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Mis primeros nítidos recuerdos no corresponden a los de la ciudad donde nací, me crié y formé, sino a una población del Noreste de mi patria: Puerto Cabezas. La fundación de esta localidad del Caribe nicaragüense databa de los años 20, coincidiendo con el auge económico de la región que ofrecía tupidos bosques de pinares y una gran potencialidad bananera. De modo que en 1922 se instalaba el señor L. T. Miles junto al ruinoso caserío de Bilué, donde vivía solitario el miskito Noha Columbbus. Miles fundó una compañía que construiría el primer muelle del futuro Puerto Cabezas, mas fue destruido y relevado por otro de la compañía sucesora de Miles: The Wilwi Timber and Banana Company. En 1926 ese muelle tenía 900 pies de largo y doble vía férrea, porque dicha empresa —llamada luego Bragman Bluff Lumber Company— había iniciado sus operaciones invirtiendo cerca de cinco millones de dólares para erigirlo y toda la infraestructura que requerían el aserradero de la madera y la explotación de ésta y de los bananos sembrados primero en las vegas del río Wawa y después en la del Coco.

El decreto fundador

El puerto de la Bragman Bluff —dueña de instalaciones diversas como Hotel, Hospital y Comisariato— se abrió en 1924 por decreto del gobierno nicaragüense; no obstante, la ciudad y el municipio de Puerto Cabezas se crearían cinco años más tarde: el 12 de febrero de 1929. Su decreto fundador establecía una agencia fiscal, una administración de correos, una subdirección de Policía, escuelas públicas de primaria, oficinas de Sanidad y otras que se estimase conveniente. La Corte Suprema de Justicia nombraría un Juez de Distrito para lo Civil y lo Criminal, que tendría dos secretarios, un portero, local para despacho y gastos de oficina. La nueva localidad nacía para absorber a la población indígena de “Bilway” (o Bilué como pronunciaba la mayoría de sus 350 habitantes: “españoles” llegados del interior de la República) y recibía su nombre en memoria del Reincorporador de la Mosquitia: general Rigoberto Cabezas (1860-1896).

Diecinueve años después de la fundación oficial se aparecían mis padres en Cabezas, como denominaban los costeños al centro explotador y exportador de maderas y bananos, transformado en “ciudad”. Él de 30 y ella de 27. Primero llegó don Felipe solo, mientras se iniciaba como Juez Único del Distrito de lo Civil y lo Criminal; y después ella con sus tres primeros hijos (Felipe, Roberto y Thelma) y el sexto: Alejandro, recién nacido. A ellos seguimos el cuarto y/o quinto, o sea, los gemelos (Nelly y yo), conducidos por una tía muy querida: Yolanda Sandino Vargas. Así aparecemos todos los nombrados en una pequeña fotografía, la más antigua que conservo de mi familia: sentados sobre unas piedras, en trajes de baño, con una “china” negra —encargada de cuidarme— a mi lado. En otra estoy con mi gemela sobre las piernas de mi madre, seguramente en una kermesse.

Nelly y yo, de dos años y pico, habíamos llegado desde Managua en vuelo de La Nica, cuyo avión sentí tan inmenso que rogué llorando a mi tía Yolanda, “La Lala”, me trasladara a otro “chiquito”. Este es mi primer recuerdo, pero no de Puerto Cabezas, del cual me quedaron los siguientes: unas altas gradas adentrándose en el mar, muchas escaleras de madera, dos o tres filtros de porcelana blanca, cedazos para impedir la entrada de los fastidiosos mosquitos, unas bancas con pasajeros en tediosa espera y palmeras, decenas de palmeras, como las que flanqueaban a la entrada de la residencia de los capuchinos.

El Padre Casimiro

Precisamente tengo bien iluminada la ocasión cuando entramos en esa residencia, bajando a una especie de sótano atiborrado de comestibles enlatados que en Nicaragua llamábamos “poterías”. Y es que mi padre, como católico forjado en Colombia, era muy allegado a los referidos misioneros, sobre todo a fray Casimiro Walsh O. F.M. Cap., el grande e inolvidable Padre Casimiro —una leyenda en mi infancia— con quien mantendría comunicación desde el Pacífico, durante los años cincuenta. Así gestionó desde Rivas, a principios de 1953, para que el gobierno eximiera de impuestos a la Misión Católica —de la que había sido miembro activo— y pudiera concluir sus tres proyectos: un orfanato, el Colegio Niño Jesús (ambos de dos pisos) y un convento de monjas. Porque él se consideraba portocabecense, en vista del período judicial completo de dos años que allí había ejercido del primero de mayo de 1947 al 30 de abril de 1949.

Durante ese lapso, mi padre dejó una consistente imagen de líder civil. Impartió justicia y se internó en terrenos montañosos e infértiles para dirimir un reclamo de la comunidad de Yulu a la Nipco, compañía maderera que arrasaba con los pinares de la zona y cuyo abogado intrigó en Managua lo transfirieran de su cargo. En respuesta, con su característica entereza y rectitud, mi padre telegrafió al mandamás del Departamento: Cuando el Jefe Político se dirija a este Tribunal de Justicia con el respeto y la moderación debida, se le contestará. Como Presidente del Directorio Pro-Colegio Niño Jesús, que albergaba a 300 alumnos, presentó el acto cultural de ese centro celebrado el 15 de septiembre de 1948 con motivo de las Fiestas Patrias, según consta en la “Invitación” impresa que guardaba doña Celina Muá. En ese documento de cuatro páginas, iniciado con una fotografía de la Banda Juvenil del Colegio —dirigida por don Humberto Zamora— se detalla el “Programa” que comprendía la ejecución de los himnos de Nicaragua, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, Costa Rica y Panamá, cantos, bailes y recitaciones.

El Juez Único, igualmente, llevó la palabra de la comunidad en la inauguración de un puente por el mandatario Anastasio Somoza García y, para festejar a un amigo de la capital, en el Hotel de Frutos Bolaños, donde solía ingerir coñac Fundador. Además, organizaba reuniones en el Casino con la gente alegre del Puerto, asidua a la fría cerveza extranjera y al whisky de 86 grados. Entonces la población disponía del aeropuerto más extenso del país, dejado por los norteamericanos tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, que mi padre aprovechaba para recorrerlo en motocicleta.

También norteamericanos eran, a partir de 1943, los sacerdotes de la Misión Católica presidida por el Padre Casimiro y a la que pertenecían otros capuchinos, como uno que había perdido la razón después de quedar extenuado sobre la cima de un cocotero a raíz de un huracán. Otro se llamaba Fray Carlos Repoll, prologuista y promotor de un diccionario trilingüe —inglés, español, miskito— y muy amigo también de mi padre. De ahí la colaboración de éste con la parroquia de San Pedro y todas sus actividades “sociales”, como kermeses, que no excluían la promoción del equipo de beisbol del Puerto. Una vez que fue con el Padre Casimiro y los jugadores a Bluefields, organizó el almuerzo y, por la noche, un convivio danzante a la que asistieron unas cuarenta personas. Pero tal fue el jolgorio que la vivienda de madera y tambo donde se bailaba, al no soportar el peso de tanta gente, se vino al suelo.

El Puerto en 1949

En mi pieza narrativa “¿Te acuerdas, Silvino?”, de las Historias nicaragüenses (1974), he incorporado otros de mis recuerdos del Puerto que en 1949 constaba de unos 1500 habitantes. Realmente, esa cantidad difería en mucho del poblado original visitado por el Comisionado del Gobierno, el español doctor Frutos Ruiz y Ruiz en 1929: cien viviendas de pino y techos de teja de hierro galvanizado sobre bases de concreto separadas de Bilué (nombre en sumo del miskito Bilwi) por un cerco de alambre, colocado por la Bragman Bluff. Esta, que mantenía las viviendas en arriendo a los empleados, operaba en los edificios restantes: emplazamientos para los aserraderos, oficinas, talleres de carpintería y de mecánica movidos por calderas de vapor, etc.: asimismo, manejaba la planta eléctrica, una fábrica de hielo y una tubería a través de la cual extraía agua de una laguna a mil quinientos metros.

Por su lado, la población de Bilué ocupaba unas cincuenta viviendas de madera con techos de zinc, otras de caña y hojas de palmeras. Sus vecinos incluían dos sastres, dos zapateros, dos albañiles, dos carpinteros y un médico recién llegado. Mas la mayor parte de ellos se sustentaba del comercio de pulpería, tiendas de telas, comiderías y cantinas, que sumaban 19 y cuyos consumidores, naturalmente, eran los empleados de la misma Bragman.