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Desde pequeñita aprendió a ser contestona y a no dejarse de nadie. No se quedaba callada ante lo que le parecía injusto. Insurrecta, se define ella misma. Así es Claudia Gordillo, una mujer que por cuestiones del destino inició la carrera de fotografía, sin saber que se convertiría en su gran pasión.

“Tenés que ver mi trabajo, para ver por qué podría merecer ser un personaje, eso es lo que mejor habla de uno. Lo demás, son puras flores”, me advierte de entrada. Tiene pinta de mujer seria, y lo es, pero cuando empieza a recordar sus aventuras sonríe como si estuviera viviendo esos tiempos.

Sentada frente a la computadora empieza a mostrar sus fotografías. Tiene para hacer tres libros. Sus primeras fotos fueron a la Catedral de Managua. Recuerda que se iba sola, por las tardes, a capturar con su cámara la arquitectura recién destruida por el terremoto.

Empezó a estudiar sociología en la Universidad Centroamericana, lo que la condujo a relacionarse con jóvenes que se oponían al régimen somocista. Decepcionada de la situación del país y de la precariedad de libros que encontraba para su carrera, decidió dejar la universidad.

Ruta a París para el escape

Su padre, un hombre estricto, no lo tomó nada bien. Sin embargo, le ofreció un trato: él tenía un viaje de trabajo a París, la llevaría y visitarían a su hermana, que estudiaba en Italia, y después regresaría a reintegrarse a la universidad.

“Encantada le dije que sí”, cuenta. Pero estando allá no quería volver. La joven Claudia Gordillo, de 23 años, estaba dispuesta a escaparse si era necesario. Pero su hermana la convenció de que primero dialogaran, porque su padre siempre fue un hombre de palabra, y sabía que si le sacaban un sí, sería definitivo.

“Así que mi hermana y yo planeamos una salida a tomar cerveza con mi papá, nos costó tres horas convencerlo, pero al final dijo que sí”, agrega sonriendo.

 

Por recomendación de unos amigos decidió inscribirse en el “Instituto Europeo di Desing”, un importante centro artístico de Italia. Quería estudiar dibujo, porque desde los 12 años tenía esa pasión, pero cuando llegó a matricularse le dijeron que los cupos estaban llenos y que solamente había dos para fotografía.

“Aun así me inscribí, porque estaba animada con entrar a una escuela tan importante de arte y quise probar”, recuerda.

Cuando empezó las clases dice haberse sentido “como pez en el agua”, porque sentía que le era fácil capturar las imágenes.

 

Al triunfó la Revolución Sandinista, Claudia estaba terminando sus estudios en Italia, y aunque quiso volver de inmediato a Nicaragua no pudo. No tenía dinero para viajar, pero hizo “las mayores locuras para intentar volver”.

“Desesperada por volver, escuché que en España estaban recibiendo ayuda de los comités de solidaridad, y me fui al raid en carro, como loquita, con una amiga venezolana, para ver si podía venirme”, cuenta.

En el lugar la regañaron y le dijeron que no podía subirse en el barco porque eran solo de contenedores. En Barcelona la pusieron a vender casettes de música de Carlos Mejía Godoy para ayudar a la causa.

 

Su primera cámara fue un regalo de su padre. Una Canon que la acompañó por muchos años, y aún guarda como un tesoro. Se le dañó cuando empezaba el Huracán Juana, en 1988.

Con esa pequeña cámara con una sola lente hizo sus primeras fotos al llegar a Nicaragua, que fueron las de la Catedral de Managua, lo cual le tomó un buen tiempo, porque cuando regresó de Italia se encerró en su casa con temor, porque en varias ocasiones peleó con milicianos que quisieron arrebatarle su cámara.

“Mis amigas Rosa Pasos y María José Álvarez, que estaban involucradas en la Revolución, me decían que si estaba loca, que saliera a tomar fotos y que me dejara de babosadas”, cuenta.

Así salió poco a poco. Sus primeras fotos de la Catedral fueron utilizadas en una exposición. Causaron mucha polémica de inmediato, porque algunos decían que “no era posible que en un proceso revolucionario se estuvieran haciendo fotos de iglesias”.

 

En Barricada trabajó por tres años. Viajó por gran parte del país, en muchas ocasiones a campos de guerra donde la contra ejercía presión. “En alguna ocasión, navegando por el río San Juan, todos íbamos armados, porque no se sabía cuándo te podían atacar”, comenta.

Uno de los momentos que más recuerda fue una cobertura del secretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, que hizo escala en Nicaragua por unas horas. Claudia rememora que la enviaron junto al fotógrafo Danilo García “porque querían asegurar que la foto se iba a lograr”.

“García era un hombre gordo, grande, súper buen fotógrafo, que cuando se ponía en primera fila no había quién lo quitara, y, finalmente, logró la foto”.

 

En 1986 visitó las cárceles de Nicaragua, donde estaban muchos somocistas presos. “No me arrepiento de haber ido, porque yo era documentalista”.

“Me di cuenta de que estaban el sastre y el cocinero de Somoza presos. Muchos me gritaban obscenidades y me querían halar del pelo con todo el odio”, comenta. Eso la impactó, porque se dio cuenta cómo la guerra dividió al país.

Para Gordillo, la fotografía no sirve solo para contemplar, sino para hacer reflexionar. Contar una historia. Y eso es lo que ha hecho.

 

Reconocida por su talento

Claudia Gordillo estudió Historia del Arte, Fotografía e imagen en movimiento en el Instituto Europeo di Desing, la Scuola Dante Alighieri y la Scuola Maldoror de Roma, Italia. En 2000 obtuvo la Licenciatura en Ciencias de la Cultura por la Universidad Centroamericana, UCA.

Pertenece a la generación que retoma el documentalismo fotográfico en la década de los 80, y se desempeñó como corresponsal de guerra. Realizó su primera exposición personal en 1982 en la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura, con el tema de la Vieja Catedral de Managua, presentada por el poeta Carlos Martínez Rivas.

Ha expuesto en importantes centros fotográficos y galerías de Estados Unidos, Suecia, España y Centroamérica.

Junto a María José Álvarez publicó el libro “Estampas del Caribe Nicaragüense”, editado por el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica.