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Después de vivir en Austria, Suiza, España, México, Estados Unidos, Argelia y Francia, María Isabel Tiffer Alduvín decidió regresar a su natal Masaya, para promover el Cafetín Literario Kolchitzky, un espacio cultural donde se han presentado una gran cantidad de escritores nicaragüenses.
Por su labor de mecenas de la cultura, esta mujer que cambió una vida de trotamundos para dedicarse a apoyar el arte, ha sido reconocida nacional e internacionalmente. “Siempre había pensado regresar, porque soy nica, y aunque haya vivido casi toda mi vida fuera, tengo el corazón en mi país”, dice.

 

Los primeros recuerdos que tiene María Isabel Tiffer Alduvín son sobre sus viajes. Empezó a los dos años, cuando dejó su natal Masaya para ir a México, junto a su madre, para visitar a su abuelo, que la atendería porque padecía de una enfermedad respiratoria.

Dos años después regresó a Nicaragua. De esos días se recuerda brincando charcos por las calles de su pueblo y jugando con los vecinos de su barrio. Era una niña muy despierta y conversadora. Pero por el ambiente político del país en 1954, cuando empezaban alzamientos contra el dictador Anastasio Somoza García, su familia decide enviarla a Estados Unidos para estudiar inglés.

“Básicamente yo aprendí a hablar francés en el jardín de niños en México y el inglés en ese otro viaje a Estados Unidos. El español no lo hablaba tanto como quería”, dice.

Por eso insistió en regresar a Nicaragua y se vino a estudiar hasta terminar el bachillerato en la primera graduación del Colegio Santa Teresita, de Masaya. En esos años aprendió ballet con el profesor Adán Castillo.

Su papá era caficultor y su mamá se desempeñaba como ama de casa, pero era una mujer muy culta a la que le encantaba leer. María Isabel cree que de ahí vino su gusto por el arte. A su casa siempre llegaban reconocidos poetas y escritores de la época a realizar reuniones que duraban largas horas.

“Ahí aprendí el gusto por la discusión, la pasión por el arte que miraba en esas personalidades, como Pablo Antonio Cuadra, Ernesto Mejía Sánchez, Carlos Martínez Rivas, entre otros”, indica.

Un día después de bachillerarse, el 21 de enero de 1967, salió de viaje a Europa porque su familia temía que le pasase algo por las constantes protestas que había en el país contra la dictadura somocista. Al día siguiente de su viaje, la Guardia Nacional disparó contra cientos de manifestantes.

De inmediato se matriculó en la Universidad de La Sorbona, en París, para estudiar Historia del Arte. Sin imaginarse que el Viejo Continente sería su hogar por más de 45 años.

Después decidió estudiar Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Ahí se enamoró de la alegría de la gente, pero recuerda que vivió y sufrió la dictadura de Francisco Franco.

Un día estaba almorzando en el comedor de su Facultad, cuando de repente escuchó gritos por los pasillos y todos se empezaron a juntar en un alboroto. María Isabel cayó al suelo y logró esconderse mientras los militares golpeaban a varios estudiantes.

“Era triste eso. De lo que mi familia me había enviado huyendo por la dictadura (de Somoza), lo empecé a vivir en España”, recuerda.

Por eso decidió marcharse y viajó a Viena. Trabajó un tiempo en oficinas de Naciones Unidas y después en el “International Institute for Applied Systems Analysis” (Iiasa), donde observaba con cierto asombro cómo trabajaban juntos científicos de Europa del Este y del Oeste.

“Era increíble ver que no existían divisiones. Todos trabajaban para hacer ciencia”, insiste.

Ahí conoció a Luis Donaldo Colosio Murrieta, quien en 1979 llegó a hacer pasantías al Iiasa y se convertiría en un amigo muy querido. Este hombre sería años después un reconocido político mexicano, miembro del Partido Revolucionario Institucional, PRI, y candidato presidencial que fue asesinado el 23 de marzo de 1994.

“Un día antes de que lo mataran yo había recibido una carta que él me había enviado días antes. Fue muy doloroso enterarme de su muerte”, dice María Isabel.

En la carta, Colosio le expresaba los problemas que existían en México y los proyectos que él impulsaría de llegar a ser electo como mandatario del país azteca, porque había “esperanza de transformaciones”.

“Mi amigo siempre me decía que deberíamos trabajar juntos por una Latinoamérica justa”, recuerda.

El primer matrimonio de María Isabel fue con un joven austriaco que trabajaba como profesor universitario. Duraron diez años casados, pero terminaron como amigos. Tiempo después se volvió a casar con un suizo, el que la llevó a vivir a África.

“A mi marido le ofrecieron un trabajo en África y me fui por 5 años a ese hermoso continente, donde redescubrí el mundo”, expresa.

Vivieron en Argelia. “Un país duro”. Ahí empezó a sentir que se estaba convirtiendo en una mujer autosuficiente que podría valerse por sí misma el resto de su vida.

“Cuando llegamos a la casa donde viviríamos, recuerdo que vi el piso moverse y era porque estaba lleno de cucarachas. Agarré un galón de gasolina y empecé a quemarlas para tener limpio”, dice.

Aunque le encantó conocer el desierto del Sahara, sus días eran normalmente aburridos y cuando su esposo cumplió la misión se fueron de inmediato a vivir a Suiza.

Después de vivir en Austria, Suiza, Argelia, España, Francia, Estados Unidos y México, decidió volver definitivamente a Nicaragua para retirarse. Motivada por el fallecimiento de su mamá y porque “siempre sentía esa necesidad de volver a este país”.

“Soy feliz aquí”, resume. María Isabel recuerda con tristeza que por la lejanía no pudo estar presente para enterrar a sus padres. “Por eso ya sentía la necesidad de volver, y dejé a mi marido”, agrega.

Regresó como pensionada y se vino a vivir a la vieja casa donde vivieron sus padres y donde vivió algunos años de su infancia. Ubicada en una de las calles centrales de Masaya, la casa construida por su tatarabuelo conserva aún las imponentes paredes blancas y los jardines centrales, pero “con el toque que he querido darle”.

Este ha sido su hogar desde hace 6 años. El 11 de octubre de 2007, María Isabel decidió invertir sus ahorros en abrir un pequeño local en la ciudad de Masaya, el que hoy, seis años después, le ha traído muchas de las grandes satisfacciones de su vida. Se trata del Cafetín Literario Kolschitzky.

Un espacio dedicado a los poetas Álvaro Urtecho y Ricardo Llopesa, en el que se han realizado presentaciones culturales de muchos artistas emergentes, pero también de los consagrados.

Ahí se han presentado Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Claribel Alegría, Gioconda Belli y muchos jóvenes poetas nuevos.

“Los primeros días fueron muy alegres, y me causa satisfacción decir que he aportado a la cultura de Masaya, porque antes no existía un lugar similar en esta ciudad”, comenta.

Decidió ponerle ese nombre porque cuando vivía en Viena, todas las mañanas, cuando se asomaba a la ventana de su departamento, observaba una estatua de Kolchitzky y con el tiempo se fue interesando por su historia.

“Era un joven polaco que defendió Viena de un ataque turco y por eso lo condecoraron como héroe austriaco, permitiéndosele abrir el primer cafetín de la ciudad, que se llamó La Botella Azul”, comenta.

 

Aporte cultural

El Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, INCH, hizo un reconocimiento a María Isabel Tiffer Alduvín, por la labor cultural desarrollada en la ciudad de Masaya y por su constante apoyo a jóvenes escritores. También otras instituciones académicas de Valencia, España y de Nicaragua han reconocido su aporte.