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Deborah Grandison es platicona, anecdótica, alegre, bailadora y está muy empoderada. La actual Procuradora de la Mujer, oriunda de Bluefields, dice que también ha sufrido violencia. Cuando su esposo la escucha decir esto, le pregunta en tono de reclamo: “¿Y yo cuándo te pegué?”; ella replica que violencia también son los gritos. Aquí nos cuenta su vida.

 

Deborah Grandison no anda con medias tintas, rebuscando palabras, intentando agradar porque sí. A rajatabla dice todo lo que piensa y en su historia no omite que fue necia, rebelde, que de chavala llegó a inventar que su papá era un guardia cuando quería quitarle el columpio a algún niño blufileño.

Dice sin tapujos que sufrió violencia y cuenta que cuando su esposo la escucha decir esto le reclama: “Negra, ¿y yo cuándo te pegué?”, y ella le contesta con otra pregunta, sin escudriñar en su léxico: “¿Y las grandes tapas que tenías?” Luego viene su reflexión: “Es una gran hipocresía decir que una mujer en su matrimonio nunca ha vivido violencia. Si bien es cierto, en el mío nunca ha habido golpes, sí hubo gritos. Él venía tomado, me gritaba y entonces yo le contestaba con más gritos. Al día siguiente amanecía como si nada”.

“Por eso cuando hablamos de violencia yo digo que viví violencia, porque no es necesario que te peguen y que caigás al suelo. Él cambió y fue todo un proceso, pero sí hubo violencia”, cuenta.

Deborah Grandison tiene mil historias que contar, pero no tiene todo el tiempo que quisiera. Para dar la entrevista este mediodía se escapó unos minutos de su magíster en Género y Desarrollo, al que asiste junto con un grupo de jueces especializados en violencia. Le fascinan las anécdotas y a veces llora contándolas, sobre todo si tienen que ver con su abuela, la primera persona que la sensibilizó sobre el tema de la violencia hacia las mujeres.

Grandison inspira confianza pese a ser una mujer grandota, de voz ronca y un poco entrada en peso que intimida a primera vista. Hoy viste con un pantalón blanco que resalta sus caderas y una camisa con una sola manga por la que pide posar para que en la foto su brazo no salga en primer plano. Como siempre, su cabello está recogido en una trenza.

De lo primero que hablamos es de su infancia, que estuvo marcada por sus travesuras, por los consejos de su abuela, por los viajes a distintos lugares de Bluefields, por sus amigos, por su gusto por la cocina y por sus escapadas.

“Mi abuela era de carácter fuerte, una señora muy luchadora, y muchas de las cosas que nos decía hoy las veo reflejadas. Ella hablaba de la importancia de tener autonomía económica, decía que la mujer debía manejar su propia plata. Tuvo dos mujeres y un varón y nos decía que no debíamos tener más hijos que los que podíamos mantener. Siempre nos recomendaba y decía que no debíamos acomodarnos, que debíamos tener nuestra propia casa. Cuando estaba pequeña yo la escuchaba y luego vi todo eso que ella no quería para nosotras en la vida de muchas mujeres. Me dio muchas luces sobre la violencia hacia las mujeres”, cuenta.

De pequeña fue una chimbarona. En el barrio Beholden, de Bluefields, era famosa la Débora, la amiga cercana de un montón de chavalos; la organizadora de paseos; la segunda de cinco hermanas que una vez agarró del cuello a una amiga de su hermana mayor porque insinuó que ella mucho molestaba.

“Yo reaccionaba inmediatamente a todo. Me decían que era cable. Ahora me dicen que hacía bullying en el colegio. Recuerdo que cuando estaba pequeña la gente hablaba con miedo de la Guardia. Para ir al barrio Punta Fría debíamos pasar por la delegación de la Guardia, pero a mí no me daba miedo, yo pasaba como desafiando, caminaba por la acera de la delegación. Todas las tardes me iba al parque a mecerme en los chinos. Si había algún chavalo, le pedía que se bajara. ‘Si no te bajás, voy a llamar a mi papa que es guardia’, le decía, y me quedaba ahí hasta que me cansaba de mecerme”.

De adolescente fue reina de Bluefields. La escogieron por su desenvolvimiento. En los años 80 se casó. Ya casada recuerda que una vez el pastor de la iglesia Anglicana la vio saludando a sus amigos. “Come here, Deborah”, le dijo cuando ella se despidió de los amigos. “Vos ya sos una mujer casada y no podés comportarte así”, insistió. Pero jamás se alejó de sus amigos, ni anduvo con esos prejuicios.

En la Costa empezó estudiando Ingeniería Civil porque no habían abierto Derecho. Ella y un grupo de estudiantes lograron la apertura de esa carrera luego de un año y medio de solicitarlo a las autoridades. Siendo estudiante de Derecho ayudó a muchas mujeres a gestionar la pensión de alimentos, por eso uno de sus maestros le dijo que estaba mal ubicada en esa carrera, que lo ideal para ella era Trabajo Social.

 

Deborah Grandison recorre el país fiscalizando la situación que viven las mujeres e identificando las diferentes formas de discriminación. “No hay un día en el que no haya aprendido ni descubierto algo nuevo. Como parte de las funciones de tutelar y promover los derechos de las mujeres he ido a los lugares alejados, porque creo que entre más largo, más expuestas están a la violencia”, dice.

Su lucha diaria también es contra los estereotipos que hay hacia las mujeres. “Muchas veces en la familia se pierden los derechos de las mujeres porque se cree que la mujer debe estar sacrificada. Hemos crecido pensando que somos el pilar fundamental y que somos las responsables de todo lo que pasa”.

En una ocasión quiso postularse a un cargo de elección popular y supo lo difícil que resulta abrirse campo en estas esferas. “Los hombres decían que cómo iban a ponerme a mí, si quien iba a mandar era mi esposo. Contrario a los hombres, a las mujeres se nos cuestiona cuántos maridos hemos tenido, cuántos hijos”.

Antes de ser Procuradora de la Mujer estuvo en la Procuraduría Especial para Pueblos Indígenas, y en 1996 promovió la participación de las mujeres en la esfera pública y política en la Costa Caribe. “¿Para qué quieren estar las mujeres en cargos?”, recuerda que le preguntó un diputado en Managua.

En los 90 asumió la Secretaría de la Mujer del Frente Sandinista y desde ahí trabajó en pro del fortalecimiento del papel de las féminas.

“La gente ve la violencia y la ha naturalizado, se comporta de una manera como si no se inmutara, no se mete porque no es con ellos. A los periodistas, por ejemplo, solo les interesan datos, los datos fríos”, dice.

Según Grandison, aunque ha habido mejor preparación de parte de las instituciones y hay voluntad e interés de parte de algunos funcionarios de abordar de manera más responsable este tema, persiste una actitud machista y se continúa juzgando a las mujeres por la forma de vestirse, de desenvolverse.

Recuerda que en su infancia la gente hablaba que la fulana o la sutana había muerto de pena moral. “Y no hay tal pena moral, hay mujeres que mueren producto de la violencia psicológica que callan por años”.

Sus cuatro hijas a diario reciben sus recomendaciones. “Cuidado después no andarán olorosas y dirán que les da alergia para justificar que al hombre no le gusta que se perfumen”, es uno de los tantos consejos.

Hay machismo

Según Deborah Grandison, vivimos en una sociedad donde las “mujeres son escogidas”, no escogen a sus parejas.

La naturalización de la violencia

“La gente ve la violencia y la ha naturalizado, se comporta de una manera como si no se inmutara, no se mete porque no es con ellos. A los periodistas, por ejemplo, solo les interesan los datos, los datos fríos”.