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Durante más de tres décadas, Irán y Estados Unidos han sido enemigos jurados. Su odio, como el odio entre los israelíes y los palestinos, ha enmarcado las alianzas del Medio Oriente y alimentado el terrorismo y la guerra.

El acuerdo provisional sobre el programa nuclear de Irán no ha acabado con eso. Nada más lejos de ello. Sin embargo, a través de una mirilla ofrece un tentador vistazo de un Medio Oriente diferente y mejor. Es una visión por la cual vale la pena luchar.

Irán y seis potencias mundiales, encabezadas por Estados Unidos, alcanzaron el acuerdo nuclear provisional de seis meses en las primeras horas del 24 de noviembre. Irán restringirá su programa a más o menos su capacidad actual, mientras el resto del mundo relaja las sanciones un poco.

El acuerdo importa, sin embargo, principalmente por lo que anuncia. Si Irán demuestra restricción y el mundo lo recompensa, los negociadores pudieran generar suficiente buena voluntad para alcanzar un acuerdo más duradero y más amplio. Eso, a su vez, abriría la posibilidad de que Estados Unidos e Irán cooperen más, o al menos peleen menos, en la región más conflictiva del mundo.

Pura fantasía, dicen los estados árabes del Golfo e Israel, junto con los aliados del segundo en el Congreso de Estados Unidos. Invocando al primer ministro Neville Chamberlain en Múnich en 1938, advierten que el mundo está apaciguando a un régimen agresivo y malévolo que cuenta con un arsenal nuclear.

Esa perspectiva no es absurda. Durante años de negociaciones, Irán se ha ganado una reputación de actuar con duplicidad. Es un patrocinador del terrorismo, el principal simpatizante del presidente sirio Bashar Assad y una amenaza mortal para Israel. El régimen fomenta el odio al “Gran Satán” en Washington no por casualidad, sino para justificar su control del poder.

El acuerdo es por tanto repugnante, argumenta el belicoso primer ministro Benjamin Netanyahu de Israel, porque Irán nunca lo cumplirá ni negociará un acuerdo final. Estados Unidos ha recompensado a un régimen malvado a costa de sus aliados. Una línea severa – sanciones y las declaraciones de un ataque israelí – llevó a Irán a la mesa de negociaciones. Sólo una línea más severa lo hará renunciar a su programa.

El presidente Barack Obama ha mantenido la amenaza de acciones militares si Irán se retracta de su promesa de no adquirir una bomba.

Si hubiera un momento para probar la idea de que Irán está dispuesto a cambiar, es ahora. El presidente Hassan Rohani fue elegido este verano gracias a una ola de descontento popular hacia el sistema conservador y las políticas intransigentes de su predecesor, el presidente Mahmoud Ahmadineyad. Los iraníes jóvenes están decepcionados. El líder supremo, aunque un enemigo jurado de Estados Unidos, ha dado licencia a Rohani para dialogar con Occidente.

Irán es un país de 77 millones de habitantes con una rica historia imperial, y también es la potencia musulmana chiita más importante. Si cambia su perspectiva, todo el Medio Oriente cambiará con ello.

Occidente necesita aceptar que Irán debe estar en la mesa de las conversaciones de paz programadas en Ginebra. Si alguien puede intimidar a Assad para que ofrezca concesiones, es Rohani, y, si Siria se volviera incluso moderadamente más tranquila, calmaría a sus vecinos.

Israel y Arabia Saudita están a la vez inquietos por la perspectiva de un Irán redimido y también convencidos de que la idea en general es una ilusión peligrosa. Sin embargo, la verdadera fantasía es imaginar que más sanciones o negociaciones más rigurosas pudieran haber producido un acuerdo que fuera mucho mejor que éste. Las alternativas no eran que Irán abandonara su programa nuclear, sino que Estados Unidos abandonara la diplomacia y se preparara para un ataque.

Un bombardeo probablemente obstaculizaría a Irán por sólo un par de años, pero con seguridad cambiaría a Medio Oriente en una forma muy diferente. Nadie sabe si la apuesta con Irán rendirá frutos, pero ya es evidente que los riesgos son bajos, el premio es potencialmente enorme y la alternativa es terrible.