•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Si jamás lo ha visto, él sabrá darle una referencia con la que nadie lograría confundirse: “Soy un chele con un gran bigote”. Jean Michel Maes llegó hace treinta años a Nicaragua con ese bigote, el gran bigote: “su sello de fábrica”. Maes investiga, atrapa y colecciona insectos. Hoy convive con su esposa, con aproximadamente medio millón de insectos disecados y apenas un animal vivo: una araña pica-caballos que habita en una jaula de vidrio que está ubicada detrás de la puerta de entrada de la casa, como dando la bienvenida al lugar.

Maes es un tipo con sentido del humor. Cuenta su vida haciendo uso de una singular ironía que le permite reírse de sí mismo. Podría decirse que no es un simple entomólogo. Maes es el entomólogo. Reconocido como maestro de varias generaciones de estudiantes, está dedicado hoy a hacer consultorías, investigaciones y a su Museo Entomológico, ubicado en León, en una espaciosa casa colonial donde también vive.

Sin saber ni un poco de español llegó contratado por la Unan-León para estudiar cuáles eran los insectos benéficos potencialmente útiles para el algodón. En Bélgica había trabajado como docente y como investigador en el Instituto Real de Ciencias Naturales de ese país.

“Me fui especializando en los lucanidae. Pero era difícil trabajarlos en teoría, la mayoría de las especies viven en zonas tropicales, la mayor concentración de ellos está en el sudeste asiático. No encontré manera de ir ahí, tuve un contrato para ir a África que no era muy emocionante. Por una amiga encontré al embajador de Nicaragua, que era itinerante para la comunidad europea, él había sido decano de la universidad de ciencias de la Unan León, para mí fue como una revelación. Había hablado con un montón de políticos y de repente me encuentro con alguien que supongo que es un político, pero que me dice que necesitan a un entomólogo, y a uno que tiene que ser taxónomo. Me explicó que necesitaban a alguien para un proyecto de algodón. Le dije que del algodón no conocía nada, solo que era una fibra blanca, pero que por los insectos respondía. Y así me vine a Nicaragua, sin conocer a nadie, con un contrato de un año”.

En la carretera a Poneloya recolectó los primeros insectos. “Empecé a verlos y me di cuenta que nadie los quería, que nadie tenía interés de coleccionarlos ni de estudiarlos. Eso también fue una revelación, viniendo de Bélgica, un país chiquito que casi no tiene bosque, pero donde hay un montón de entomólogos, llego a un país enorme donde hay un montón de bosque y no hay entomólogos. De esa manera me enamoré de la naturaleza de Nicaragua”.

Para aprender el idioma leía a diario los periódicos y veía televisión hasta que terminaba la programación y salía el himno nacional. También se iba de compras al mercado. “Una característica de la gente en Nicaragua es que tienen una paciencia infinita, son capaces de negociar media hora para venderte un puño de naranjas. Cuando iba al mercado trataba de entender qué vendían y me explicaban: esto no se come, se hace en fresco… Pasé siendo la burla de todas las mercaderas durante un buen rato. Yo diría que el nicaragüense en general, no solamente las mercaderas, están siempre esperando qué cosa de lo que dice un extranjero puede ser chistosa”.

Aunque le pone énfasis a las erres, hoy su español es clarísimo y lo domina de tal forma que son comunes en él expresiones muy nicas. Dice, por ejemplo, que de “chatelito” ya coleccionaba insectos o que “al bolsazo” puede calcular que en el Instituto donde trabajó en Bélgica hay entre cinco y diez millones de insectos.

Su oficina es un lugar no apto para gordos. Es muy grande, pero con mucha dificultad una persona pasada de peso puede bordear esas montañas de papeles y mesas mal ubicadas por las que se debe transitar para llegar hasta su escritorio, una mesa donde sobresale la computadora conectada al microscopio y el polvo, el polvazal, seña de que por aquí no ha pasado un trapo en meses. Su esposa bromea, dice que el sitio ya está adornado para celebrar las fiestas de Halloween y él no se molesta, también bromea: “Las telas de araña son mi esfuerzo en la lucha contra el dengue”.

Pese a que donó gran parte de su biblioteca a la Universidad Nacional Agraria, hay un sinnúmero de libros y estantes repletos de papeles, muchos de ellos con otro de sus pasatiempos: las colecciones de sellos con insectos de distintos países.

Frente a su oficina hay un cuarto mucho más grande y oscuro. Ahí viven los insectos. Calcula que hay por lo menos diez mil especies.

Maes colecciona desde que era un niño. Recuerda que en un principio llevaba a su casa los animalitos más pequeños para que su madre no se diera cuenta. “Pero una vez tuvimos un pleito porque colecté un montón de caracoles, los metí en la caja de cartón y los ingratos se soltaron. Cuando un caracol camina deja una baba, entonces estos hicieron rayitas sobre toda la pared”.

El entomólogo es paciente. Explica las características de los insectos que tiene, cuenta cómo coleccionó las piedras y conchas de mar que también están en exhibición, bromea con su esposa, detalla cómo es su rutina (al menos una semana mensual en el campo), enseña las trampas y cuenta cómo en algunas ocasiones se intercambia especies con entomólogos de otros países.

Maes ha escrito varias decenas de libros y centenares de artículos. Un brasileño colega suyo nombró a un género de moscas en su honor: Maesia. Hay otras especies que también llevan su apellido. Maes ha recorrido el país atrapando insectos. Hoy no podrá leer este artículo porque está metido en algún bosque de los pocos que aún quedan.