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Cada 45 días, Juan Esteban Collaguazo y Elva Alvear se detienen a observar con detenimiento las obras. Revisan con esmero el soporte, la capa pictórica y mentalmente van preguntándose si hay faltantes, expoliaciones, escisiones y de inmediato diagnostican su estado.

Collaguazo, un ecuatoriano llegado a Nicaragua justo cuando caían las Torres Gemelas en Estados Unidos, se inició en la restauración siendo un niño. Jugaba en su casa cuando botó y destruyó una Venus de Milo, viéndose obligado entonces a pegarla. “Es hoy y nadie sabe que fue pegada”, cuenta.

Luego entró a trabajar como mensajero al Museo de Arte e Historia “Alberto Mena Caamaño”, de Quito, y más tarde estudió restauración y museología. En España hizo una maestría en restauración de obras de arte y al regresar a Ecuador fue invitado por el empresario y coleccionista de arte Ramiro Ortiz Mayorga, a visitar Nicaragua, más específicamente su Centro de Arte, hoy el más completo de la región.

“Estas obras de arte son como unos pacientes. Cuando hacemos una intervención no podemos cometer un error, debemos ser muy minuciosos”, sostiene Collaguazo.

Elva Alvear, también ecuatoriana, es licenciada en artes plásticas y vino a Nicaragua tiempo después. Ambos restauraron las pinturas de las estaciones del Vía Crucis en la Catedral de León. Residen en esa ciudad y laboran a tiempo completo en el Centro de Arte de la Fundación Ortiz Gurdián.

“Hacemos el diagnóstico organolépticamente, observamos la obra, se ve el soporte, la capa pictórica, si hay faltantes tanto del soporte como de la capa pictórica, si hay que hacer injertos”, explica Alvear.

Picasso, Rubens, Armando Morales…

“Muy pocas personas tienen acceso a obras como las que tiene don Ramiro. Al trabajar un Picasso por más pequeño que sea, nos sentimos consagrados y es una responsabilidad”, cuenta Collaguazo, quien enseguida recuerda que una de las obras que les ha causado más problemas es “El Martirio de Santa Justina”, obra que forma parte de la colección del Centro de Arte.

El clima de León fue el primer problema con el que se encontraron al llegar al Centro de Arte, que actualmente funciona en cuatro casas coloniales construidas en los siglos XVIII y XIX.

“Estas son casas adaptadas, todas las obras deben ser protegidas de la luz, de la humedad, de la lluvia, para que no sufran un deterioro”, indica Elva Alvear.

Los varios centenares de obras que están en el Centro de Arte han sido adaptadas al clima.

“Ese fue nuestro primer reto: que las obras de arte se adaptaran al medio ambiente con materiales, en este caso con una capa de protección, que no destruyeran ni alteraran la obra. La capa de protección es un barniz especial, un cristal disuelto en xylene y tolueno que se aplica una vez por año para que la incidencia de la luz solar y de los rayos infrarrojos, no lo dañen. En muchas de las salas no tenemos el control de luces y la cantidad de luces hace que la obra se reseque, se resquebraje, se fisure y que el barniz se amarillente, pero con estas capas resisten mucho más”, explica José Esteban Collaguazo.

Los materiales que usan son reversibles. Utilizan disolventes químicamente puros. El taller, ubicado en la Casa Derbyshire, es un lugar pintado de blanco, algo parecido a un laboratorio, donde abundan frascos con sustancias químicas.

 

Arte comtemporáneo

Elva Elvear restuara pieza que forma parte de una instalación que se expondrá a partir del 10 de noviembre, día que reabrirá el Centro de Arte de la FOG.

 

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