluso luego no recordaba lo que había sucedido. Así, en 2004, cuando vivía en Seattle y salió un día a pasear, acabó reventando a tiros las ruedas de un coche de dos obreros de la construcción que habían aparcado el vehículo en el acceso de entrada a su casa. Aquel día, Alexis iba armado con una Glock del calibre 45.

Ya como reservista de la Armada, el hombre que abrazó en sus últimos años de vida el budismo resolvió una disputa por ruido con su vecina de abajo en el edificio de apartamentos en el que vivía en la base militar de Fort Worth (Texas) con un tiro de advertencia contra el techo de la casa de ella -su suelo-. Cuando la Policía llegó a la casa, Alexis se excusó diciendo que estaba limpiando su arma y, debido a que tenía las manos grasientas con motivo de haber tocado comida, se le disparó. Aquello fue en el año 2010 y se sumó a sus ausencias sin permiso y desórdenes de conducta. Días después fue obligado a abandonar la base.

Alexis fue un reservista a tiempo completo entre 2007 y 2011, casi siempre haciendo labores de electricista especializado en aviones. Nacido hace 34 años en el neoyorquino barrio de Queens, la última dirección conocida de Alexis, un hombre negro, es de Texas. A Washington llegó hace varias semanas y residía en hoteles baratos cercanos a la zona del Mando de Operaciones de la Armada. Algunos medios informaban el martes de que Alexis solía quejarse de su mala fortuna, de que la Armada le había fallado y de sentirse discriminado por su color de piel.

 

Siquiatría y meditación

Según fuentes oficiales, Alexis había recibido asistencia médica de manos del departamento de Asuntos para los Veteranos por sus problemas mentales, ya que sufría de insomnio y escuchaba voces. Sus vecinos de Texas le describen como un hombre “dulce”, pero a continuación muchos añaden la categoría de “agresivo” a su carácter. Su padre se remonta a lo que su hijo vivió durante los ataques terroristas del 11-S y los días posteriores para explicar su carácter voluble y su diagnóstico de estrés postraumático, ya que estuvo implicado en las labores de rescate.
Tras su salida del Ejército, Alexis conoció a Srisan Somsak, un emigrante tailandés que recaló en Fort Worth y que le introdujo en la meditación. Somsak ofreció a Alexis un bungaló de su propiedad para vivir por un alquiler de 600 dólares a condición de que no “bebiera ni fumara” en su interior. Este hombre, de 57 años, ha declarado que siempre pensó que Alexis era susceptible de suicidarse pero nunca de matar a nadie. “Por fuera era una persona muy callada, pero creo que por dentro estaba lleno de agresividad, no le gustaba intimar con nadie, era como un soldado en guerra”, ha explicado a los medios locales de Texas un hombre llamado J. Sirun, asistente al centro de meditación de los monjes budistas de Fort Worth.