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Su vida no cabe en 140 caracteres, pero él insiste en meterla en esa poquedad. Alberto Sánchez Argüello, 37 años, cuentista, psicólogo y papá, tiene dos años empeñado en contar historias en dos o tres líneas. Lo suyo es la microliteratura, un género poco abordado en el país.

“Hace años que no recuerdo mis sueños, imagino que se filtran a mis manos para convertirse en cuentos”. Lo anterior es un ‘tuit’ que forma parte de la compilación de microcuentos que Sánchez Argüello tituló “Panópticos”. Poco más de 11,000 ‘tuits’ lo describen, aunque no claramente. Él aborda todo tipo de temas.

Un día puede hablar sobre el inocente de José Inocente: “La misión espacial de la galaxia NGC3793 del universo dentro del clóset, concluyó trágicamente su viaje dentro de la nariz de José Inocente”. Otro día alquila, alquila todo. “CLASIFICADO 2: Alquilo lloradores. Tengo llanto rezagado por muerte de perro, gatos, abuelos y madre adoptiva. Pago por onza de lágrima”. Y al siguiente, imagina: “Una vez tuve una amiga imaginaria. Reímos y lloramos imaginariamente. Un día me dejó de hablar, por un pecado que en su imaginación cometí”.

@7tojil, la cuenta de twitter en la que escribe, debe su nombre a su signo zodiacal maya. La creó en octubre de 2011 porque quería participar en un concurso de microrrelatos. Desde entonces no ha dejado de escribir ahí.

Años atrás ya escribía microcuentos y cuentos cortos. En 2003 ganó el primer concurso de literatura infantil y juvenil organizado por la Fundación Libros para Niños, con “La casa del agua”.

Este hombre alto, flaco, de sonrisa fácil, padre de dos hijos, se inició en la escritura durante las clases de la escuela, siendo un adolescente. De oración en oración empezó a escribir cuentos, microficciones. “Obviamente yo no sabía lo que estaba haciendo, era más un juego de imaginación y una excusa para divertirme”, recuerda.

“En esa época me pegaba mucho la ciencia ficción, aunque he de confesar que había leído muy poco, lo más 'fábulas de robots' de Stanilaw Lem, una hermosa versión ilustrada  que presté en la biblioteca infantil del Parque Luis Alfonso, de Managua, biblioteca que lamentablemente ya no existe”, cuenta.

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Alberto Argüello Sánchez suele aburrirse fácilmente de todo. Eso lo combate distrayéndose en mil cosas a la vez (es posible que ahorita tenga abiertas unas diez ventanas, el Facebook, el Twitter, alguno de sus cuatro blogs o todos, una que otra lectura sobre microliteratura. Es probable que también esté dibujando, ilustrando, y más).

Pero hay algo de lo que no parece aburrirse: de su Land Rover amarillo del 62, un chunche viejo que para los sabedores es objeto de gran valor coleccionable y que él heredó de su abuelo paterno, el coronel Germán Sánchez Jiménez.

Con el jeep tiene una relación fraterna, llena de altibajos. “Como los matrimonios”, compara él. Los bajos: cuando lo deja en plena calle. El jeep parqueado y él con la palanca de cambios en la mano. Los altos: en los inviernos. Ese jeep, su adoración, que carga tanto simbolismo, lo sube y baja de cualquier acera. Para ocultar la corrosión decidió hace poco, poquísimo, convertirlo en un grafiti ambulante. Y aunque su eterno mecánico insista en que lo venda, él no ve factible esa posibilidad, no solo por el apego emocional sino por lo que puede costar ese vehículo en la actualidad. “Yo ando montado en plata, no creás”.

Alberto Sánchez Argüello es un inquieto, un impaciente. Lo es en todo. Del violín pasa a la música andina, luego a Coldplay, más tarde a Enigma. Él dice que padece de procrastinación. En términos sencillos: siempre está aplazando todo (una de sus tareas pendientes es aprender a cocinar, a esculpir y a pintar al óleo). En uno de sus cuatro blogs escribió sobre esta característica tan suya.

“Me acuerdo estar en primaria y copiar carteles en las clases de Español y Sociales, y no lograr terminar antes de que borraran la pizarra (en aquel entonces era cosa de pizarras verdes y tizas). Cuando después salía mal en los exámenes por no haber leído la información completa, se descubría que la razón eran las ilustraciones que hacía en los márgenes de los cuadernos y más concretamente los 'marcos' de grandes manzanas con gusanos sonrientes en los que metía el texto de las clases. El punto era que priorizaba los marcos antes que los textos”.

Y sigue: “La cosa se puso buena cuando empecé a trabajar. Para rendir bien me hice experto en inventar tareas, eso sí, acordes a mi puesto y muchas veces de carácter innovador. Solo así lograba no aburrirme; además me fui puliendo en el arte de hacer las tareas asignadas, rápido y bien; pero además me metí a trabajos que en sí fueran creativos y sin una rutina laboral tan evidente: dar clases en la universidad, asistente académico de postgrado, facilitador de talleres, oficial de programa de incidencia y, claro, la mejor de todas: consultor”.

Así empezó escribiendo cuentos en Facebook. Tenía un trabajo en el que viajaba mucho, un celular con internet y ganas de escribir. Usó esa plataforma y más tarde un amigo lo retó a sintetizar sus cuentos. Y así llegó a twitter.

Últimamente está dedicado a escribir sobre él, sobre su mamá fallecida, sobre sus recuerdos de niño –algunos de ellos muy ingratos. En esos cuentos queda al descubierto. Detrás del hombre inquieto, al que se le ilumina el rostro con una sonrisa, hay un hombre al que lo agobian muchos recuerdos.