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A mis veinte años, Pablo Antonio Cuadra me llevó en su automóvil a la casa solariega de los Buitrago, acaso la familia más tradicionalista de León. Y se me revelaron en el desayuno que se nos ofreció cinco herencias culturales de la ciudad, encarnadas por Edgardo Buitrago Buitrago (1924-2009): la cátedra universitaria, la reflexión filosófica, la insaciable curiosidad enciclopédica y el afán de comprensión universalista a través del pulso de la palabra, a una retórica hablada --o arte del buen decir, de embellecer la expresión de los conceptos y otorgar al lenguaje eficacia para deleitar, persuadir o conmover-- que él representaba como nadie.

Únicamente, se hallaba ausente en la impresionante verba de Buitrago Buitrago la herencia más reconocida de los leoneses: el romanticismo liberal o liberalismo romántico. Porque los Buitrago, aparte de poseer un único blasón --el talento--, eran consustancialmente conservadores, como otras tantas familias: Aguilar, Ayón, Balladares, Cardenal, Duque Estrada, Gurdián, Herdocia, Icaza, Montalván, Terán, Tijerino y Zepeda, por citar algunas de ese microcosmos que era entonces León. De ahí la imbatible labor de Edgardo por conservar y rescatar la trascendencia histórica de su antañona ciudad, continuando ejemplarmente la fecunda labor de su padre Nicolás Buitrago Matus (1890-1985), como último intelectual orgánico de la ciudad.

Una ciudad, por cierto, en su esplendor productivo --basado en la siembra y exportación algodoneras-- que facilitaba a las librerías --comenzando por la universitaria-- importar tratados filosóficos y obras de teatro moderno, libros de reproducciones artísticas de los grandes maestros y cuentos de las regiones y épocas más remotas de la tierra. Ello hizo posible que surgiera, entre otras, la vocación teatral y pictórica de Alberto Icaza Vargas (1945-2002), hijo de una prima hermana de mi abuela materna.

Jirón Terán: el dariólatra

Yo no viví esa experiencia cultural, pero tuve una mayor: haber conocido el 7 de febrero de 1970, en el Museo-Archivo Rubén Darío, tras leer mi conferencia “Darío-Marinetti-Argüello”, a un próspero comerciante, hombre cordial y ya dariólatra apasionado e incansable: José Jirón Terán (1918-2004). Desde entonces me unió con este patriarca leonés (engendrador, como mi padre, de docena y media de hijos) una amistad inalterable, traducida en trabajos comunes, en el conocimiento y rescate de la bibliografía nacional y --sobre todo-- en la diaria devoción por Nuestro Señor don Rubén Darío. Él me proporcionó no solo puntuales datos memoriosos, sino innumerables impresos raros que me sirvieron para elaborar no pocas páginas. Prueba de mi cariño filial es el siguiente retrato-soneto que le dediqué en julio, 1999:

Admirador fogoso y vitalicio / de Rubén y sus huellas por el mundo, / José Jirón es todo un ser rotundo, / de bondad ejemplar y de servicio. // Patriarca consumado, no hay rival / que trascienda sus ojos bien abiertos, / para descubrir, como los expertos, / la olvidada escritura sin igual // de todas sus celosas devociones: / Bolívar y Manuela, la grafía / de todo libro oculto bajo el día, // de todas sus antiguas obsesiones, / maternal orgullo de su memoria / de preclaro leonés, ebrio de gloria.

Leoneses representativos de nuestros días, el doctor Buitrago y don José Jirón Terán contribuyeron en mucho a mi obra León de Nicaragua: Atenas de Centroamérica. Pero si Buitrago encarnaba en su verbalidad sin par el esplendor del pensamiento barroco y la retórica eclesiástica de su ciudad, lo mismo que su tradición jurídica, Jirón representa la cultura artesana; aún más: el admirable esfuerzo personal de labrarse a sí mismo, lo que en inglés se llama un self-made-man. Y este fue, acaso, el gran mérito, el ejemplo preclaro, único de Jirón Terán: surgir en un ambiente autodidacta y demostrar una digna y tenaz voluntad que la Academia Nicaragüense de la Lengua acertó en valorar y reconocer, ya que se había transformado en el más docto bibliógrafo de Rubén, adquiriendo por ello talla internacional.

Más aún, en el Diccionario de autores nicaragüenses (1994) señalé que ya había trascendido esa disciplina, porque del aficionado a la poesía de Darío, que era en los años 50, pasó a ser el más completo bibliógrafo del padre y maestro mágico en los 60 para convertirse, durante los 70, en uno de sus más empeñados investigadores. No es necesario citar los títulos de sus trabajos, basta transcribir un fragmento del poema en prosa con que prologué una de sus obras:

“Para él, Rubén y las proyecciones de su sombra sinfín fue la fe y el sueño, la caridad, la esperanza y la desesperación juntas, reunidas, convocadas por su llama viviente, inextinguible; León encendido y Rubén, su Rubén constituía su ser y estar, su nerviosa, inquietísima madurez, su callada plegaria arquitectónica y su grito rotundo, redondo, rodante en viajes a La Bocana de Poneloya, a Bogotá, México, Washington y demás ciudades de América, España, Francia, en busca de las líneas, de los rasgos, de los rostros, de los astros de su ídolo, de su ideal, de magual, de su otro you other self.”

“Por su carácter de mayor dariólatra del mundo, no había hoja, página, folleto, separata, edición, reimpresión, diario, periódico, libro, revista, homenaje a Rubén de o sobre Rubén, que se le escapase u olvidase, que no lo conociera o no lo poseyera, que no le preocupara conseguirlo, comprarlo a toda costa, a cualquier costo, en cualquier parte: en la Patagonia o en la Indochina, en la Conchinchina o en la propia China. Y en cualquier lengua: en sefardí, serbio, croata, ruso o japonés, incluso lo que existía solo para pocos, para locos como yo, él, solo él lo tenía y lo obtenía, lo conservaba y compartía sin celo ni recelo, como debe ser todo aquello que ofrece razones para vivir, para seguir viviendo, desviviéndose.”

“Yo, en más de un sentido fui el mayor heredero de su archivo, de su biblioteca y su bibliomanía, de su desmesura palpitante y filial, por nuestra Patria en concreto, al por mayor y al menudeo, en blanco y negro, brillante y opaca, próspera y embijada, sabia y machetera, legítima y bastarda, linda y cañambuca, leal o infiel, su Patria que es la tuya y la de aquél, la de todos, nuestra dicha y desgracia, nuestra felicidad y tragedia”.

“Él, como yo, solo oficiaba en el solemne altar de nuestra madre Nicaragua, amada (no armada) de veras, sin retórica, a toda hora, con el corazón desnudo y los labios abiertos, con los ojos vigilantes y los pulsos laboriosos; con la mente clara y el alma pura. Transparente.”

“Por eso fuimos inseparables como hermanos.”

Buitrago y su estirpe intelectual

Por su lado, Edgardo Buitrago al cuadrado, doctor en Derecho, decano de la Facultad de ídem y profesor de Historia de la Cultura, me comunicó igualmente sus ideas y algún anecdotario sobre León tanto en sus escritos como en los sostenidos diálogos que tuve con él, a través de los años, telefónicamente, y fueron asimilados por mí al máximo. Por eso no podía quedarse atrás al incluir su retrato en mi librito Sonetos, sonetejos y sonetillos (2001), intentando retratarlo con los alejandrinos siguientes:

Don Edgardo Buitrago, el leonés abogado, / catedrático fue de varias generaciones, / un supremo orador, un soberbio togado / e indispensable teórico de investigaciones. // El cristianismo pristino y la presencia hispana / a través de la lengua y la marca franciscana, / estudió con pasión y seguro tino y brillo, / sin excluir nuestra historia y nuestro Rubén Darío. // Solo la fiebre lírica versera no entona, / en su afán de auténtico intelectual, / pero rescató bombas de la gran gigantona, // la tradición del barrio de Sutiava ancestral / y obsequió la indeleble y dulce, fiel alegría / de la fe melodiosa de nuestra Gritería.

Edgardo fue el último gran valor de su familia vinculada a otra tradición: la del foro, o mejor dicho, jurídica. Tradición, en el mejor de los sentidos, colonial, pues su ascendiente más antiguo era don Nicolás Buitrago Sandoval, uno de los primeros jurisconsultos criollos de la provincia española graduado (como don Miguel Larreynaga) en la Universidad de San Carlos, Guatemala. Hablo de su tatarabuelo, el primero Nicolás de los Buitrago, hijo de don Antonio Buitrago y de doña Manuela Marín de Sandoval, Nativa y Mendoza, Olaya y Herrera, “Aquí y donde quiera”, como afirmaba con todos sus apellidos y una coloquial expresión rimada, signo del altivo orgullo de su estirpe intelectual.

Como la de los Quadra de Granada, tal estirpe asimilaría el mestizaje de raíces africanas y optaría por el conservatismo y sus pilares: Dios, orden y justicia, pero abierto a los cambios de la época. Por eso se adscribió a la doctrina social de la Iglesia contenida en las encíclicas pontificias y al partido conservador, del que fuera diputado en varias legislaturas. No enumeraré todas sus monografías y ensayos, pero cabe recordar --sin sus años de datación-- El Derecho y el Estado en la etapa precolombina, El derecho indiano, El municipio en Nicaragua, La casa de Rubén Darío / influencia del medio en el poeta sobre su infancia, Breves apuntes históricos sobre la ciudad de León, Las purísimas: sus formas y orígenes, José de la Cruz Mena: su vida y su obra, León y Granada en el destino histórico de Nicaragua, La ciudad y la vivienda nicaragüense, Pasado, presente y futuro de nuestra Escuela de Derecho, Los bailes de la Gigantona y sus derivados “El enano Cabezón” y “El Pepito”, “La Yegüita” y “El Toro Huaco”. Refirió e interpretó también (¡y tan bien!) el magnicidio sacrílego del obispo fray Antonio de Valdivieso en León Viejo como el escenario de la significación continental en la aplicación de las “Leyes Nuevas” tanto en defensa de los indios como de la organización del Imperio Hispano. Y puntualizó --desde luego-- sobre las seis catedrales de León, especialmente la definitiva: máximo legado arquitectónico y espiritual del coloniaje.

León en el tiempo

Sin ellos --Buitrago y Jirón Terán-- no hubiera podido indagar, lo reitero, en la leonesidad y sus elementos constitutivos: el orgullo catedralicio, Sutiava como alter ego, consciencia de capitalidad, vocación y tradición universitarias, la ya citada herencia liberal --esencialmente unionista a lo Jerez--, violencia agraria, valentía fratricida, espíritu de Atenas, sustrato artesano, actitud introspectiva y Poneloya como recreo.

No de otros sino de los dos --amigos de tantos años-- fui deudor para redactar el siguiente párrafo con 74 adjetivos vitales que atribuyo a León en el tiempo: una ciudad apasionada y centrípeta, abogadil e hipocrática, artesana y algodonera, barroca y lugareña, beata y supersticiosa, parroquial y espiritista, masculina e hispana, caballeresca y mítica, huertera e ilustrada, romántica y provinciana, calurosa y versificadora, severa y conventual, seminarista y universitaria, eucarística y diocesana, huelguista y guerrillera, bohemia y estudiantil, filarmónica y modernista, retórica y solemne, valiente y violenta, egoísta y envidiosa, avara e indiferente, teatral e ingenua, masónica y teosófica, altanera y mengala, espesa y pendenciera, empedrada y polvosa, indígena y metropolitana, ruinosa y volcánica, chismográfica y tribunicia, municipal y machista, apostólica y sonora, alfonsina y dariana, mártir y patriota, prócer y egregia, conservadora y semanasantera, liberal y revolucionaria, gloriosa e inmortal.