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En este sitio lleno de libros está Edgar Tijerino en sus varias facetas: de novelero, de cronista deportivo, de lector, de papá, de abuelo. Por aquí un aparato que graba las novelas que no puede ver por el ajetreo diario. Muy cerca, sobre el escritorio, un folder lleno de papeles con frases escritas a mano que están ordenadas según temática y autor. Una foto gigante del estadio de Cleveland tomada el día que Denis Martínez abrió el juego. DVD con películas a medio ver. Hay libros, muchos libros.

“Este Harold Bloom es una maravilla”, comenta Tijerino mientras da una suerte de tour por su biblioteca, un lugar donde sobresalen libros y fólderes.

Hace más de dos horas que llegamos a su casa. Ingresar a la biblioteca-oficina, al parecer, es el pecado. El afamado cronista deportivo, autor de siete libros, cuya firma vende periódicos y quien cada mediodía entretiene a la audiencia radial con sus conocimientos sobre deportes y comentarios sobre juegos, comidas y novelas, es un platicador nato.

“Este otro muchacho es nuevo y escribe bien”, dice refiriéndose a Jorge Volpi. Hay libros de García Márquez, de Vargas Llosa, de su preferido, Stefan Zweig, está uno con 12,500 frases, muchos otros de Norman Mailer, de Gay Talese, de Andrés Pérez Baltodano… y la lista es larga. Tijerino los enseña casi uno por uno con el entusiasmo de lector que parece niño enseñando los juguetes nuevos.

Mis ambiciones eran de orden profesional, lo que quería era ser un buen escritor –comenta con su típica sonrisa y voz ronca.

¿Cree que aún no lo es?

Sí, claro… Que me consideren buen escritor para mí es lo máximo, todavía me emociono cuando me dicen: “¡Qué buena crónica!”

Hace mucho, pero mucho, este hombre que hoy goza de éxito y fama, fue un chavalo vago. “Yo, vago” se titularía su autobiografía, dice. Edgar Tijerino lo cuenta riéndose, carcajeándose, con esa carcajada que le caracteriza. Pero tras la sonrisa, el título y su gesto, hay una historia, la del chavalo que recibió un sinnúmero de fajazos y golpes por su indisciplina y que cambió al ver la mirada de decepción de su padre. “Esa mirada de mi padre me hizo reflexionar, no fueron los fajazos”.

Y es que Tijerino no entraba a clases, porque se iba al estadio a ver jugar y a practicar al Bóer y al Cinco Estrellas. Dejó un año en la primaria y dos en la secundaria, por inasistencias. “Chavalo vago, ¿adónde creés que te llevará la vagancia?”, le preguntó su padre aquel día que él reflexionó.

“Mis compañeros se acuerdan de que mi papá me subía a la tarima y me fajeaba… Yo creo que el palo hizo mucho por mí, lo que pasa es que fui demasiado problemático y en ese tiempo no había psicólogos”.

Entonces estudiaba en el ‘Ramírez Goyena’ y tenía un periódico que se llamaba El Alarido, que hacía en un mimeógrafo; salía a la venta cada viernes y publicaba chismes, los nuevos y viejos noviazgos y los nombres de los aplazados. “Ese periódico me trajo muchos problemas”.

Edgar Tijerino dice que la casualidad ha marcado su vida. “Soy creyente de la suerte”, insiste. Pero también los retos han estado presentes. En las afueras del ‘Ramírez Goyena’, siendo aún estudiante, una señora le leyó las manos y lo sentenció: “Vos no te vas a bachillerar”. Él había decidido no ingresar a la secundaria, pero la frase de la mujer lo hizo recapacitar. “Esta señora está loca”, se dijo, y como retándola, decidió empeñarse en contradecir la profecía.

Años después, un compañero de la escuela le aseguró que él no podía estudiar Ingeniería. “No vas a pasar ni el primer año”.

“Entonces fui a hacer los dos exámenes de admisión, uno para entrar a Medicina y otro para ingresar a Ingeniería Civil y me aceptaron en ambos… Y pasé el primer año de Ingeniería, pero no el segundo --se ríe--. Una vez estábamos haciendo el examen de geometría analítica y yo estaba oyendo el partido de fútbol Nicaragua-Haití con un audífono. Llegó el ingeniero Roberto Zelaya, me lo quitó y se lo puso, cuando me aplazó me dijo que nadie iba a aprobar su clase escuchando fútbol”, cuenta carcajeándose.

Antes de ser periodista, Tijerino fue aspirante a ingeniero, jugador de ping pong, de fútbol y dibujante.

Trabajaba en el Departamento de Estudios y Proyectos cuando fue contratado por La Prensa y empezó su carrera de periodista. “Traté de ser el mejor dibujante, pero había un señor que se llama Alejandro Gutiérrez al que era imposible ganarle. Tuve que conformarme con ser de los buenos, pero siempre he querido ser el mejor”.

Por eso dice que si fuera lustrador, quisiera ser el mejor lustrador.

Dicen que usted es el periodista mejor pagado del país, el que más gana. Eso dicen.

Se carcajea.

No estoy en ningún ranking, sé lo que gano pero no lo que ganan los otros. Esa es una especulación --se ríe--. Sí, uno de mis objetivos ha sido vivir bien, lo doy todo, no me importa no dormir con tal de vivir bien. Tengo seis hijos y vivo en una casa como esta en la que nunca soñé vivir, pero mis ambiciones eran de orden profesional, lo que quería era ser un buen escritor.

Tijerino trabajó desde muy chavalo. Recuerda que al terminar la primaria su papá le dijo que “hasta ahí llegaba”. “Yo le dije a mi mamá que quería seguir, porque mis amigos iban a seguir. Me dijeron que tenía que trabajar. Un amigo de mi papa tenía una ferretería en la principal calle de Managua, la 15 de Septiembre, entonces yo llegaba a limpiar y a barrer en la ferretería y me pagaban 25 pesos, mi papá y mi mamá me daban cinco de esos 25”.

A Tijerino le fascinan las frases. Dice que hay una del cantante José Alfredo Jiménez que le gusta: “Yo crecí en la pobreza y ahí entre los pobres jamás lloré”.

Durante la entrevista aprovecha para hablar de su esposa, Auxiliadora, a quien dice que le debe mucho y con quien tiene 32 años. Recuerda cuando conoció a Pelé y lo entrevistó. Se carcajea, bromea. Cuenta momentos tristes con esa misma sonrisa. Recomienda, halaga. Así es Tijerino.

 

“Entre Copa y Copa”

“Dice Juan Villoro que Dios es redondo… y si está en todas partes es el único que ha visto todas las copas del mundo”. Así empieza el último libro de Edgar Tijerino, un relato sobre cada una de las Copas Mundiales de Fútbol, dedicado al doctor Juan Bautista Arríen.
Este sería su séptimo libro y el cuarto publicado en años consecutivos. “Es una idea que yo tenía desde Sudáfrica. Soy un apasionado del fútbol internacional, y seguí paso a paso las Copas del Mundo”.
Tijerino cuenta que este fue el que más le costó, porque debió ajustarse a 400 páginas y necesitó confirmar muchos datos estadísticos. “El trabajo en las últimas Copas me sirvió de base, comencé con la última”.
“¿Por qué jugó Garrincha la Final del Mundial de 1962, después de haber sido expulsado en el juego anterior?... ¿Fue ilegal el penal marcado por el francés Ballone contra Brasil en aquella definición en la Copa de 1986?... La otra mano de Maradona que no fue vista en el juego que Argentina le ganó a la URSS en 1990… ¿Cuántas versiones hay del “gol de calcetín” conseguido por el brasileño Leónidas contra Polonia en 1938?”, son algunas de las interrogantes que quedarán dilucidadas en el texto.
En el libro viene una frase de Darío al inicio del relato de cada una de las 19 Copas del Mundo.
Durante la entrevista, el cronista deportivo recordó que viajó a Sudáfrica en 2010. “Yo dije que quería ir a Sudáfrica, y me fui con una tarjeta de crédito de US$18,000”.

 

"Ser el mejor"

“Siempre he querido ser el mejor, si fuera lustrador me gustaría ser el mejor lustrador”, afirma Edgard Tijerino.